Napoleón en las memorias de Betsy Balcombe (1815-1818)

Vista de Longwood en Sta. Helena (a)

Como dijo un amigo mío, los libros de memorias son ventanas en el tiempo, que nos permiten acceder a personajes del pasado como si estuviéramos compartiendo en el momento de la lectura su mismo entorno. El período napoleónico fue bastante rico en libros de memorias, desde los soldados rasos hasta los generales pasando por personajes civiles de diferentes posiciones y procedencias: biografías, autobiografías, libros de calumnias, libros con defensas de las calumnias, etc, y todos ellos nos han permitido hacernos una idea bastante plausible de las vivencias de los personajes de la época.

El encanto de las memorias de Betsy Balcombe, que tratan los tres primeros años de la estancia de Napoleón en Santa Helena, es el de la visión de una joven pre-adolescente que a partir de los prejuicios de los niños ingleses de la época por la visión de \»el montruoso Boney\»(I) que se les había inculcado (lo mismo hicieron los franceses con Wellington) fue evolucionando en su concepto y visión del corso, gracias a su continuo trato -más o menos informal- que al tiempo le revela y nos revela un Napoleón de carne y hueso, aún en las primeras etapas de su cautiverio. Lejos de rechazar la presencia de la joven, la trataba de igual a igual, jugando con ella y el resto de niños hijos del séquito que le acompañaba, en definitiva humanizando al gran conquistador a través de una mirada que deja de ser infantil para valorar y a veces enjuiciar al hombre y a sus acciones.

 

INTRODUCCIÓN

Betsy Balcombe

El padre de Betsy era el proveedor de bienes para la Compañía de las Indias Orientales en la isla de Santa Helena. La familia Balcombe invitó a Napoleón a vivir en el pabellón de su jardín (un antiguo salón de baile que funcionaba como habitación de invitados) durante las primeras semanas de su vida en Santa Elena, mientras su casa estaba siendo reformada en Longwood, en las más sombría y remota zona de la isla. Las memorias siguen el desarrollo de la relación entre la joven y el hombre más temido y reverenciado del mundo, en un momento el cautiverio era nuevo para él (aparte de Elba) y cuando aún no había aprendido a reconocerse como un prisionero. Los ecos de su reciente pasado en Waterloo y Trafalgar y de la opresiva desesperación de su inminente encarcelamiento en Longwood forman un telón de fondo para la obra.

Betsy mira como Napoleón primero viene a tierra en la noche. Los tres mil y medio habitantes de la isla cubren el muelle, con antorchas encendidas en alto para poder verlo con más claridad. Cada momento de la vida de Napoleón fue revisado y escudriñado. Cada palabra que hablaba fue transcrita por su personal, y sus movimientos fueron registrados por guardias ingleses. Los turistas vinieron a tratar de echarle un vistazo. Al llegar a Santa Elena, Napoleón dijo que \»se sentía como una bestia salvaje, enjaulada, pero aún peligrosa y situada entre personas que nunca antes habían encontrado tal criatura\». Betsy más tarde le observa salir de su casa para su última residencia en Longwood, donde un guardia de soldados golpeó hacia fuera un saludo en su batería que debe haber sonado tanto como una advertencia como una recepción.
Betsy Balcombe hablaba francés y no temía a Su Majestad Imperial. El séquito de condes y generales de Napoleón no le hablaría a menos que se le dijera; su acceso a él estaba rígidamente ligado por las reglas, y no les gustaba esta chica inglesa que tomaba libertades con el Emperador. Betsy jugó juegos ásperos con Napoleón; Y observó la forma en que sus ojos parecían cambiar de color de azul a gris a marrón. Sintió su pelo, que era tan suave como el pelo de un niño pequeño, y se preguntó por qué sus dientes eran tan oscuros, hasta que se dio cuenta de que provenía de comer tanto regaliz. Tomó las manos de Napoleón para examinarlas. Ella estaba en una edad entre la infancia y la feminidad que le permitía su licencia de ser mal educada y áspera, pero manteniéndose al borde de la coquetería. Ella le dijo francamente que no le gustaba su canto y se le permitió el acceso a él en cualquier momento que ella eligiera.(2)

Vista de la cascada de Briars (c)

PASAJES ESCOGIDOS

Hemos seleccionado una serie de fragmentos de las memorias que nos dan una visión de primera mano de algunos episodios de la vida de Napoleón:

EL DESEMBARCO DEL EMPERADOR

«Estábamos tan ansiosos por ver al ilustre exiliado que determinamos ir por la tarde al valle para presenciar su desembarco. Estaba casi a oscuras cuando llegamos al lugar de desembarco, y poco después, una barca del Northumberland se acercó, y vimos una figura a un paso de la orilla, que se nos dijo que era el emperador, pero era demasiado oscuro para distinguir sus rasgos. Caminó entre el espacio entre el Almirante y el general Bertrand, y envuelto como estaba en su sobreveste(IV), yo podía ver poco, pero si el brillo ocasional de un diamante en forma de estrella , que llevaba en el corazón. Toda la población de Santa Elena se había apiñado para contemplarlo, y difícilmente podría haber creído tenía tantos habitantes. La presión se hizo tan grande que sólo se podía estar con una gran dificultad y se ordenó a los centinelas que fijaran las bayonetas en una línea a la entrada de la ciudad, para evitar que la multitud lo rebasara. Napoleón estaba excesivamente molesto por el afán de la multitud para echarle un vistazo, más particularmente como fue recibido en silencio, aunque con respeto. Lo escuché después decir cuánto había estado molesto por ser seguido y mirado \»comme une bete feroce\». Volvimos a los Briars esa noche para hablar y soñar con Napoleón.»


SOBRE JOSEFINA 

Los Briars. La casa a la derecha,\»El Pabellón\» (d)

«Su memoria parecía idolatrarla y nunca se cansó de insistir en su dulzura de disposición y en la gracia de sus movimientos. Dijo que ella era la mujer más verdaderamente femenina que había conocido. Al hablar de la emperatriz, que utilizó para describirla como muy sujeta a un nervioso afecto y en menor grado de impedimento o ansiedad; a menudo dijo que era la mujer más cómoda, elegante, encantadora y amable en el mundo; y en el idioma de su isla, afirmó: \»Era la dama la piu graziosa de Francia\». Ella era la diosa del tocador -todas las modas las creó ella, todo lo que llevaba parecía elegante y, por otra parte, ella era tan humana y fue la mejor de las mujeres. Aún así, con toda la veneración que sentía por ella no podía soportar la influencia que ejercía sobre su acción pública, y observó: \»A pesar de que los Borbones e ingleses se permitían decir que lo poco bueno que hice era a través de la instrumentalización por parte de Josefina; cuando el hecho es que ella nunca interfirió con la política.\» Aludiendo a su divorcio, él observó, que nada hubiera inducido a escuchar semejante propuesta si no era por motivos políticos; ninguna otra razón podría haberle convencido para separarse de una esposa a la que amaba con tanta ternura. Pero dio gracias a Dios que ella hubiera muerto a tiempo para evitar que pudiera ver su última desgracia. Ella era la mayor benefactora de las artes plásticas que se había conocido en Francia durante años; tenía a menudo pequeñas disputas con Denon, y aun consigo mismo, cuando quería obtener finas estatuas e imágenes para su propia colección en lugar de la galería del museo. \»Aunque me encantaba atender a sus caprichos, sin embargo, siempre actué primero para beneficio de la nación; y donde quiera que se obtuviera una bella estatua o una imagen valiosa, la enviaba para el beneficio del pueblo. Josefina era la gracia personificada; cada cosa que hacía tenía su sello. Ella nunca actuó de manera poco elegante durante todo el tiempo que vivimos juntos. Su aspecto era la perfección y resistió el paso del tiempo, según todas las apariencias, por el exquisito gusto de su vestuario.\» »

SUS BATALLAS

«Una noche, durante una visita a la señora Bertrand, dimos un paseo para ver al Sr. O\’Meara que resultó estaba reunido con el Emperador; no obstante, Cipriani, enviado para decir que algunas damas estaban esperando para verle y Napoleón al oír nuestros nombres, nos pidió que entraramos. Lo encontramos en la sala de billar, mirando por encima de algunos mapas muy grandes, y moviendo un grupo de alfileres, algunos de cabeza roja, otros de cabeza negra. Le pregunté que era lo que estaba haciendo. Respondió que estaba recreando otra vez algunas de sus batallas y que los alfileres rojos representaban los ingleses y los negros para indicar a los franceses. Una de sus principales diversiones era la de revisar las evoluciones de una batalla perdida, para ver si era posible con una mejor maniobrabilidad haberlas ganado.»

La casa Longwood (e)

SOBRE EL MINISTRO CHARLES JAMES FOX

«Remarcó, que todos los miembros de la familia del gran Fox abundaban en sentimientos liberales y generosos. Al referirse a ese estadista, solía decir, \»Era sincero y honesto en sus intenciones y él vivía en una Inglaterra, que no había sido asolada por la guerra; fue el único ministro que conocía los intereses de país.\» Dijo que era recibido con una especie de triunfo en todas las ciudades del imperio francés, y agasajado y bien recibido por todos sus habitantes. Cada ciudad rivalizaba con la siguiente para ofrecerle los mayores honores. Relató una circunstancia, que dijo, debía haber causado una gratificante sensación en la mente de ese gran hombre. Un día Fox visitó St.Cloud. Los apartamentos privados del palacio se mostraban, guardados para el uso exclusivo del emperador; sin embargo, por accidente el ministro y la señora Fox abrieron una de las puertas del santuario, y entró; vieron a las estatuas de los grandes de todos los tiempos y naciones -Sidney, de Hampden, Washington, Cicero, Lord Chatham, y entre ellos el suyo propio, que fue reconocido al instante por su señora, que exclamó: Querido, es el tuyo\». Este pequeño incidente, aunque insignificante, le procuró una gran atención, y se extendió a través de todo París.»

SOBRE EL INCIDENTE DE JAFFA 

Residencia de Bonaparte y alrededores

«\»Antes de salir de Jaffa\», dijo Napoleón, \»y cuando muchos de los enfermos habían sido embarcados, se me informó de que había en el hospital varios heridos sin posibilidad de recuperación, gravemente enfermos, y no aptos para ser transportados sin riesgo. Yo deseaba mi que mis médicos llevaran a cabo una consulta sobre las mejores medidas a adoptar con respecto a las desafortunadas víctimas, y para hacerme llegar luego sus opiniones. El resultado de esta consulta, fue que los siete octavas partes de los soldados fueron considerados sin recuperación posible y que con pocas probabilidades estarían vivos pasadas veinticuatro horas. Por otra parte, algunos estaban afectados por la plaga, y su transporte en adelante pondría en peligro por la infección al conjunto del ejército, extendiendo la muerte donde apareciera, sin aminorar sus propios sufrimientos o aumentar las posibilidades de recuperación que en tales casos, en efecto, era inútil. Por otra parte, salir sin ellos era abandonarlos a la crueldad de los turcos, que tenían siempre por regla matar a sus prisioneros con una prolongada tortura. En esta emergencia, le hice ver a Desgenettes la conveniencia de poner fin a la miseria de estas víctimas con una dosis de opio. Yo mismo hubiera deseado semejante alivio para mí mismo bajo tales circunstancias. Yo consideraba que sería un acto de piedad para anticipar su destino por sólo unas pocas horas, lo que garantizaba un final ajeno al dolor y ajeno de los horrores que los rodeaban y amenazaban y mejor que una muerte de una penosa tortura. Mi médico no entró en mis puntos de vista del caso, y desaprobó la propuesta, diciendo que era su profesión el curar, no matar. De acuerdo con ello dejé una retaguardia para proteger a aquellos infelices del enemigo que avanzaba, y permanecieron hasta que la naturaleza hubo pagado su última deuda y liberó a los soldados de su agonía.\» Tal es la verdadera, y ahora aceptada casi universalmente versión de esta historia atroz. No es que yo crea que podría haber sido un crimen,\» Napoleón observó \»si el opio hubiera sido suministrado; por el contrario, creo que hubiera sido un beneficio. Dejar a unos pocos miserables, que no podían recuperarse, para que fueran masacrados según la costumbre de los turcos con los más terribles torturas, eso pensaría yo, si que hubiera sido una crueldad; cualquier hombre bajo circunstancias similares, que tuviera el libre uso de sus sentidos, hubiera preferido morir fácilmente unas pocas horas antes que expirar bajo la tortura de esos bárbaros. Yo le pregunto, O\’Meara, ¿si hubiera estado en la situación de esos hombres, y le pidieran qué destino debía elegir, ya fuera sufrir la tortura de esos malhechores, o tener opio para serle suministrado, cual preferiría elegir? Si mi propio hijo, y creo que amo a mi hijo, tanto como cualquier padre quiere a su hijo, estuviera en una posición similar, yo le aconsejaría que se hiciera; y si es mi caso particular, insisto en ello, si tuviera sentido y la fuerza suficiente para exigirlo. ¿Usted cree que si hubiera sido capaz de envenenar en secreto mis soldados, o de dicha barbaridad (como se me han atribuido) de conducir mi carro sobre los cuerpos mutilados y sangrantes de las heridas, -que mis soldados habrían luchado bajo mi mando con el entusiasmo y afecto que siempre demostraban? No, no; me habrían disparado hace mucho tiempo; incluso mis heridos habrían tratado de apretar el gatillo para despacharme\».»

EL ADIÓS

«La hora del obligado adiós vino al fin. Cariñosamente abrazó a mi hermana y a mi, y nos pidió que no le olvidáramos; añadiendo que él siempre recordaría nuestra amistad y bondad para con él y nos dio las gracias una y otra vez por todas las horas felices que había pasado en nuestra compañía. Me preguntó qué me gustaría tener como recuerdo de él. Contesté, que valoraría tener un mechón de cabello más que cualquier otro regalo que pudiera ofrecerme. Mandó llamar al Sr. Marchand, y para que le trajera un par de tijeras y poder cortar cuatro mechones de pelo para mi padre, mi madre, mi hermana y yo, lo que hice. Todavía poseo el mechón de cabello; es lo que me dejó de los muchos recuerdos del Gran Emperador.»

Las hermanas Balcombe con Napoleón en un grabado de época (g)
– – – – o – – – –

(I) – \»During the Napoleonic Wars and for long afterwards, mothers would warn their children that if they didn’t behave “Boney would come”. It worked, because artists of the day, such as James Gillray, Thomas Rowlandson and George Cruickshank depicted Napoleon as a terrifying, fiendishly evil figure capable of committing any atrocity – despite his dwarfish stature. In fact, at 5ft 6in, Napoleon was average height for a Western European of the day, and was only made out to be a midget for wartime propaganda purposes\».(4)

(II) – Por fin los británicos dieron al emperador un ultimátum para salir del pabellón e ir a la casa de Longwood. Muchos años después, la nieta australiana de Alex Balcombe, Dame Mabel, compró The Briars y la presentó como regalo a Francia, uno de los pequeños enclaves franceses de la isla. Longwood House también pertenece a los franceses, y de nuevo Betsy y otros dan excelentes imágenes de su insatisfactoriedad. Estaba a sólo 4 km de la Briars pero podría también haber estado en otro país. El viento aquí era incesante, las paredes lloraban de humedad y en el comedor sin ventanas el partido del emperador trataba de mantener la formalidad de las cenas mientras las colonias de ratas, de larga tradición, golpeaban la cabeza contra las planchas de hojalata que se clavaban en el suelo para impedir su entrada.(3)

(III) – Betsy fue seducida por un jugador, un ex teniente de la Compañía de las Indias Orientales llamado Abell, que se casó con ella el tiempo suficiente para ver nacer una hija, pero los abandonó poco después, tomando las joyas de Betsy. El premio en el año 1823 por el hecho de que Balcombe aceptara formalizar una declaración jurada sobre el comportamiento misericordioso de sir Hudson Lowe y del gobierno británico hacia Napoleón, era el que se le daría un trabajo en el gobierno. Resultó ser en Australia: Tesorero Colonial de Nueva Gales del Sur. En esta posición, Balcombe mostró signos de inestabilidad: prestó dinero colonial a sus amigos, negoció billetes de dinero para los comerciantes, y guardó su caja fuerte bajo su cama en O\’Connell Street. El amigo de Napoleón, \»Cinq Bouteilles\», murió en el cargo en el año 1829 después de ser castigado por el gobernador Ralph Darling.(3)

(IV) – Se denomina sobreveste o sobrevesta a una túnica sin mangas cubierta por delante en su mitad inferior y forrada toda de armiños o de una tela de color vistoso.(5)

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Fuentes:

1) – \»Recollections of the Emperor Napoleon, during the first three years of his captivity on the island of St. Helena\» – Betsy (Elizabeth) Balcombe, Amazon Digital Services LL, December 4, 2016
2) – http://www.bbc.co.uk/radio4/history/trafalgar/betsy_and_napoleon.shtml

Imágenes:

b) – Gallica.bnf.fr/ Bibliothèque nationale de France [Recueil. Portraits de Mrs Lucia-Élisabeth Abell, née Elisabeth Balcombe].

4 comentarios en “Napoleón en las memorias de Betsy Balcombe (1815-1818)

  1. Reciba un cordial saludo. Soy maestra en mi natal Puerto Rico y una gran admiradora de Napoleón y su era. Durante esta cuarentena me di a la tarea de traducir al español las memorias de Betsy Balcombe. No habiendo encontrado en Internet ninguna edición en nuestro idioma, sólo los fragmentos tan bien traducidos en este blog,consideré el valor de la lectura de estas memorias para todos los seguidores del Emperador. Me encantaría poder dar a conocer su disponibilidad a través de Amazon en su página. Agradeceré me pueda informar sobre cómo publicar un anuncio o si podrían considerar incluirlo en algún boletín. https://www.amazon.com/dp/B0881CGW6J/ref=cm_sw_r_apa_i_ShkSEbJA7FJYAMuchas gracias!

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  2. Disculpas por el retraso. Desconozco si existen, aunque personajes de esta época solo con conocidos por los grabados y alguno por algún daguerrotipo, aunque si ella falleció en 1871 no sería descartable que pudiera haber alguna instantánea, aunque fuera de anciana.

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