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Podríamos decir que todo esto empezó hace más de 50 años, cuando en una de las enciclopedias que dormitaban en los hogares españoles de entonces descubrí un artículo sobre Napoleón, que firmaba Santiago Perinat, a la sazón capitán de ingenieros del ejército. Esto no dice mucho de por sí, pero su autor fue uno de los fundadores de la UMD, la Unión Militar Democrática, una organización clandestina que vio la luz en Barcelona y que buscaba una transición pacífica para la España de aquellos turbulentos años, y de la que buena parte de sus componentes fueron represaliados o expulsados del ejército.
Tras haber leído muchas biografías de Napoleón, desde Cronin a Tulard, desde Stendhal a Chardigny, aún me llama la atención este artículo muy sencillo, evidentemente con algún que otro punto cuestionable, pero también con muchos puntos muy atrayentes, por lo que espero que al haberlo rescatado en el tiempo os logre agradar como me sedujo a mí hace ya 50 años.
On peut dire que tout cela a commencé il y a plus de 50 ans, lorsque j’ai découvert un article sur Napoléon dans l’une des encyclopédies qui se trouvaient dans les maisons espagnoles, signé par Santiago Perinat, à l’époque capitaine du génie dans l’armée. Cela ne dit pas grand-chose en soi, mais son auteur était l’un des fondateurs de l’UMD, l’Union Militaire Démocratique, une organisation clandestine née à Barcelone qui cherchait une transition pacifique pour l’Espagne de ces années turbulentes, et dont beaucoup de ses membres ont été réprimés ou expulsés de l’armée.
Ayant lu de nombreuses biographies de Napoléon, de Cronin à Tulard, de Stendhal à Chardigny, je suis toujours frappé par cet article très simple, qui comporte évidemment quelques points discutables, mais aussi de nombreux points très intéressants, et j’espère que, l’ayant sauvé à temps, il vous plaira comme il m’a plu il y a 50 ans.
Introducción
El motín del 13 de Vendimiario (5 de octubre de 1795) sorprendió en la calle a un joven capitán que con el tiempo llegaría a ser uno de los más eficaces generales de Estado Mayor del Imperio, Thiébault. Los realistas, con el apoyo de la Guardia Nacional, intentaban derribar el Directorio, y en medio de la refriega Thiébault tuvo que buscar refugio en un callejón, hasta que vio pasar a los primeros soldados. “¡Dónde está el general Menou?” – les preguntó, “Ese traidor ya no es nuestro jefe” — le respondieron — “Barras es nuestro general, y su lugarteniente es el general Bonaparte.”
“¿Bonaparte?” — se preguntó Thiébault —; “¿quién diablos será éste?”. No podía adivinar que a partir de aquel día la historia del mundo iba a estar presidida por aquel desconocido.
Bonaparte había llegado a París dos años antes, precedido de alguna fama como autor del audaz plan que había permitido la recuperación de la plaza de Tolón ocupada por los ingleses. Pero hasta los sucesos de Vendimiario no se le había presentado ninguna ocasión para demostrar su valía. Así pues, dispuesto a ganar la mano a los amotinados, envió a Murat por la artillería de los suburbios y, cuando llegaron los guardias al asalto de la Convención, los barrió a bocajarro con la metralla de los cañones. Poco después, Barras, jefe del Directorio, le confió el mando del Ejército de Italia.
La primera campaña de Italia
El nuevo general en jefe llegó a Niza el 26 de marzo de 1796. El espéctaculo que ofrecían las tropas francesas era desolador: 35.000 soldados hambrientos y andrajosos se encontraban prácticamente acorralados en la zona montañosa de la Liguria. La primera proclama de Bonaparte se haría célebre: “¡Soldados! Estáis desnudos y mal alimentados. Se os debe mucho y no se os puede pagar nada. Vuestra paciencia y valor son admirables. Pero estos peñascos no os reportan ninguna gloria. Yo voy a conduciros a las llanuras más fértiles del mundo: ricas provincias y grandes ciudades que estarán pronto en vuestro poder. Y alli os esperan riquezas, honores y gloria. Soldados de Italia, ¿os faltará el valor?”
En quince días todo cambió. Antes de que sus enemigo tuvieran tiempo de reaccionar, Bonaparte derrotó en seis ocasiones seguidas a austríacos y piamonteses. Turín pidió el armisticio y empujó a los austríacos cada vez más hacia el oeste. Vencidos en Lodi (10 de mayo de 1796), los restos del ejército imperial buscaron refugio en Mantua, mientras Napoleón hacía su entrada triunfal en Milán. Entre el 19 de julio y el 2 de febrero del año siguiente, Napoleón estrechó el sitio de Mantua. En Viena se reunieron refuerzos para ir en auxilio de la plaza. Pero los sucesivos generales cometían siempre el mismo error: disgregar sus fuerzas para atravesar mejor los pasos montañosos de los Alpes. Napoleón no desaprovechó ninguna ocasión y se enfrentó a los austríacos en las batallas de Lonato, Castiglione, Bassano y Arcole, victorias todas de las armas francesas. En la última, el propio Napoleón dio muestra de su valor personal al introducirse entre los enemigos con una bandera en la mano. Finalmente, en Rívoli (14 de enero de 1797) la victoria fue decisiva, y Mantua se rindió 15 días más tarde. Ahora los franceses tenían expedito el camino hacia Viena. En los meses de febrero y marzo atravesaron los Alpes, aproximándose a la capital del imperio austríaco. El 18 de abril se firmó, finalmente, el armisticio. La campaña había durado un año justo. Napoleón, instalado en el castillo de Montebello, administraba los nuevos estados como verdadero jefe de estado.
La Paz de Campoformio (18 de octubre de 1797), la firmó con el emperador de Austria sin contar para nada con el Directorio de París.
Introduction
La mutinerie du 13 Vendémiaire (5 octobre 1795) surprend en pleine rue un jeune capitaine qui deviendra l’un des généraux les plus efficaces de l’Empire : Thiébault. Les royalistes, soutenus par la Garde nationale, tentent de renverser le Directoire. Thiébault doit se réfugier dans une ruelle jusqu’à ce qu’il voie passer les premiers soldats. « Où est le général Menou ? — Ce traître n’est plus notre chef, répondirent-ils. Barras est notre général, et son lieutenant est le général Bonaparte.
« Bonaparte ? – demanda Thiébault, qui diable est-il ? Il ne pouvait pas se douter qu’à partir de ce jour, l’histoire du monde allait être présidée par cet inconnu.
Bonaparte était arrivé à Paris deux ans auparavant, précédé d’une certaine renommée pour avoir conçu le plan audacieux qui avait permis de reprendre la place de Toulon occupée par les Anglais. Mais jusqu’aux événements de Vendémiaire, il n’avait pas eu l’occasion de montrer sa valeur. Aussi, décidé à prendre le dessus sur les mutins, il envoie Murat traverser l’artillerie des faubourgs et, lorsque les gardes arrivent à l’assaut de la Convention, il les balaie à bout portant avec des éclats de canon. Peu après, Barras, chef du Directoire, lui confia le commandement de l’armée d’Italie.
La première campagne d’Italie
Le nouveau général en chef arrive à Nice le 26 mars 1796. Le spectacle des troupes françaises est désolant : 35 000 soldats en haillons et affamés sont pratiquement acculés dans la campagne montagneuse de la Ligurie. La proclamation de Bonaparte deviendra célèbre : « Soldats ! Vous êtes nus et mal nourris. On vous doit beaucoup et on ne peut rien vous payer. Votre patience et votre courage sont admirables. Mais ces rochers ne vous apportent aucune gloire. Je vais vous conduire vers les plaines les plus fertiles du monde : de riches provinces et de grandes villes qui seront bientôt en votre pouvoir. Et là, la richesse, les honneurs et la gloire vous attendent. Soldats d’Italie, manquerez-vous de courage ? »
En quinze jours, tout change. Avant que ses ennemis n’aient eu le temps de réagir, Bonaparte bat les Autrichiens et les Piémontais six fois de suite. Turin demande l’armistice et repousse les Autrichiens toujours plus loin vers l’ouest. Défaits à Lodi (10 mai 1796), les restes de l’armée impériale se réfugient à Mantoue, tandis que Napoléon fait une entrée triomphale à Milan. Entre le 19 juillet et le 2 février de l’année suivante, Napoléon resserre le siège de Mantoue. Des renforts sont rassemblés à Vienne pour venir en aide à la ville. Mais les généraux successifs commettent la même erreur : ils dispersent toujours leurs forces pour mieux franchir les cols des Alpes. Napoléon ne perd pas l’occasion et affronte les Autrichiens aux batailles de Lonato, Castiglione, Bassano et Arcole, toutes victorieuses pour les Français. Lors de cette dernière, Napoléon lui-même fait preuve de bravoure personnelle en se faufilant à travers l’ennemi, un drapeau à la main. En fin, à Rivoli (14 janvier 1797), la victoire est décisive et Mantoue se rend 15 jours plus tard. Les Français ont désormais la voie libre vers Vienne. En février et mars, ils traversent les Alpes et s’approchent de la capitale de l’Empire autrichien. L’armistice est finalement signé le 18 avril. La campagne a duré un peu plus d’un an. Napoléon, installé au château de Montebello, administre les nouveaux États en véritable chef d’État.
Il signe la paix de Campoformio (18 octobre 1797) avec l’empereur d’Autriche, sans l’intervention du Directoire de Paris.

Detalle de un cuadro de Horace Vernet que muestra a Napoleón pasando revista a sus tropas tras la batalla de Jena, 1806. Este triunfo, en plena racha de victorias, sancionó la hegemonía militar de la Francia napoleónica sobre Prusia.
Détail d’une peinture d’Horace Vernet montrant Napoléon passant ses troupes en revue après la bataille d’Iéna, en 1806. Ce triomphe, en pleine série de victoires, consacre l’hégémonie militaire de la France napoléonienne sur la Prusse.
El ejército francés bajo Napoleón
Napoleón Bonaparte fue un hombre violento, dotado de inspiración genial, al que se le brindó una ocasión histórica. Estaba dotado, además, de una asombrosa inteligencia y una gran capacidad de trabajo, y fue el primero en descubrir los saludables efectos de la propaganda. Napoleón dedicó sus más cuidadosos esfuerzos a crear su propia imagen, y triunfó. Para ello tuvo que tergiversar los hechos muchas veces y mentir las más, pero consiguió rodearse de un halo de genialidad, de un carisma. Aunque entre sus tropas se dijese “mientes como un boletin”, los efectos que produjeron los partes victoriosos en la retaguardia francesa fueron sonoros. Se leían los boletines en las escuelas y en las iglesias, se pegaban en las calles y hasta se traducían a otros idiomas. Los franceses terminaron adorando su figura, de corta estatura, con su célebre capote gris, estudiadamente sencillo en medio del esplendor de los uniformes de su Estado Mayor.
El verdadero instrumento de la gloria napoleónica fueron los ejércitos de la Revolución. Los efectivos movilizados fueron enormes. Francia contaba por entonces con 27 millones de habitantes; de ellos, dos millones de varones entre 21 y 30 años de edad. No faltando ni el elemento humano ni el entusiasmo, el problema de los generales revolucionarios fue el adiestrar a los nuevos reclutas para la guerra. Y lo solucionaron de un modo muy práctico, ya que como no había tiempo de instruirles en las tácticas vigentes, hubo que inventar otras nuevas.
Los ejércitos profesionales, calcados del prusiano de Federico II, combatían formando largas líneas. Los soldados, codo con codo, estaban instruidos para hacer fuego simultáneamente, por filas. Los resultados eran, al menos, espectaculares. En la batalla de Crefeld (1758) la descarga de la primera línea prusiana eliminó al 75 % de sus enemigos. Cada fila era cubierta a continuación por la siguiente, que a su vez hacía fuego, mientras los anteriores cargaban las armas. Cada batallón formaba, por tanto, en varias largas filas, con un frente muy amplio. Esta disciplina era imposible de enseñar a los bisoños reclutas de la Revolución; por ello se optó por encuadrarlos en formaciones estrechas y profundas y lanzarlas a paso de ataque contra las líneas enemigas. Se suponía, como así sucedió, que los soldados dispararían su fusil y luego utilizarían la bayoneta para el choque. Los resultados fueron sorprendentes, los largos batallones enemigos quedaban rotos y, perdida la cohesión, la retirada se convertía en huída.
L’armée française sous Napoléon
Napoléon Bonaparte est un homme violent, doué de génie et d’inspiration, qui a bénéficié d’une chance historique. Il était également doté d’une intelligence étonnante et d’une grande capacité de travail, et il fut le premier à découvrir les effets salutaires de la propagande. Napoléon a consacré ses efforts les plus minutieux à la création de sa propre image, et il y est parvenu. Il a dû maintes fois déformer les faits et mentir, mais il a réussi à s’entourer d’une auréole de génie, d’un charisme. Bien que ses troupes aient dit « vous mentez comme un bulletin », les effets des bulletins victorieux dans l’arrière-garde française ont été énormes. Les bulletins sont lus dans les écoles et les églises, affichés dans les rues et même traduits dans d’autres langues. Les Français finissent par vénérer sa silhouette, de petite taille, avec son célèbre manteau gris, d’une simplicité étudiée au milieu de la splendeur des uniformes de l’État-Major.
Le véritable instrument de la gloire napoléonienne, ce sont les armées de la Révolution. Les effectifs mobilisés sont énormes. La France compte alors 27 millions d’habitants, dont deux millions d’hommes âgés de 21 à 30 ans. Ne manquant ni d’humanité ni d’enthousiasme, le problème des généraux révolutionnaires est de former les nouvelles recrues à la guerre. Et ils l’ont résolu de manière très pratique, car faute de temps pour les former aux tactiques existantes, il a fallu en inventer de nouvelles.
Les armées professionnelles, calquées sur l’armée prussienne de Frédéric II, combattaient en longues lignes. Les soldats, côte à côte, sont entraînés à tirer simultanément, en rangs. Les résultats sont pour le moins spectaculaires. Lors de la bataille de Crefeld (1758), le barrage de la première ligne prussienne a éliminé 75 % de l’ennemi. Chaque ligne est alors couverte par la suivante, qui tire à son tour, tandis que les précédentes chargent leurs canons. Chaque bataillon se forme ainsi en plusieurs longues lignes, avec un front très large. Cette discipline étant impossible à enseigner aux jeunes recrues de la Révolution, on décida de les mettre en formations étroites et profondes et de les lancer à l’assaut des lignes ennemies. On supposait, comme cela s’est produit, que les soldats tireraient avec leurs fusils et utiliseraient ensuite la baïonnette pour l’affrontement. Les résultats furent étonnants, les longs bataillons ennemis furent brisés et, perdant leur cohésion, la retraite se transforma en fuite.
Esta caricatura, publicada en la prensa inglesa de la época muestra a Napoleón montado a horcajadas sobre el mundo a punto de castigar con el bloqueo continental a Inglaterra, de donde sale un hombrecillo que le conmina a detenerse.
Cette caricature, publiée dans la presse anglaise de l’époque, montre Napoléon à cheval sur le monde, sur le point de punir l’Angleterre par un blocus continental, d’où émerge un petit homme qui l’exhorte à s’arrêter.

Egipto
Al regreso de su primera campaña de Italia, Napoleón montó la más estrafalaria de sus expediciones: la de Egipto. En el verano de 1797, el proyecto del Directorio era desembarcar en las Islas Británicas, baluarte de las fuerzas enemigas de la Revolución Francesa. Pero el mar seguía siendo del dominio de1 inglés; y el general en jefe, el mismo Bonaparte no se atrevió a dar el salto del canal. Fue entonces cuando propuso su descabellado plan de cortar la ruta británica de la India en el paso de Suez. El plan fue aceptado por el Directorio, que veía en ello el modo de alejar de Francia a aquel ambicioso general.
La expedición salió de Tolón en mayo de 1798. La formaban 35.000 soldados y 15.000 marinos y civiles, entre éstos un centenar de cientificos que pondrían los cimientos de la egiptología (uno de ellos era Champollion, al que se debe el descifrado de la escritura jeroglífica).
Ya por el camino, fue un verdadero milagro que Nelson no alcanzase el desordenado convoy de 300 barcos y los echase a todos a pique. Después de conquistar Malta, la expedición desembarcó en Alejandría, el 1 de julio. Veinte días después, al pie de las Pirámides se libró la batalla que dio a los franceses el dominio sobre el país del Nilo. Los cuadros de infantería de Napoleón resistieron las embestidas de los intrépidos jinetes mamelucos, que sufrieron enormes pérdidas por el fuego de la fusilería. Pero cuatro días después sucedió lo inevitable: Nelson hundió en la rada de Abukir los trece navios de guerra que protegían la flota. En vista de que se encontraba aislado de Francia, Napoleón se organizó en Egipto para una estancia duradera. Los beneficios de la administración francesa se hicieron sentir enseguida: los vencidos se convirtieron en aliados, se fundó el Instituto de Egipto, se acuñó moneda, se estudiaron los regímenes y caudales del Nilo, etc. Esta fue la gran obra de aquella expedición, que duró hasta 1801.
En febrero de 1799, Napoleón, con 13.000 hombres, avanzó hacia Siria. Pero ante San Juan de Acre, la vieja fortaleza de los cruzados, la expedición fracasó. Dos grandes navíos ingleses batían con sus fuegos todos los accesos. La guarnición turca había sido reforzada y, tras dos meses de sitio e infructuosos asaltos, los franceses se retiraron, con más de 3.000 bajas causadas más por la peste que por el enemigo. En la retirada se hundió el sistema de valores de aquella tropa.
L’Égypte
Au retour de sa première campagne d’Italie, Napoléon monte la plus farfelue de ses expéditions : l’expédition d’Égypte. Au cours de l’été 1797, le Directoire envisage de débarquer dans les îles britanniques, bastion des forces ennemies de la Révolution française. Mais la mer est encore le domaine des Anglais et le général en chef, Bonaparte lui-même, n’ose pas franchir la Manche. C’est alors qu’il propose son projet fou de couper la route des Indes aux Britanniques par le passage de Suez. Ce plan est accepté par le Directoire, qui y voit un moyen d’éloigner l’ambitieux général de la France.
L’expédition quitte Toulon en mai 1798. Elle est composée de 35 000 soldats et de 15 000 marins et civils, dont une centaine de savants qui vont jeter les bases de l’égyptologie (parmi lesquels Champollion, à qui l’on doit le déchiffrement de l’écriture hiéroglyphique).
Déjà en route, c’est un véritable miracle que Nelson n’ait pas rattrapé le convoi désordonné de 300 navires et ne les ait pas tous coulés. Après avoir conquis Malte, l’expédition débarque à Alexandrie le 1er juillet. Vingt jours plus tard, au pied des Pyramides, se déroule la bataille qui donnera aux Français la maîtrise des terres du Nil. Les cadres de l’infanterie napoléonienne résistent aux assauts des intrépides cavaliers mamelouks, qui subissent de lourdes pertes sous le feu des fusils. Mais quatre jours plus tard, l’inévitable se produit : Nelson coule les treize navires de guerre qui protègent la flotte dans la rade d’Aboukir. Coupé de la France, Napoléon s’organise pour un long séjour en Égypte. Les bienfaits de l’administration française se font immédiatement sentir : les vaincus deviennent des alliés, l’Institut égyptien est fondé, la monnaie est frappée, les régimes et les débits du Nil sont étudiés, etc. C’est la grande œuvre de l’expédition, qui durera jusqu’en 1801.
En février 1799, Napoléon, avec 13 000 hommes, s’avance en Syrie. Mais devant Saint-Jean d’Acre, l’ancienne forteresse des Croisés, l’expédition échoue. Deux grands navires de guerre anglais tirent à tous les abords. La garnison turque a été renforcée et, après deux mois de siège et d’assauts infructueux, les Français se retirent, avec plus de 3 000 victimes causées plus par la peste que par l’ennemi. Dans la retraite, le système de valeurs de la troupe s’effondre.

Napoleón y su Estado Mayor, acuarela pintada por Meissonier. Brillante general y admirable administrador, el imperio creado por él no sobrevivió al hombre, pero quedaron en Francia instituciones que han llegado hasta la actualidad.
Napoléon et son état-major, aquarelle peinte par Meissonier. Général brillant et administrateur admirable, l’empire qu’il créa ne survécut pas à l’homme, mais il subsista en France des institutions qui ont survécu jusqu’à nos jours.
Segunda campaña de ltalia y Paz de Amiens
Los ecos de la destrucción de la flota francesa en Abukir levantaron en Europa la Segunda Coalición contra Francia, formada por Inglaterra, Austria y, por primera vez, Rusia. En la primavera de 1799, un ejército ruso mandado por el general Suvorov conquistó todo el norte de Italia; otro invadió Suiza y, finalmente, ingleses y rusos, coaligados, avanzaron desde Holanda. El Directorio llamó con urgencia a Napoleón, pero cuando éste desembarcó en Fréjus (octubre de 1799), la situación había mejorado notablemente. Los rusos habían sido rechazados y el zar Pablo I había ordenado el repliegue total de su ejército. Sólo quedaban enfrente los austríacos, y contra ellos iba a marchar, una vez más, el general Bonaparte. Pero antes, el 18 de brumario (9 de noviembre de 1799), un hábil golpe de Estado, del que fue protagonista y artífice Luciano Bonaparte, su hermano, había derribado el Directorio e impuesto un Consulado de tres miembros. Cambacérés y Lebrun no pasaron de ser figuras decorativas al lado del Primer Cónsul, Napoleón Bonaparte, dueño y señor de Francia a partir de aquel día.
La segunda campaña de Italia fue aún más fulminante que la primera. En el mes de mayo de 1800, los 60.000 hombres del ejército del Primer Cónsul atravesaron los Alpes por el Gran San Bernardo para atacar por sorpresa la retaguardia de los austríacos; las piezas de artillería hubieron de ser despiezadas para ser transportadas a hombros de los soldados. Luego, Turín y Milán fueron alcanzados a marchas forzadas y el 14 de junio los austríacos atacaron duramente en Marengo, pero la llegada oportuna de las reservas del general Desaix decidió la batalla a favor de los franceses. El 3 de diciembre, Moreau venció definitivamente a los austriacos en Hohenlinden.
Sólo quedaba Inglaterra frente a Francia. Y alli también el cansancio ganaba adeptos para la paz. Ésta se firmó en Amiens el 25 de marzo de 1802. William Pitt había dimitido de primer ministro para facilitar los arreglos. ¿Pudo nacer una paz duradera en Europa? Los mismos acontecimientos que la habían engendrado eran tan inestables que hubiera sido ilusorio poner mucha fe en ella. En primer lugar, Napoleón se había encumbrado sobre sus victorias militares y tenía necesidad de mantener la tónica de brillantes campañas y resonantes triunfos para que los engatusados franceses continuaran viendo en él al hombre providencial. Además, el despotismo ilustrado del Consulado había despertado el viejo proteccionismo de la época de Colbert: la industría francesa se tendría que desarrollar al amparo de las trabas aduaneras a las importaciones de Inglaterra, trabas que incluían no sólo a Francia, sino a toda su zona de influencia, Holanda, Suiza, ltalia y España. Pero los ingleses habían firmado la paz de Amiens precisamente para recuperar sus mercados continentales, tan malparados desde el comienzo de las hostilidades.
Así pues, la guerra que empezó en abril de 1803 fue guerra de mercados e imperialista, lo contrario que las anteriores guerras de la Revolución.
La cuestión religiosa
Entre tanto, los cónsules habían desarrollado una eficaz labor administrativa. De aquellos cuatro años (1800-1804) datan las principales instituciones que caracterizan a Francia: división administrativa, Instituto de Francia, Código Napoleón, Escuela Politécnica, etc. Se liquidó definitivamente la rebelión de la Vendée y, para tranquilidad de las buenas conciencias, se firmó el Concordato con la Santa Sede el 15 de julio de 1801. Como Napoleón confió a Bourrienne, “en todos los países la religión es de gran utilidad para los gobernantes; es preciso utilizarla para manejar a las gentes. Yo fui mahometano en Egipto y ahora soy católico en Francia. Al igual que la policía, la religion de un Estado debe estar en manos del que gobierna.”
La estabilidad interior aumentó al promulgarse la amnistía a los emigrados realistas. Por un momento, los viejos revolucionarios temieron que Napoleón fuera a jugar la carta monárquica; pero el 15 de marzo de 1804, con el rapto y, posteriormente, ejecución del duque de Enghien, cometió uno de sus más trágicos errores. Toda Europa se estremeció de horror, los realistas dejaron de apoyarle y Austria y Rusia se unieron a Inglaterra en la Tercera Coalición contra Francia.
Guerras del Imperio
Napoleón aprovechó estas circunstancias para proclamarse emperador, y el 2 de diciembre de 1804 se coronó en presencia de Pío VII. En Viena, Beethoven, defraudado, rasgaba la dedicatoria de su sinfonía n° 3, llamada Heroica, compuesta para “festejar el recuerdo de un gran hombre” (Napoleón).
Deuxième campagne d’Italie et Paix d’Amiens
Les échos de la destruction de la flotte française à Aboukir suscitent en Europe la deuxième coalition contre la France, formée par l’Angleterre, l’Autriche et, pour la première fois, la Russie. Au printemps 1799, une armée russe commandée par le général Souvorov conquiert tout le nord de l’Italie, une autre envahit la Suisse et, enfin, les Anglais et les Russes, coalisés, avancent à partir de la Hollande. Le Directoire lance un appel pressant à Napoléon, mais lorsque celui-ci débarque à Fréjus (octobre 1799), la situation s’est nettement améliorée. Les Russes ont été repoussés et le tsar Paul Ier a ordonné le retrait total de son armée. Il ne reste plus que les Autrichiens, contre lesquels le général Bonaparte doit à nouveau marcher. Mais auparavant, le 18 brumaire (9 novembre 1799), un habile coup d’État, dont Lucien Bonaparte, son frère, est le protagoniste et le maître d’œuvre, a renversé le Directoire et imposé un Consulat à trois membres. Cambacérés et Lebrun ne sont plus que des figures décoratives aux côtés du Premier Consul, Napoléon Bonaparte, le seigneur et maître de la France à partir de ce jour.
La seconde campagne d’Italie est encore plus dévastatrice que la première. En mai 1800, l’armée du Premier Consul, forte de 60 000 hommes, traverse les Alpes par le Grand-Saint-Bernard et attaque par surprise l’arrière-garde autrichienne ; l’artillerie doit être découpée et portée sur les épaules des soldats. Turin et Milan sont ensuite envahies et, le 14 juin, les Autrichiens attaquent durement à Marengo, mais l’arrivée opportune des réserves du général Desaix décide de la bataille en faveur des Français. Le 3 décembre, Moreau bat enfin les Autrichiens à Hohenlinden. Il ne reste plus que l’Angleterre contre la France. Là aussi, l’épuisement gagne les partisans de la paix. La paix est signée à Amiens le 25 mars 1802. William Pitt avait démissionné de son poste de Premier ministre pour faciliter les arrangements. Une paix durable pouvait-elle naître en Europe ? Les événements qui l’ont engendrée sont si instables qu’il est illusoire d’y croire. D’abord, Napoléon s’est élevé grâce à ses victoires militaires et doit maintenir le ton des campagnes brillantes et des triomphes éclatants pour que les Français cajolés continuent à voir en lui l’homme de la providence. De plus, le despotisme éclairé du Consulat a réveillé le vieux protectionnisme de l’époque de Colbert : l’industrie française devra se développer sous la protection de barrières douanières aux importations en provenance d’Angleterre, barrières qui englobent non seulement la France, mais toute sa zone d’influence, la Hollande, la Suisse, l’Italie et l’Espagne. Mais si les Anglais ont signé la paix d’Amiens, c’est précisément pour reconquérir leurs marchés continentaux, si malmenés depuis le début des hostilités.
La guerre qui commence en avril 1803 est donc une guerre de marchés et d’impérialisme, à l’opposé des précédentes guerres de la Révolution.
La question religieuse
Les principales institutions qui caractérisent la France datent de ces quatre années (1800-1804) : la division administrative, l’Institut de France, le Code Napoléon, l’École polytechnique, etc. La rébellion vendéenne est enfin matée et, au grand soulagement des bonnes consciences, le Concordat avec le Saint-Siège est signé le 15 juillet 1801. Comme le confie Napoléon à Bourrienne, « dans tous les pays, la religion est d’une grande utilité pour les gouvernants ; il faut s’en servir pour diriger les peuples. J’ai été mahométan en Égypte, je suis catholique en France. Comme la police, la religion d’un Etat doit être entre les mains du gouvernant.»
La stabilité intérieure s’accroît avec l’amnistie des émigrés royalistes. Les vieux révolutionnaires craignent un moment que Napoléon ne joue la carte du monarchisme, mais le 15 mars 1804, avec l’enlèvement puis l’exécution du duc d’Enghien, il commet l’une de ses plus tragiques erreurs. L’Europe entière frémit d’horreur, les royalistes cessent de le soutenir et l’Autriche et la Russie se joignent à l’Angleterre dans la Troisième Coalition contre la France.
Les guerres de l’Empire
Napoléon profite de ces circonstances pour se proclamer empereur et se couronne le 2 décembre 1804 en présence de Pie VII. À Vienne, Beethoven, déçu, déchire la dédicace de sa Symphonie n° 3, dite Héroïque, composée pour « célébrer la mémoire d’un grand homme » (Napoléon).


inglés de la época, Gillray. Al pie de algunos personajes figura su nombre y una corta explicación en inglés. / La procession quittant Notre-Dame après le couronnement, vue par le caricaturiste anglais de l’époque, Gillray. Au pied de certains personnages figurent leur nom et une brève explication en anglais.
Las campañas de 1805 a 1807 iban a conocer la cima de su grandeza. El ejército concentrado en Boulogne para invadir Inglaterra se dirigió a marchas forzadas hacia el Rin, Las tropas del general Mack, uno de los más eficaces jefes austriacos, fueron obligadas a replegarse sobre Ulm. El 20 de octubre capitulaban y, menos de un mes después, Murat entraba en Viena. El 2 de diciembre se dio la batalla definitiva en Austerlitz, que quedará como la más grande de las victorias napoleónicas. Prusia había vacilado sobre si entrar en aquella ya deshecha Tercera Coalición. Después de los encuentros de 1792, las tropas prusianas habían estado ausentes del teatro de operaciones europeo, y el país vivía todavía bajo la quimera de la invencibilidad de los ejércitos del gran Federico. Cuando los repartos y la “protección” de Napoleón sobre Alemania, después de Austerlitz, molestaron a Federico Guillermo III, éste envió un ultimátum a Napoleón. Seis días después,el 14 de octubre de 1806, Prusia había dejado de existir; en un mismo día, sus ejércitos y la gloriosa tradición militar prusiana habían sido completamente barridos en Jena y Auerstedt.
Sólo quedaba la inmensa Rusia frente a Napoleón. El primer encuentro tuvo lugar en Eylau (8 de febrero de 1807) y por primera vez la victoria quedó en el aire; en los confines de Europa, la suerte no le era propicia al Emperador. Sobre el campo de batalla quedaron 40.000 muertos. Sin embargo, pasado el invierno, en los campos de Friedland, el 14 de junio, el mariscal Lannes tuvo más éxito sobre el príncipe Bennigsen. Poco después se firmaría otra paz precaria, la de Tilsit (julio de 1807).
No todo fueron triunfos en aquella brillantisima campaña; el 21 de octubre de 1805 las escuadras coaligadas de Francia y España habían sido completamente aniquiladas por Nelson en Trafalgar. Imposibilitado de invadir Inglaterra, Napoleón impuso el bloqueo continental a todos los productos importados de aquel país. Y ello fue su perdición, ya que para implantarlo hubo de invadir toda Europa y hacerse más enemigos de los que ya tenía. En 1807 decidió la ocupación de Portugal con la ayuda de España para, a continuación, derribar la débil monarquía borbónica de este país. Así fue como en mayo de 1808 empezó la invasión de España, la más inútil de todas sus campañas.
En la Europa aniquilada por los triunfos de Napoleón en Austerlitz, Jena y Friedland, la noticia de la derrota de los franceses en Bailén (21 de julio de 1808) se extendió rápidamente. El naciente nacionalismo alemán leyó con avidez los fracasos del mariscal Lefèbvre ante una Zaragoza apenas fortificada. La leyenda de la imbatibilidad de Napoleón empezó a tambalearse. Austria sacó una vez más fuerzas de flaqueza para levantarse contra el predominio francés.
La batalla de Wagram (julio de 1809) fue otra derrota de los austríacos, a consecuencia de la cual tuvieron que abandonar todos sus territorios en Italia. Pero esta vez las pérdidas francesas fueron tan grandes o mayores que las de los austríacos y la opinión pública empezaba a ser contraria al Emperador,
En abril de 1810 Napoleón intentó su último golpe de suerte: contrajo matrimonio con María Luisa de Austria, hija de su tantas veces vencido enemigo. Con ello, al emparentar con la dinastía borbónica (María Luisa era nieta de Luis XVI), contaba con obtener el apoyo de los realistas. El 20 de marzo de 1811 nació el príncipe heredero, el llamado rey de Roma.
La campaña de Rusia
Todas las fuerzas dinámicas desatadas en Europa después de veinte años de lucha ininterrumpida forzaron a Napoleón a la más catastrófica de sus aventuras: la invasión de Rusia.
El 24 de junio de 1812, la Grande Armée atravesó el Niemen en dirección a Moscú. Napoleón, a la cabeza de un ejército de 680.000 hombres, confiaba en someter al zar y aumentar su influencia hacia las posesiones rusas en Asia, y de allí a la India. Los generales rusos no se atrevieron a presentar batalla, y fue entonces cuando percibieron cuál habría de ser su estrategia: utilizar la inmensidad del país presentando una especie de defensiva elástica a la Grande Armée, lo mismo que venían haciendo sir John Moore y su sucesor, Wellington, en la Península Ibérica. Así, al no establecer contacto con el enemigo, Napoleón se vio obligado a penetrar profundamente en Rusia. Después de las victorias, no decisivas, de Vilna, Vitebsk y Smolensko, se le presentó al Emperador la disyuntiva de retirarse o avanzar hacia Moscú. Al escoger la última alternativa, su única posibilidad de éxito era era que el zar presentase peticiones de paz, pero no fue así. El 7 de septiembre rechazó a los rusos en Borodino, la primera batalla importante, y el 14 entró en Moscú, que quedó consumida en parte por un gigantesco incendio, probablemente accidental, al mismo tiempo que los suministros quedaron cortados por las partidas de cosacos. Aislado, Napoleón emprendió la retirada (19 de octubre). La huída, entre ataque constantes y a temperaturas inferiores a los 30º C, redujo a 30.000 los efectivos de aquel gran ejército que había cruzado el Niemen unos meses antes
La magnitud de la catástrofe incitó a los humillados alemanes a sublevarse contra la dominación francesa. Unidos a las tropas rusas y austríacas, derrotaron por primera vez en campo abierto a Napoleón en Leipzig (16-19 de octubre de 1813). Wellington avanzó desde el centro de España echando a los generales franceses.
Les campagnes de 1805 à 1807 connaîtront l’apogée de leur grandeur. L’armée massée à Boulogne pour envahir l’Angleterre est contrainte de marcher vers le Rhin, tandis que les troupes du général Mack, l’un des plus efficaces commandants autrichiens, sont obligées de se replier sur Ulm. Le 20 octobre, elles capitulent et, moins d’un mois plus tard, Murat entre à Vienne. Le 2 décembre a lieu la bataille finale d’Austerlitz, qui restera comme la plus grande victoire de Napoléon. La Prusse avait hésité à entrer dans la Troisième Coalition, désormais désintégrée. Après les rencontres de 1792, les troupes prussiennes avaient été absentes du théâtre d’opérations européen et le pays vivait encore dans la chimère de l’invincibilité des armées du grand Frédéric. Lorsque les distributions et la « protection » de l’Allemagne par Napoléon après Austerlitz irritent Frédéric-Guillaume III, il envoie un ultimatum à Napoléon. Six jours plus tard, le 14 octobre 1806, la Prusse a cessé d’exister ; en un seul jour, ses armées et la glorieuse tradition militaire prussienne ont été complètement balayées à Iéna et à Auerstedt.
Il ne reste plus que la grande Russie contre Napoléon. La première rencontre a lieu à Eylau (8 février 1807) et pour la première fois la victoire est en vue ; aux frontières de l’Europe, le sort de l’Empereur n’est pas favorable. Sur le champ de bataille, 40 000 morts sont à déplorer. Cependant, après l’hiver, sur les champs de Friedland, le 14 juin, le maréchal Lannes remporte un plus grand succès sur le prince Bennigsen. Peu après, une autre paix précaire est signée, celle de Tilsit (juillet 1807).
Le 21 octobre 1805, les escadres françaises et espagnoles de la coalition avaient été complètement anéanties par Nelson à Trafalgar. Incapable d’envahir l’Angleterre, Napoléon impose un blocus continental sur toutes les marchandises importées de ce pays. Cette mesure s’avère être sa perte, car pour la mettre en œuvre, il doit envahir toute l’Europe et se faire plus d’ennemis qu’il n’en a déjà. En 1807, il décide d’occuper le Portugal avec l’aide de l’Espagne et de renverser la faible monarchie des Bourbons. C’est ainsi qu’en mai 1808, il entreprend l’invasion de l’Espagne, la plus vaine de toutes ses campagnes.
Dans une Europe anéantie par les triomphes de Napoléon à Austerlitz, Iéna et Friedland, la nouvelle de la défaite française à Bailén (21 juillet 1808) se répand rapidement. Le nationalisme allemand naissant lit avec avidité les échecs du maréchal Lefèbvre contre une Saragosse à peine fortifiée. La légende de l’invincibilité de Napoléon commence à s’ébranler. Une fois de plus, l’Autriche met tout en œuvre pour s’opposer à la domination française.
La bataille de Wagram (juillet 1809) est une nouvelle défaite pour les Autrichiens, qui doivent abandonner tous leurs territoires en Italie. Mais cette fois, les pertes françaises sont aussi importantes, voire plus, que celles des Autrichiens, et l’opinion publique commence à se retourner contre l’Empereur,
En avril 1810, Napoléon tente un dernier coup de chance : il épouse Marie-Louise d’Autriche, fille de son ennemi maintes fois vaincu. Comme elle est apparentée à la dynastie des Bourbons (Marie-Louise est la petite-fille de Louis XVI), il compte sur le soutien des royalistes. Le 20 mars 1811 naît le prince héritier, dit « roi de Rome ».
La campagne de Russie
Toutes les forces vives libérées en Europe après vingt ans de combats ininterrompus poussent Napoléon à la plus catastrophique de ses aventures : l’invasion de la Russie.
Le 24 juin 1812, la Grande Armée franchit le Niémen en direction de Moscou. Napoléon, à la tête d’une armée de 680 000 hommes, espère soumettre le tsar et accroître son influence dans les possessions asiatiques de la Russie, et de là jusqu’en Inde. Les généraux russes n’osent pas se battre et c’est alors qu’ils comprennent leur stratégie : utiliser l’immensité du pays pour présenter une sorte de défense élastique à la Grande Armée, comme Sir John Moore et son successeur Wellington l’avaient fait dans la péninsule ibérique. Ainsi, faute d’avoir pu prendre contact avec l’ennemi, Napoléon est contraint de pénétrer profondément en Russie. Après les victoires peu concluantes de Vilna, Vitebsk et Smolensko, l’empereur est placé devant le choix de la retraite ou de l’avance sur Moscou. En choisissant cette dernière solution, sa seule chance de succès est que le tsar présente des demandes de paix, ce qu’il ne fait pas. Le 7 septembre, il repousse les Russes à Borodino, première grande bataille, et le 14, il entre dans Moscou, qui est en partie consumée par un gigantesque incendie, probablement accidentel, tandis que les approvisionnements sont coupés par des partis cosaques. Isolé, Napoléon bat en retraite (19 octobre). La fuite, dans un contexte d’attaques incessantes par des températures inférieures à 30°C, réduit à 30 000 hommes l’importante armée qui avait franchi le Niémen quelques mois plus tôt.
L’ampleur de la catastrophe incite les Allemands, humiliés, à se soulever contre la domination française. Avec les troupes russes et autrichiennes, ils battent Napoléon pour la première fois en rase campagne à Leipzig (16-19 octobre 1813). Wellington avance depuis le centre de l’Espagne, chassant les généraux français du pays.

Holanda, Suiza y hasta Nápoles se alzaron contra el Emperador, que, a pesar de su habilidosa campaña en el interior de Francia, no pudo impedir que los aliados entraran en París, Abandonado por sus mariscales, Napoleon abdicó sin condiciones el 6 de abril en Fontainebleau, y el 20 de abril se retiraba a la irrisoria soberanía de la isla de Elba, que le había sido asignada.
Waterloo
Las desavenencias surgidas dentro de Francia y en el Congreso de Viena entre los vencedores de 1814 impulsaron a Napoleon a regresar a Francia casi un año después de su abdicacion. Desembarcó el 1 de marzo de 1815. Las tropas enviadas desde París para detener su avance se unieron a él, y el 20 de marzo de 1815 entraba triunfante en la capital. A partir de entonces se iniciaron los llamados Cien Días. Pero Napoleón ya no era el hombre genial de un año antes. Los aliados, reunidos en Viena, prepararon cinco grandes ejércitos para invadir Francia y arrojar definitivamente al perturbador del nuevo orden europeo que habían establecido. Para combatirlos, Napoleón logró reunir 125.000 hombres, entusiasmados, pero al mismo tiempo con la moral al borde de la derrota. Decidido a repetir su plan tradicional de batir a sus enemigos por separado, planeó atacar primero a Blücher, que se encontraba en la región de Lieja con 90.000 prusianos, y luego a Wellington, su más temible rival, que tenía su cuartel general en Bruselas, con otros tantos efectivos. Los errores fueron innumerables. Blücher adelantó excesivamente sus fuerzas hacia Fleurus, donde el brioso ataque de los franceses lo hizo retirarse en desbandada. Wellington perdió lastimosamente el tiempo en la vida cortesana de Bruselas y no pudo acudir en ayuda de su aliado; pero los prusianos se rehicieron admirablemente y llegaron en el momento oportuno a los campos de Waterloo (18 de junio de 1815), donde Napoleón llevaba toda la jornada intentando romper los tenaces cuadros de la infantería británica. La astucia de Wellington había situado sus efectivos en la contrapendiente, al abrigo de los fuegos de la artillería francesa, de forma que los asaltos de la caballería e infantería napoleónicas los encontraban siempre indemnes. Al anochecer, Napoleón ordenó la retirada, pero ya sus tropas la habían emprendido por propia iniciativa. Así terminó la última aventura napoleónica. Vuelto a París, el 22 de junio abdicó definitivamente y se entregó a los británicos. Pocos días después embarcaba en el Bellerophon para su última singladura a la pequeña isla de Santa Elena, en pleno Atlántico Sur, donde estuvo prisionero hasta su muerte, acontecida el 5 de mayo de 1821.
La Hollande, la Suisse et même Naples se soulèvent contre l’Empereur qui, malgré une habile campagne à l’intérieur de la France, ne peut empêcher les Alliés d’entrer dans Paris. Abandonné par ses maréchaux, Napoléon abdique sans condition le 6 avril à Fontainebleau et se retire le 20 avril dans la dérisoire souveraineté de l’île d’Elbe qui lui avait été attribuée.
Waterloo
Les désaccords en France et au Congrès de Vienne entre les vainqueurs de 1814 incitent Napoléon à rentrer en France près d’un an après son abdication. Il débarque le 1er mars 1815. Les troupes envoyées de Paris pour stopper son avance le rejoignent et, le 20 mars 1815, il entre en triomphe dans la capitale. C’est à partir de ce moment que commencent les « Cent Jours ». Mais Napoléon n’est plus l’homme de génie qu’il était un an plus tôt. Les Alliés, réunis à Vienne, préparent cinq grandes armées pour envahir la France et chasser définitivement le perturbateur du nouvel ordre européen qu’ils ont établi. Pour les combattre, Napoléon parvient à rassembler 125 000 hommes, enthousiastes mais dont le moral est au bord de la défaite. Déterminé à répéter son plan traditionnel consistant à battre ses ennemis séparément, il prévoit d’attaquer d’abord Blücher, qui se trouve dans la région de Liège avec 90 000 Prussiens, puis Wellington, son rival le plus redoutable, qui a son quartier général à Bruxelles, avec autant de troupes. Les erreurs sont innombrables. Blücher pousse ses forces trop en avant vers Fleurus, où la fougue de l’attaque française le fait reculer en désordre. Wellington perd piteusement du temps dans la vie de cour de Bruxelles et ne peut venir en aide à son allié ; mais les Prussiens se rallient admirablement et arrivent à temps sur les champs de Waterloo (18 juin 1815), où Napoléon où Napoléon avait essayé toute la journée de briser les tenaces carrés d’infanterie britanniques. L’astuce de Wellington avait permis de placer ses troupes sur la contre-pente, à l’abri des tirs de l’artillerie française, de sorte que les assauts de la cavalerie et de l’infanterie de Napoléon les trouvaient toujours indemnes. À la tombée de la nuit, Napoléon ordonne la retraite, mais ses troupes ont déjà battu en retraite de leur propre initiative. Ainsi s’achève la dernière aventure de Napoléon. De retour à Paris le 22 juin, il abdique définitivement et se rend aux Britanniques. Quelques jours plus tard, il embarque sur le Bellerophon pour son dernier voyage vers la petite île de Sainte-Hélène, dans l’Atlantique Sud, où il restera prisonnier jusqu’à sa mort, le 5 mai 1821.

Santiago Perinat (1936-2009), militar, periodista e historiador, fue uno de los fundadores de la U.M.D. (Unión Militar Democrática) en 1974. Era considerado un experto en temas de defensa y política exterior. Perseguido por sus ideas democráticas y sufriendo arrestos en alguna ocasión, decidió solicitar el pase a la Reserva. Se retiró con el empleo de coronel de ingenieros, y trabajó en los ayuntamientos de Zaragoza, Córdoba y Guadalajara. Master por ESADE, corresponsal militar de Telexpress (1972-77), El Periódico (1983-94) y Diario 16 (1977-94).
Autor de varios libros: La Guerra y el Desarme (1972), La Aviación (1975) y Las Guerras Mambisas (2002), entre otros escritos. Su El español y la Guerra. Obertura 1808 fue finalista del premio Espejo de España en 1994.
Fuentes:
1 – «Napoleón» – Santiago Perinat, Universitas. Tomo 9, Salvat Editores, S.A., Barcelona 1973
2 – https://www.elmundo.es/elmundo/2009/11/15/opinion/20807056.html
Imágenes:
a – By Horace Vernet – L’Histoire par l’image [2], digital version produced by Agence photographique de la Réunion des musées nationaux [3], Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4905141
b – «Napoleón» – Santiago Perinat, Universitas. Tomo 9, Salvat Editores, S.A., Barcelona 1973
