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Hoy tenemos el privilegio de conversar con Vittorio Scotti Douglas, uno de los más destacados hispanistas italianos y reconocido especialista en el estudio de la guerrilla durante la Guerra de la Independencia. Ha tenido la amabilidad de concedernos esta entrevista, haciendo posible que este encuentro se convierta en una realidad.
Nuestro primer contacto con su persona se remonta a cinco años atrás, en el momento que nos dió su conformidad para traducir uno de sus trabajos publicados: «Regulating the irregulars: Spanish legislation on la guerrilla during the Peninsular War», y que podéis consultar asimismo en nuestro blog.
Ampliamente conocido —y reconocido— en los sectores académicos de nuestro país, su dilatadísima producción científica se ocupa de una manera especial en el estudio de la guerra de la Independencia española, haciendo hincapié en las relaciones entre España e Italia. Entre otras líneas de trabajo, analiza la participación de las tropas italianas en el conflicto, la génesis y trascendencia de la guerrilla como forma de guerra moderna, la influencia política de la Constitución de Cádiz en las revoluciones liberales italianas, la propaganda y la prensa durante la ocupación napoleónica y el funcionamiento de la administración francesa en España. Gracias a un exhaustivo trabajo con fuentes italianas y españolas, sus publicaciones han contribuido decisivamente a difundir nuestra guerra de la Independencia y su influencia en el siglo XIX.
ENTREVISTA
— Sr. Scotti Douglas, tenemos entendido que obtuvo su licenciatura en la Universidad de Milán en 1974. ¿Imaginó entonces que su trayectoria académica acabaría desarrollándose por los caminos que finalmente tomó? ¿Qué consejo le daría hoy el doctor Vittorio Scotti Douglas al joven recién licenciado en Historia?
La verdad es que no. Cuando obtuve mi licenciatura, no tenía la menor idea de que de tener una vida profesional muy diversa e interesante me habría vuelto historiador, aunque la historia siempre haya tenido un lugar importante en mis lecturas, dentro del tema de mi tesis, La teoría de la guerra de guerrillas y los escritores del Resurgimiento, que no he publicado hasta ahora.
En cuanto a los consejos, es difícil, con una mirada retrospectiva, aconsejar algo a un joven, pues la reacción normal de un joven medianamente orgulloso a los consejos que le llegan desde afuera, sobre todo si quien los ofrece es una persona mayor o muy mayor, que habla haciendo hincapié en sus propias experiencias, es un agradecimiento formal, esbozando una sonrisa, mientras que el pensamiento interior, si pudiera explicarse, sería más o menos: «Muchas gracias, ya lo haré por mi cuenta«. Pero, insistiendo, mi consejo sería ejercer siempre la grande curiosité mencionada por Renaud, interesándose por todo, leyendo lo máximo posible, ser un furibundo lector, como se definía mi gran amigo y maestro, entre otros, Alberto Gil Novales.
Otra advertencia preciosa, muy preciosa por mi experiencia, es la de ajustarse siempre en la minuciosa tarea del investigador que pasa del archivo a la biblioteca y de otras posibles fuentes de noticias, del icástico aviso del historiador Richard Henry Tawney a sus colegas de la Economic History Society, en una cruda tarde primaveral al comienzo de los años 30. Durante un debate, después de la lectura de una ponencia, se levantó diciendo de manera tajante: “What historians need is not more documents, but stronger boots”. O sea, la traducción es mía: «Lo que necesitan los historiadores no son más documentos, sino botas más robustas«. Aviso que se parece mucho a las recientes instrucciones del director de un afamado periódico italiano a sus jóvenes cronistas, a saber, la granítica defensa de los principios del oficio tradicional: comprobar las noticias, respetar las fuentes y gastar las suelas de los zapatos para estar allí en donde ocurren los hechos. La afirmación de Tawney no es la de despreciar las fuentes y privilegiar la investigación sobre el campo, sino la necesidad de emplear las fuentes de manera apropiada. Es decir, no estudiar los acontecimientos pasados, sino la vida de las sociedades y la continuación, dentro de las mismas, de los acontecimientos. De hecho, mi afición a la salida de Tawney deriva ciertamente de la lectura que yo hago de ésta. A saber, que para los historiadores los documentos, sean de archivo o de otras fuentes, son muchos, pero frecuentemente están escondidos, no se sabe dónde están o, a veces, están en lugares incorrectos en donde nadie los encuentra. Y, además, o por esta razón o porque al investigador le falta la curiosidad, el sacro furor, de intentarlo por todos los caminos posibles que siempre tendrían que acompañar a la búsqueda de las fuentes. Por esto, la referencia a la robustez de las botas, para esta búsqueda, digamos. Y esta esta insistencia y obstinación me ha sido muy útil en diferentes ocasiones.
Por ejemplo, usted menciona en otra pregunta las memorias de Gabriele Pepe. Cuando las encontré permanecían completamente inéditas. Había localizado únicamente algunas referencias dispersas que indicaban la existencia de dichos manuscritos y el archivo donde se conservaban. Me trasladé a Campobasso, copié íntegramente las memorias y, durante dos años de trabajo junto a mi esposa —profesora de Historia Medieval y archivera con una amplia experiencia—, preparé la edición crítica que finalmente publicamos. Además, estas memorias poseen una ventaja extraordinaria respecto a casi todas las demás memorias de la época napoleónica, y particularmente de la guerra de la Independencia. Fueron redactadas prácticamente día a día. En cambio, muchos generales y oficiales franceses tomaban simples apuntes durante la campaña, los reunían en un cuaderno y, veinte años después, transformaban aquellas notas en un volumen de cuatrocientas páginas. Evidentemente, no es lo mismo que escribir los acontecimientos conforme van sucediendo. Lamentablemente, Gabriele Pepe perdió —o quizá le fue sustraído, pues él mismo no lo aclara— uno de los cuadernos durante su regreso a Italia. En él había registrado una parte importante de su experiencia en España. A pesar de ello, los manuscritos conservados siguen teniendo un valor excepcional precisamente por su inmediatez y autenticidad.
La primera ocasión en la que tuve la suerte de comprobar la importancia de esa perseverancia fue gracias al historiador francés Quatrefages, sin duda uno de los mayores especialistas en los Tercios españoles. Durante una conversación le comenté que quería dedicarme al estudio de la Guerra de la Independencia y me respondió sin dudarlo: «Tiene que ir a Simancas y consultar los papeles del Gobierno intruso». Cuando posteriormente hablé con varios profesores españoles sobre mi intención de trabajar en el Archivo General de Simancas, la reacción fue siempre la misma: «¿A Simancas? ¿Qué va a hacer allí? No hay documentación sobre la Guerra de la Independencia». Sin embargo, Quatrefages sabía perfectamente que aquellos documentos existían. Con el tiempo publiqué dos artículos en la revista España Contemporánea explicando la enorme cantidad de legajos que se conservaban allí y que, hasta que yo comencé a trabajar en ellos, prácticamente nadie había consultado. Recuerdo incluso que un buen amigo, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Valladolid, insistía en que no encontraría nada. Afortunadamente, seguí el consejo de Quatrefages.
Más adelante publiqué un estudio sobre las fuentes desconocidas del Archivo General de Simancas, donde describía buena parte de aquella documentación inédita. Todavía hoy quedan numerosos legajos sin investigar, especialmente los relacionados con la vida económica, que nunca despertaron demasiado interés entre los investigadores.
Algo parecido ocurrió con el diario de otro oficial italiano que aún permanece inédito y que, probablemente, ya no llegaré a publicar. Al igual que Gabriele Pepe, escribió sus notas día tras día. No pertenecía al ejército del Reino de Nápoles, sino al del Reino de Italia, y era originario de Milán. Su diario resulta especialmente interesante porque incluye también la campaña de 1809 en Austria. Descubrí su existencia casi por casualidad, gracias a una breve referencia cuyo origen ni siquiera recuerdo con exactitud. El manuscrito se conserva en el Museo Centrale del Risorgimento de Roma. Yo mismo obtuve copia de toda la documentación y todavía la conservo, aunque ignoro si algún día podré preparar su edición.
En ocasiones, la fortuna desempeña un papel importante en el trabajo del historiador. Recuerdo, por ejemplo, que otro colega español investigaba en el Archivo de Indias para escribir la biografía de un personaje determinado y encontró, de manera completamente inesperada, una abundante documentación relativa al Ministerio de Asuntos Eclesiásticos que, en realidad, debería haberse conservado en Simancas. A partir de ese hallazgo publicó un magnífico libro. Se trata de una de las últimas obras importantes de Moreno Alonso, quien además recibió excelentes reseñas por aquel trabajo.



— La enseñanza de la Historia y, en general, de las Humanidades parece estar viviendo un claro retroceso en España. ¿Considera que se trata de un fenómeno exclusivamente español o es un problema común al resto de Europa? ¿La situación en Italia es diferente?
Me temo que se trata de un problema europeo. Ya cuando inicié mis investigaciones tuve la fortuna de conocer a grandes historiadores. Recuerdo que consulté en París a un reconocido especialista en la Revolución Francesa y le presenté mi proyecto sobre la Guerra de la Independencia. Después de escucharlo me respondió que, hoy en día, nadie podía dedicar tanto tiempo a investigar en los archivos. En aquel momento pensaba realizar una tesis doctoral en Francia, aunque finalmente abandoné la idea. Comprendí la inmensidad de la documentación existente sobre la guerra de la Independencia, documentación que aún hoy, incluso después del Bicentenario, continúa apareciendo en lugares absolutamente inesperados.
Mi amigo Bernard Vincent, gran especialista en Historia Moderna de España, solía contarme que, durante sus vacaciones de verano en un pequeño pueblo costero, investigaba en el archivo local, cuyas llaves le prestaban porque ya lo conocían. Allí encontró los escritos del párroco de la época, quien había dejado constancia del paso de las tropas francesas, de pequeños enfrentamientos entre guerrilleros y soldados franceses e incluso del número de muertos. Todo ese material permanecía olvidado en el archivo de un pequeño pueblo. Casos como este demuestran la enorme cantidad de documentación que todavía puede descubrirse.
Volviendo a la cuestión planteada, creo que actualmente, tanto en Europa occidental como en buena parte de Occidente, la Historia ha dejado de ocupar el prestigio que tuvo en otros tiempos. En demasiadas ocasiones vuelve a convertirse en un instrumento al servicio del poder. El historiador debe explicar aquello que encuentra en las fuentes, pero si sus conclusiones resultan incómodas para quien gobierna, con frecuencia surgen presiones para silenciarlas.
Es una situación que observo en Italia, pero también, me temo, en España, en el Reino Unido o incluso en Estados Unidos. A ello se suma el fenómeno de la cancel culture, que posee aspectos positivos, aunque también otros muy problemáticos. Su versión más extrema olvida el contexto histórico en el que sucedieron determinados acontecimientos. Se pretende eliminar estatuas o juzgar personajes del pasado con criterios completamente actuales. Se critica, por ejemplo, que Jefferson o Washington fueran propietarios de esclavos, sin tener en cuenta el mundo en el que vivieron ni el papel fundamental que desempeñaron en la fundación de los Estados Unidos y en la elaboración de su Constitución. Hace muy poco se ha publicado en Italia un pequeño libro, escrito por un profesor que también impartió clases en Estados Unidos, titulado: «¿Quién controla el pasado? La historia en Alemania y el poder». Es una obra muy interesante porque analiza la utilización política de la Historia y explica, entre otras cuestiones, cómo durante sus estancias en China pudo comprobar que determinados episodios simplemente no se mencionan. No se afirma que fueran buenos o malos; sencillamente se silencian. Si el poder decide que un hecho no existe, para la mayoría de la población acaba por no existir, especialmente cuando se trata de un régimen autoritario.
O bien existe la represión, la represión necesita de alguien que diga algunas cosas, pero si la gente es tan inteligente que llega a comprender que sería reprimida, no lo dice y entonces ya acabó.
— En España, la organización territorial en comunidades autónomas ha propiciado la existencia de distintos planes de estudio, manuales escolares y, en cierta medida, diversas formas de interpretar y enseñar la Historia. En muchos casos, el problema no radica en la labor del historiador, sino en la intervención del poder político, que termina imponiendo una determinada lectura del pasado.
Exactamente. Como le comentaba antes, mi esposa, que ha sido profesora universitaria y es especialista en Historia Medieval, me habló hace poco de un libro muy interesante publicado, creo recordar, en la República Checa. Analiza cómo se escribió la Historia Medieval durante los años del Telón de Acero y estudia hasta qué punto los historiadores consiguieron mantener su honestidad profesional o, por el contrario, terminaron adaptándose a las exigencias del poder.
Es una obra realmente interesante porque demuestra que, en algunos casos, incluso aprovechando la torpeza propia de toda censura —porque la censura, en cualquier lugar y época, suele ser bastante torpe—, algunos historiadores conseguían publicar trabajos rigurosos. Yo mismo he escrito alguna reseña sobre libros dedicados a la censura durante el franquismo en España.
Había historiadores, por ejemplo en la antigua Alemania Oriental, que sabían perfectamente cómo sortear los controles. Bastaba con incluir al principio, en medio o al final de un artículo una cita de Marx o de Lenin y los censores daban por bueno el resto del texto. Después podían escribir prácticamente cualquier cosa, no había ningún problema, porque justamente la censura es estúpida.
— Napoleón Bonaparte nació en 1769 en Córcega, una isla que acababa de pasar de dominio genovés a formar parte de Francia. ¿Considera que Napoleón trató los territorios italianos como una tierra conquistada más o conservó algún vínculo especial con un país que había influido tanto en su formación, su lengua y su carácter?
Napoleón nunca consideró Italia como su verdadera patria. Desde el comienzo de su carrera militar actuó allí como en cualquier territorio conquistado. Basta recordar el expolio de numerosas obras de arte y colecciones que terminaron trasladándose al Louvre. Nunca reivindicó especialmente su origen italiano.
Quizá quien sí mantuvo un vínculo más fuerte con sus raíces fue su hermano José. A él le agradaba gobernar en Nápoles y no le hizo ninguna ilusión abandonar aquel reino para marchar a España. Sin embargo, sentía un profundo afecto por Napoleón y aceptó su decisión. Otros hermanos no hicieron lo mismo. Luciano, por ejemplo, rechazó marchar a España. José, en cambio, aceptó con ganas pretendiendo de ser un buen rey para los españoles. Sabemos bien el tratamiento que los españoles le dieron al pobre José, que, además, no sé si era abstemio, pero de todas maneras…
— Los soldados italianos sirvieron en los ejércitos napoleónicos en numerosos escenarios, incluida la campaña de Rusia de 1812. Sin embargo, da la impresión de que su actuación no ha recibido el reconocimiento que merece, algo parecido a lo ocurrido con los portugueses que combatieron junto a Wellington. ¿Comparte esa impresión?
Es verdad que a los italianos les pasa como a los portugueses. Yo creo que, aún peor, los italianos fueron todavía menos reconocidos que los portugueses.
Es cierto que Napoleón elogió en alguna ocasión el valor de las tropas italianas y reconoció que combatían bien. Sin embargo, cuando llegaba el momento de repartir ascensos, honores o recompensas, los oficiales italianos solían quedar relegados. Por el contrario, cuando una operación fracasaba y había unidades italianas implicadas, con demasiada frecuencia la responsabilidad recaía sobre ellas. Esto puede apreciarse claramente en las memorias de Gabriele Pepe, pero también en otros documentos de archivo y en el diario inédito del oficial italiano al que antes me refería. Es una situación que se repite una y otra vez. Algo semejante ocurrió con los italianos enviados a Rusia. No se trata únicamente del caso español.
Respecto a las deserciones de soldados italianos en España, no dispongo de datos estadísticos suficientes para emitir un juicio. Lo que sí puede afirmarse es que existía un temor generalizado, no solo entre los italianos sino entre muchas tropas de la Grande Armée y de los estados satélites, ante la posibilidad de ser destinados a España. No era lo mismo permanecer de guarnición en Francia, Holanda, Alemania o Italia que ser enviado a la Península. España inspiraba un miedo real, un miedo que se transmitía de unos soldados a otros.
Existe un libro de memorias de un autor francés, creo recordar que llamado Garnier, donde se menciona precisamente ese temor. Del mismo modo, un historiador británico —hoy profesor en Oxford, si no se ha jubilado ya— documentó casos de soldados franceses que llegaron incluso a mutilarse deliberadamente para evitar ser destinados a España. Eso ocurría con España y prácticamente con ningún otro frente. Todos sabían que allí corrían un enorme riesgo de perder la vida y, además, de hacerlo en circunstancias especialmente duras.
En Simancas encontré documentos realmente sobrecogedores. Recuerdo el caso de una mujer que decidió envenenarse junto con sus hijos para acabar también con los oficiales franceses alojados en su casa. Es una historia terrible y, desde luego, nada habitual, pero el documento oficial describía los hechos de manera muy clara. Aquella mujer no pertenecía a ninguna partida guerrillera. Era simplemente una vecina obligada a alojar oficiales franceses en su vivienda. Compartían la mesa con ella y tomó aquella dramática decisión.
Ese episodio refleja hasta qué punto podía llegar el clima de odio existente durante la guerra.


— Ha dedicado diversos estudios al fenómeno de la guerrilla española. Desde un punto de vista historiográfico, ¿considera que Napoleón y sus generales llegaron a valorar adecuadamente el impacto que este tipo de guerra irregular tenía sobre las tropas de ocupación, especialmente a partir de 1808-1809?
La guerrilla es un fenómeno cuya interpretación depende mucho de quién la estudie. A lo largo de los años he mantenido interesantes discrepancias con mi amigo Charles Esdaile, que posee una visión diferente de la mía. Hemos debatido sobre este asunto en numerosas ocasiones.
Recuerdo especialmente un coloquio celebrado cerca de Málaga. Durante mi intervención comenté algunas de las tesis defendidas por Charles, que se encontraba entre el público porque también debía participar en el encuentro. En cuanto terminé, planteó varias objeciones y propuso organizar una mesa redonda dedicada exclusivamente a la guerrilla. Fue una sesión muy entretenida, moderada por el general Cassinello. El mismo general nos contó que, durante las maniobras militares del servicio obligatorio, todos los soldados preferían desempeñar el papel de guerrilleros antes que el de tropas regulares.
— ¿Cree, entonces, que Napoleón comprendió la verdadera dimensión del problema que suponía la guerra en España?
No, y creo que hubo dos razones fundamentales.
La primera es que Napoleón, quizá también por la forma en que dirigía otros asuntos del Imperio, no llegó a comprender plenamente el problema de las distancias y del tiempo. Una orden dictada en París tardaba entre un mes y cuarenta días en llegar a España y comenzar a ejecutarse. Cuando finalmente lo hacía, la situación militar había cambiado por completo. Él seguía tomando decisiones sobre cuerpos de ejército cuya realidad ya no era la misma.
La segunda razón, igualmente importante, fue el enorme peso que tuvieron las enfermedades durante la guerra. Hace años encontré en el Archivo de Génova una documentación completamente inédita que posteriormente publicamos parcialmente. Como sabe, una parte de Italia había sido incorporada al Imperio francés, y entre la documentación conservada aparecían numerosos registros de defunción de soldados. Lo más llamativo era la causa de la muerte. En muy pocos casos aparecían heridas de combate. Algunas veces se mencionaban complicaciones derivadas de ellas, pero la inmensa mayoría de los fallecimientos se atribuían simplemente a «fiebre». No sabemos de qué enfermedad concreta se trataba, pero la palabra se repetía una y otra vez.
Esto permite comprender una realidad esencial de las campañas napoleónicas. Para disponer en el frente de setenta u ochenta mil soldados realmente operativos, Napoleón necesitaba movilizar doscientos o incluso doscientos cincuenta mil hombres. Mientras pudo sostener ese esfuerzo, continuó obteniendo victorias. Sin embargo, cuando llegó la campaña de Rusia, el sistema dejó de ser sostenible. Francia seguía siendo un país muy poblado, pero las nuevas generaciones ya no eran iguales que las anteriores. Muchos de sus padres llevaban años combatiendo y las nuevas levas estaban formadas por jóvenes con mucha menos experiencia y fortaleza que los veteranos de las primeras campañas.
Por otra parte, durante los años en que el ejército británico permanecía en Portugal y los distintos ejércitos españoles iban siendo derrotados sucesivamente o apenas podían operar, el único elemento que mantuvo viva la resistencia fue la guerrilla. Y lo hizo, además, con notable eficacia.
En Simancas encontré abundante documentación que lo demuestra. Por ejemplo, los jueces recién nombrados debían incorporarse a su destino en un plazo relativamente breve, alrededor de quince días. Sin embargo, se conservan decenas de cartas dirigidas al Ministerio de Justicia —muchas de ellas marcadas como duplicado o triplicado porque se enviaban aprovechando distintos convoyes, sin saber cuál conseguiría llegar a Madrid— en las que esos funcionarios solicitaban una prórroga alegando que no disponían de escolta suficiente para atravesar territorios dominados por la guerrilla. Ese simple hecho refleja hasta qué punto las comunicaciones estaban condicionadas por la actividad guerrillera.
Además, reuní una base de datos que nunca he llegado a explotar completamente. Procede de las relaciones de la Junta Criminal Extraordinaria de Madrid, el tribunal de excepción que actuó durante la ocupación francesa. Para aproximadamente tres años de funcionamiento se conservan casi todas las relaciones semanales, con muy pocas lagunas. Su contenido resulta extraordinariamente revelador. Aparecen infinidad de personas acusadas de ser guerrilleros. Sin embargo, al analizar los casos se observa que muchos de ellos no eran combatientes, sino simples salteadores de caminos o individuos acusados de delitos comunes, como el robo de alimentos. Esto demuestra que aquel tribunal no perseguía únicamente a la guerrilla, sino que pretendía mantener el orden público en un sentido mucho más amplio.
También puede apreciarse otro aspecto interesante: muchos españoles evitaban participar directamente en el castigo de los guerrilleros. Si eran los franceses quienes ejecutaban las condenas, la situación era distinta. Pero numerosos funcionarios españoles preferían mantenerse al margen por miedo a las represalias. Es una reacción perfectamente comprensible dadas las circunstancias.
En mi opinión, durante los años centrales de la guerra de la Independencia fue precisamente la guerrilla la que mantuvo vivo el conflicto contra Francia. Además de sostener la resistencia, obligó a Napoleón a mantener en España un número muy elevado de tropas que habrían resultado decisivas en otros escenarios europeos.
— Los jefes guerrilleros españoles llegaron a alcanzar una fama comparable a la de los mejores generales de la época. ¿Ha habido algún líder guerrillero español de la época que le llamara especialmente la atención?
Bueno, sí, para mí es el Empecinado. Existe un documento conservado en Simancas —y creo recordar que incluso más de uno— que narra cómo el Empecinado ocupó una ciudad importante. Sin embargo, una vez dentro, no abrió las cárceles para liberar a los delincuentes comunes. Los dejó encerrados porque no deseaba que el desorden acompañara a sus operaciones. Ese detalle me parece enormemente significativo.
A ello se suman las conocidas cartas intercambiadas entre el general Hugo, padre del escritor Víctor Hugo, y el propio Empecinado, publicadas por Alberto Gil Novales. En ellas puede apreciarse el respeto que incluso algunos mandos franceses llegaron a sentir hacia él. Para mí representa el modelo del auténtico guerrillero: un hombre que combate por convicción patriótica y mantiene una disciplina muy definida. Naturalmente, esta es una valoración personal.
Podrían mencionarse también el Cura Merino o Espoz y Mina. Sin embargo, este último terminó desarrollando unas ambiciones políticas mucho más amplias y acabó convirtiéndose en un personaje diferente. Quizá Mina el Mozo habría seguido otro camino si no hubiese sido capturado, pero eso pertenece ya al terreno de las hipótesis. Lo que sí considero indiscutible es la enorme influencia que ejercieron las partidas guerrilleras.
Hoy comprendemos mejor que entonces otro aspecto fundamental: su enorme impacto propagandístico. Pensemos en cualquier pequeño pueblo donde el sacerdote explicaba a sus feligreses que los franceses eran enemigos de la religión y del rey, mientras los jóvenes de la comarca combatían en la sierra contra ellos. Aquello constituía un poderoso instrumento de movilización popular. Además, en muchos lugares la guerrilla era el único símbolo visible de resistencia, porque el ejército regular prácticamente había desaparecido.
Entonces, yo creo que han sido un factor importante. Y fueron pagados muy mal después, cuando volvió Fernando. Pero esto es otra historia…


— Se ha señalado en numerosas ocasiones que Napoleón no supo valorar correctamente, en el caso español, el sentimiento de un pueblo y de una parte importante de sus élites, que rechazaban ser gobernados por un monarca extranjero impuesto. ¿Habría sido más práctico mantener a José Bonaparte en el trono de Nápoles y conservar a Fernando VII como un rey dependiente de Francia, teniendo en cuenta la actitud que este mostró hacia Napoleón durante su estancia en Valençay?
No lo creo. Napoleón desconfiaba de las familias reales…
— ¿De los Borbones?
No únicamente de los Borbones, sino de todas las casas reales consolidadas por la tradición. Él era, en cierto modo, un parvenu, alguien que había alcanzado el poder por sus propios méritos y no por pertenecer a una dinastía histórica.
— Y eso nunca dejaron de recordárselo...
Exactamente. Su gran ambición consistía en convertir a su propia familia en una auténtica dinastía real europea. Por eso necesitaba situar a sus hermanos en distintos tronos y consolidar su legitimidad. José fue quien aceptó con mayor disciplina esa política. A pesar de las numerosas diferencias que mantuvo con Napoleón y de las ocasiones en que llegó a presentar su renuncia al trono de España, siempre terminaba aceptando la voluntad de su hermano.
Respecto a Fernando VII, existe un documento extraordinariamente interesante que espero publicar algún día. Se conserva en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Allí se encuentran uno o varios legajos dedicados a los intentos de fuga del rey durante su estancia en Valençay. Uno de ellos relata con todo detalle un plan perfectamente organizado por un clérigo español que había entablado amistad con un oficial francés contrario a Napoleón. Este oficial había resultado herido durante el sitio de Cádiz y fue destinado posteriormente al servicio de guardia en Valençay. El sacerdote explicó a la Junta que podía ponerse en contacto con él y organizar una evasión cuidadosamente preparada. Toda la operación aparece descrita con enorme detalle. El propio clérigo viajó integrado en un convoy francés, que incluso fue atacado por guerrilleros durante el trayecto. Llegó a París, fue interrogado por Savary, jefe de la policía imperial, y finalmente consiguió entrevistarse con Fernando.
Al final escribió a la Junta comunicando que no había nada que hacer porque el propio rey —emplea literalmente ese término— había rechazado la fuga por pura pusilanimidad.
— Tenía entendido que hubo varios intentos de liberarlo...
Sí, pero este era el único que realmente podía haberse llevado a cabo, porque toda la operación estaba perfectamente organizada. Fernando comprendió que quien le hablaba no era un provocador ni una trampa preparada por los franceses. Aun así, el miedo pudo más que cualquier otra consideración y prefirió permanecer en Valençay.
Por otra parte, tampoco vivía precisamente en una prisión miserable. Valençay es un castillo magnífico. He tenido ocasión de visitarlo y realmente impresiona. A Talleyrand tampoco le agradaba especialmente tener allí a Fernando, pero era imposible negarse a una orden de Napoleón.
— Si me permite una reflexión, Fernando VII pasó a la historia como «el Deseado», pero no dejaba de ser un producto del Antiguo Régimen, de la propia familia en la que había crecido. Quizá era difícil esperar de él un comportamiento muy diferente.
Es complicado definir hoy qué sería un rey ideal. Pero si lo comparamos con otros monarcas españoles de su época, incluido su propio padre o incluso Carlos III, las diferencias son evidentes. Fernando VII probablemente fue el peor de todos.
Resulta muy significativo que escribiera personalmente a Napoleón felicitándolo por sus victorias e incluso solicitando casarse con una princesa de la familia Bonaparte. El propio Napoleón llegó a responderle que aquella era la carta de un traidor. ¿Cómo puede un príncipe de casa Real pensar en escribir a un enemigo de esta manera?
— Sí, incluso llegó a felicitarle por algunas de sus campañas militares.
Así es. Y no solo eso, sino que además solicitó un matrimonio con una princesa de la familia imperial. Después, cuando recuperó el trono, muchos de quienes habían luchado durante años convencidos de hacerlo por el regreso de «el Deseado» descubrieron cuál era realmente su forma de gobernar. Fernando VII emprendió una auténtica persecución contra numerosos liberales y patriotas.
También favoreció la desaparición de abundante documentación de la época. Sabemos, por ejemplo, que el diplomático italiano Felice Balbo, destinado en Madrid porque su padre era embajador, adquirió numerosos documentos relacionados con aquellos años. Gracias a ello hoy se conservan en Turín, ya que de otro modo probablemente habrían sido destruidos. Desde ese punto de vista, como rey, Fernando VII deja muy poco margen para una valoración positiva.
— Una cuestión que solemos plantear a nuestros entrevistados es la valoración de los generales españoles durante la Guerra de la Independencia. ¿Cree que la Historia ha sido justa con ellos? ¿Y considera que la actuación de las Juntas influyó negativamente en su labor militar?
Es una cuestión complicada. Las Juntas constituyeron, en cierto modo, una novedad política. Representaban una forma de autonomía que no puede calificarse exactamente de democrática, porque sabemos perfectamente quiénes formaban parte de ellas y cómo eran elegidos sus miembros. Pero quizá ese no sea el aspecto principal.
Como ocurría en muchos ejércitos europeos de la época, numerosos generales alcanzaban ese empleo a una edad bastante avanzada sin haber participado nunca en un combate de verdadera importancia. En Inglaterra sucedía algo parecido. La situación era distinta entre los artilleros, los ingenieros o los marinos, porque esas armas exigían una formación técnica mucho más rigurosa. Sin embargo, en los ejércitos de tierra era relativamente frecuente encontrar mandos con escasa experiencia real de campaña.
En España, además, la profesión militar gozaba de muy poco prestigio. Siempre que era posible, muchas personas procuraban evitar el servicio. En realidad, esta situación no era muy diferente en otros países europeos.
En Italia, por ejemplo, las familias acomodadas pagaban a un sustituto para que realizara el servicio militar en lugar del hijo llamado a filas. Como consecuencia, el ejército terminaba recibiendo con frecuencia a individuos procedentes de los sectores más humildes o incluso a quienes preferían el servicio militar antes que la prisión.
Vista desde hoy, la conscripción obligatoria puede parecer simplemente una institución militar, pero durante mucho tiempo también fue un eficaz instrumento de control social. Basta pensar cuántas personas defenderían hoy la recuperación del servicio militar obligatorio alegando argumentos relacionados con la disciplina o la formación de los jóvenes. La realidad es que la vida cotidiana del soldado resultaba extremadamente dura. En muchas ocasiones eran los suboficiales quienes ejercían el verdadero poder dentro de las unidades. Por eso creo que debemos valorar a los generales españoles en conjunto, sin caer en simplificaciones. Eso no significa que todos fueran incompetentes ni que todos fueran brillantes.
Personalmente no me considero un especialista en historia militar estrictamente operacional. Sin embargo, sí creo que puede afirmarse una cosa con bastante seguridad: cuando los soldados españoles tenían ocasión de combatir, lo hacían bien. Wellington lo reconoció en más de una ocasión. Criticó repetidamente a muchos generales españoles, pero siempre habló con respeto de la capacidad de combate de los soldados. Es cierto que Wellington tampoco sentía un gran aprecio por sus propios hombres; todos conocemos las expresiones poco amables que utilizó en ocasiones para referirse a ellos. Sin embargo, reconocía que los españoles combatían con firmeza y sabían resistir.
Existen, naturalmente, distintos matices. Algunos observadores afirmaban que luchaban mejor cuando disponían de posiciones fortificadas o defensivas. Gabriele Pepe también hace comentarios interesantes sobre este aspecto. Pepe muestra un enorme orgullo por sus soldados napolitanos y llega incluso a escribir, con cierta ironía, que ellos podían sobrevivir con muchas menos provisiones que los alemanes o los ingleses, a quienes consideraba mucho más dependientes de una alimentación abundante. Son observaciones curiosas y muy humanas.
En cualquier caso, si tuviera que resumir mi opinión, diría que, en términos generales, los soldados españoles estuvieron por encima de muchos de sus generales.
— Cataluña fue uno de los principales escenarios donde actuaron tropas italianas entre 1808 y 1811. ¿Cómo fueron, en términos generales, las relaciones entre los soldados y oficiales italianos —especialmente napolitanos— y la población catalana?
Gabriele Pepe lo explica con bastante claridad, aunque no es el único testimonio disponible. Usted ha mencionado también las memorias firmadas con las iniciales A. L. Durante mucho tiempo se creyó que eran anónimas, pero en realidad su autor fue Antonio Lissoni. Él también describe una guerra extraordinariamente dura.
Tengo la impresión de que, en Cataluña, el conflicto alcanzó un grado de violencia incluso superior al de otras regiones españolas. En parte se debió a los primeros episodios de la campaña, cuando varias fortalezas fueron ocupadas mediante engaños, circunstancia que dejó una huella muy profunda en la población. La narración que hace Gabriele Pepe sobre aquellos acontecimientos resulta realmente ejemplar. También pone de manifiesto el importante papel desempeñado por determinados miembros del clero.
No sabría decir si los catalanes reaccionaron de manera diferente al resto de los españoles, aunque sí creo que la ocupación francesa en Cataluña fue especialmente severa durante los primeros años de la guerra. Hay que tener presente que, mientras buena parte del resto de España todavía no estaba completamente ocupada, Cataluña soportaba ya una presencia militar muy intensa. Eso hizo que la reacción de la población fuera especialmente enérgica.
Además, no debemos olvidar que aquella región conservaba una experiencia militar relativamente reciente gracias a la Guerra de la Convención. Muchas personas habían aprendido entonces determinadas formas de combatir que posteriormente volvieron a ponerse en práctica durante la Guerra de la Independencia.
— Conocemos la visión de varios militares italianos sobre la Guerra de la Independencia gracias a memorias como las de Gabriele Pepe, Cesare de Laugier o el oficial de caballería Antonio Lissoni. Después de tantos años estudiando estas fuentes, ¿cuáles considera más valiosas?
Sin ninguna duda, mis memorias preferidas siguen siendo las de Gabriele Pepe. Después de tantos años trabajando sobre su figura, analizando su personalidad y estudiando todos los aspectos de su vida, he terminado sintiendo una auténtica admiración por él. Fue militar casi por obligación, pero poseía una curiosidad intelectual absolutamente extraordinaria. Era prácticamente un autodidacta y se interesaba por todo. Había leído a los principales filósofos franceses y dedicaba su atención a las cuestiones más diversas. Su primer escrito, siendo todavía muy joven, fue un opúsculo sobre un terremoto ocurrido en Nápoles. Ese detalle ya refleja perfectamente su personalidad.
Hay una anécdota que siempre me ha impresionado. Cuando su regimiento emprendió la marcha sin saber todavía que acabaría destinado a España, Pepe era capitán y poseía una biblioteca personal de aproximadamente cien volúmenes. Para no separarse de sus libros, repartió un ejemplar entre cada uno de sus soldados, convirtiendo así su biblioteca en una auténtica biblioteca ambulante. ¿Cómo no admirar a una persona capaz de hacer algo semejante?
Antonio Lissoni también resulta muy interesante. Es cierto que redactó sus memorias algún tiempo después de los acontecimientos, aunque no demasiado tarde.
Existe además otro autor italiano que publicó una obra hacia 1855. Tiene un carácter algo más novelesco, aunque contiene observaciones interesantes. En ese caso puede comprobarse claramente que utilizó como fuente el magnífico trabajo del ingeniero militar Camillo Vacani. Vacani publicó una obra verdaderamente excepcional una vez regresó a Milán desde Austria. La dedicó al virrey y su primera edición constituye una auténtica joya bibliográfica: grandes volúmenes cuidadosamente ilustrados y con una calidad extraordinaria. El autor de 1855 reproduce en numerosas ocasiones las descripciones de batallas elaboradas por Vacani.
Con Cesare de Laugier ocurre algo diferente. Siempre me ha parecido un autor especialmente honesto. Cuando describe hechos que presenció personalmente lo deja muy claro. Cuando, por el contrario, habla de episodios que conocía únicamente gracias al testimonio de otros oficiales, también lo indica expresamente. Para preparar su obra envió cuestionarios a numerosos compañeros preguntándoles qué había ocurrido en determinados lugares donde él no había estado presente. Por eso, cuando narra esas acciones, advierte siempre al lector que no se trata de experiencias personales, sino de información recibida de terceros. Actúa con el mismo rigor en relación con la campaña de Rusia. Aunque escribió cinco volúmenes sobre ella, nunca estuvo allí. Se apoyó en abundante documentación y en testimonios ajenos, pero jamás intentó hacer pasar esas informaciones por experiencias propias. Esa honestidad metodológica me parece especialmente valiosa.
Con todo, si tuviera que elegir una sola obra, seguiría quedándome con las memorias de Gabriele Pepe. Las de De Laugier poseen un enorme interés porque ofrecen una visión muy amplia de la participación italiana en las guerras napoleónicas. De los numerosos volúmenes que escribió, más de la mitad están dedicados a la Guerra de la Independencia española y contienen una gran cantidad de detalles que posteriormente han podido ser confirmados por historiadores franceses y por otras fuentes documentales.
— Usted ha estudiado también la influencia de la Constitución de Cádiz en las revoluciones italianas de 1820 y 1821. Por otra parte, en Italia surgió el movimiento carbonario, de clara inspiración liberal. ¿Hasta qué punto ambos fenómenos estuvieron relacionados? ¿Fue la Constitución de Cádiz un referente para los carbonarios o influyó principalmente en otros movimientos políticos italianos?
La Constitución de Cádiz constituye otro de esos temas especialmente interesantes para comprender las relaciones entre España e Italia durante el siglo XIX. Cuando se promulgó «La Pepa», algunos italianos que habían combatido en España ya habían regresado a su país. Sin embargo, el eco que alcanzó aquella Constitución fue enorme en toda Europa. Hoy puede parecernos un texto relativamente moderado, pero en su momento fue considerado profundamente revolucionario y, sobre todo, peligroso. En uno de mis trabajos comparé su influencia con la imagen del «fantasma» de la que hablaba Marx. Salvando todas las distancias, la Constitución de Cádiz produjo un efecto semejante en la Europa de su tiempo. El propio zar de Rusia manifestó en varias ocasiones el profundo temor que le inspiraba.
Para los carbonarios —o, como entonces se les llamaba con frecuencia, los «sectarios»—, la principal virtud de la Constitución consistía en establecer límites muy claros al poder del monarca. Podemos pensar hoy que esos límites eran todavía imperfectos o excesivamente elementales, pero suponían una ruptura decisiva con el absolutismo. Por primera vez quedaban claramente diferenciados los distintos poderes del Estado y el rey dejaba de ser una autoridad absoluta. Eso explicaba el enorme atractivo que ejercía sobre tantos liberales italianos.
La Constitución de Cádiz ejerció una influencia enorme porque introducía un principio fundamental: el poder del rey dejaba de ser absoluto y quedaba sometido al control de la ley. Hoy puede parecernos algo evidente, pero en aquel momento suponía una auténtica revolución política.
De hecho, se produjeron situaciones muy curiosas. Cuando en Turín se proclamó la Constitución de Cádiz, fue necesario añadir una disposición complementaria para adaptarla a la realidad del Piamonte. El texto gaditano establecía que la religión católica era la única religión de la nación, pero en el Piamonte existía desde hacía siglos la comunidad valdense, una minoría cristiana no católica que disfrutaba de determinados derechos reconocidos. También ocurría algo semejante con la comunidad judía. Por ese motivo fue necesario introducir excepciones que permitieran mantener esos privilegios históricos. En Nápoles la situación era distinta, aunque allí también se debatió ampliamente sobre esta cuestión y sobre otros aspectos, como la libertad de imprenta. Resulta paradójico que en Nápoles se reclamara con entusiasmo la Constitución de Cádiz y que, sin embargo, casi nadie hubiera leído realmente su contenido.
La Constitución se tradujo al italiano después de que fuera proclamada. Hasta entonces existían muy pocas personas capaces de leerla en español. En Milán —o mejor dicho, un impresor relacionado con el norte de Italia— publicó rápidamente una traducción que alcanzó una difusión extraordinaria. Creo recordar que en muy pocos días llegaron a imprimirse unas doce mil copias. En cambio, la traducción oficial preparada por la Imprenta Real de Nápoles apareció más tarde.
La mayoría de quienes gritaban «¡Viva la Constitución!» desconocían en realidad el texto que estaban defendiendo. Aun así, su influencia política fue enorme. En Nápoles el régimen constitucional permaneció vigente aproximadamente nueve meses. Puede parecer un periodo breve, pero bastó para desarrollar una intensa actividad legislativa. Durante esos meses aparecieron periódicos, folletos y publicaciones de todo tipo. Incluso se redactaron catecismos políticos en dialecto napolitano destinados a explicar a la población más humilde los principios de la Constitución. Me parece un fenómeno realmente interesante.
En Turín no ocurrió lo mismo porque la reacción absolutista fue mucho más rápida y la represión impidió un desarrollo semejante.
En Nápoles, además, se celebraron las primeras elecciones italianas con sufragio universal masculino, algo verdaderamente excepcional para la época. Italia tendría que esperar más de un siglo para volver a disfrutar de un sistema semejante.
Mi querido Gabriele Pepe escribió también sobre aquellos acontecimientos en una obra dedicada al periodo constitucional y a la crisis provocada por la intervención extranjera. En ella afirma que el Parlamento elegido estaba compuesto, en su mayoría, por miembros de la nobleza, junto a algunos comerciantes y muy pocos eclesiásticos. Sin embargo, insiste en una idea que me parece especialmente interesante: los ciudadanos supieron elegir hombres honrados. Es decir, según Pepe, los electores no se dejaron impresionar únicamente por los títulos nobiliarios o por el prestigio social, sino que intentaron escoger a quienes consideraban más capacitados para desempeñar aquella responsabilidad. Él mismo fue elegido diputado por dos circunscripciones distintas de su región natal, lo que demuestra el prestigio del que gozaba entre sus contemporáneos.
En conjunto, la experiencia constitucional napolitana fue muy interesante.
No obstante, el enorme prestigio que había alcanzado la Constitución de Cádiz entre los patriotas italianos comenzó a disminuir con relativa rapidez. Hacia 1831 prácticamente había dejado de ser el gran referente político que había sido durante la década anterior. Los levantamientos de 1831, aunque fueron duramente reprimidos, ya no reclamaban la Constitución de Cádiz. El modelo al que empezaban a mirar muchos liberales italianos era la Constitución belga, mucho más reciente. Después el panorama político cambió por completo.
Giuseppe Mazzini fundó la Joven Italia, organización que, en mi opinión, puede considerarse el primer partido político moderno italiano. Con ella cambió profundamente el mundo de las sociedades secretas y de los antiguos carbonarios.
Paradójicamente, no fueron los mazzinianos quienes lograron la unificación del país. Eran republicanos y el proceso terminó siendo dirigido por el Reino del Piamonte-Cerdeña. La explicación es sencilla: el Piamonte disponía de un ejército. Garibaldi, pese a sus convicciones republicanas, comprendió perfectamente esa realidad. No era monárquico, pero entendió que la única posibilidad real de alcanzar la unidad italiana consistía en colaborar con el reino piamontés. Precisamente mi antigua tesis sobre la teoría de la guerra de guerrillas durante el Resurgimiento aborda esta cuestión.
Muchos autores escribieron tratados explicando cómo debía organizarse una guerra popular contra Austria. Todos coincidían en que los campesinos debían convertirse en la base de esa lucha. Sin embargo, casi ninguno respondía a una pregunta esencial: ¿qué se ofrecía realmente a esos campesinos a cambio de arriesgar su vida? Se hablaba de libertad, de patria y de independencia, pero muy pocos abordaban las necesidades concretas de quienes debían combatir. Solo encontré un autor —un tipógrafo de origen obrero— que defendía claramente la necesidad de repartir tierras entre los campesinos. Había comprendido que un hombre humilde difícilmente arriesgaría su vida únicamente por conceptos políticos abstractos. Se escribieron muchos tratados brillantes sobre la guerra popular, pero en la práctica apenas se llevó nada de aquello a la realidad. Las escasas tentativas posteriores terminaron fracasando.
Uno de los grandes héroes del Resurgimiento italiano, Carlo Pisacane, resulta un ejemplo muy significativo. Había criticado duramente la guerra de guerrillas en sus escritos, pero terminó muriendo precisamente mientras intentaba organizar una insurrección de ese tipo. La historia posee, a veces, una profunda ironía.

— Tras la etapa napoleónica, el regreso de Fernando VII supuso la restauración del Antiguo Régimen y la persecución del liberalismo. Poco después, España vivió las guerras carlistas, mientras que Italia culminó su proceso de unificación en 1861 bajo la monarquía del Reino de Italia. ¿Resultaba más sencillo unificar un país fragmentado que reformar profundamente uno ya existente? ¿Tuvieron las élites italianas un mayor sentido de Estado que las españolas, quizá excesivamente divididas entre tradicionalismo y liberalismo?
Creo que, en buena medida, sí. Los propios acontecimientos históricos parecen indicarlo. No obstante, antes conviene recordar cómo era la España de aquella época. Existía la corona, numerosos fueros y privilegios territoriales profundamente arraigados. Eran instituciones que beneficiaban a determinados grupos sociales, especialmente a las élites propietarias, y cuya desaparición encontraba muchas resistencias. Unificar una realidad tan compleja no era una tarea sencilla.
Italia, por su parte, también estaba dividida en numerosos Estados. Dependiendo del momento histórico podían llegar a ser catorce o incluso más de veinte. Sin embargo, los principales centros de poder eran relativamente pocos: el Reino de Nápoles, el Reino de Piamonte-Cerdeña, los Estados Pontificios y algunos grandes ducados como Toscana o Módena. Además, una parte importante del norte permanecía bajo dominio austríaco. Milán, por ejemplo, contaba con un virrey nombrado por Viena y el ejército austríaco representaba una presencia constante.
En ese contexto fue desarrollándose un sentimiento nacional diferente. Las primeras sociedades científicas desempeñaron un papel muy importante. Sus congresos reunían a personas procedentes de distintos Estados italianos que hasta entonces solo se conocían a través de sus publicaciones. Aquel intercambio intelectual fue creando lentamente una conciencia común. Algunas revistas culturales comenzaron también a difundir ideas nuevas y contribuyeron a formar una o incluso varias generaciones de patriotas italianos.
Naturalmente, no todos compartían el mismo proyecto político. Muchos desconfiaban de la idea de que la unidad italiana se realizara bajo un rey piamontés. Sin embargo, terminaron aceptándolo como el mal menor. Eso explica la actitud de Garibaldi. En cierto modo, puso su espada y su inmenso prestigio al servicio de un objetivo superior: la unificación de Italia. Más tarde mantendría profundas discrepancias con el nuevo Estado, especialmente en cuestiones militares. En el Parlamento defendió la creación de un ejército de carácter local, inspirado en el modelo suizo, frente al ejército nacional tradicional que finalmente se impuso. Pero cuando desembarcó en Sicilia, conquistó la isla y comenzó a avanzar hacia el norte con unos veinte o veinticinco mil hombres, comprendió que debía tomar una decisión. Víctor Manuel avanzaba rápidamente porque temía que Garibaldi decidiera marchar sobre Roma. Cuando ambos se encontraron, Garibaldi entregó el mando y aceptó la autoridad del rey. La célebre expresión «Obedezco», aunque corresponde a otro episodio, resume perfectamente su actitud. Renunció a un protagonismo personal inmenso porque entendía que el objetivo principal era culminar la unidad nacional. Fue una decisión profundamente pragmática.
Si observamos el caso español, encontramos diferencias importantes. Cuando Napoleón intervino en España, la monarquía todavía conservaba un vasto imperio americano. Sin embargo, las relaciones entre la metrópoli y aquellos territorios estaban marcadas por una evidente desigualdad. Basta recordar los debates sobre la representación política de los americanos en las Cortes o las dificultades para reconocer plenamente sus derechos. Resultaba complicado construir una auténtica conciencia nacional mientras persistían esas diferencias entre los distintos territorios del imperio. A ello se añadían las divisiones internas de la propia Península. Los particularismos regionales seguían teniendo un enorme peso. Era frecuente que la identidad local prevaleciera sobre cualquier sentimiento nacional más amplio.
— ¿Podría decirse entonces que las élites italianas desempeñaron un papel más positivo que las españolas, quizá menos condicionadas por el peso del Antiguo Régimen, la Iglesia o el Ejército?
Creo que, al menos en parte, sí. En determinadas regiones italianas comenzaron a difundirse relativamente pronto ideas de emancipación social, incluso antes del desarrollo del socialismo o del marxismo. Entre artesanos, impresores y algunos sectores urbanos aparecieron formas de solidaridad y de organización que favorecieron una conciencia colectiva más amplia. No se trataba únicamente de una identidad regional, sino de un sentimiento de pertenencia que poco a poco iba superando las antiguas divisiones territoriales. Aun así, tampoco conviene idealizar el proceso italiano.
Gabriele Pepe, por ejemplo, observaba que construir un verdadero pueblo italiano resultaba mucho más difícil de lo que muchos imaginaban. En uno de sus escritos cita el ejemplo inglés para explicar que, más que disponer de una excelente Constitución, lo verdaderamente importante era contar con una justicia imparcial y con instituciones capaces de garantizar los derechos de los ciudadanos. Ese era, en el fondo, el objetivo. Naturalmente, estas ideas se difundieron con mayor facilidad en las regiones donde existían niveles más altos de alfabetización y una vida cultural más desarrollada. El sur de Italia presentaba una realidad muy distinta.
Además, Italia debía enfrentarse a una dificultad que España no tenía en la misma medida: la existencia de los Estados Pontificios. La presencia del Papa como soberano temporal condicionó durante décadas todo el proceso de unificación. De hecho, desde 1861 hasta 1870 fue necesario esperar una coyuntura internacional favorable para incorporar finalmente Roma al nuevo Reino de Italia.
NOTA: Agradecer especialmente a Vittorio Scotti Douglas el habernos concedido esta entrevista para el Rincón de Byron

Vittorio Scotti Douglas (n. 1938) es un historiador e investigador italiano, reconocido internacionalmente por sus estudios sobre la guerra de la Independencia española, el periodo napoleónico y las relaciones entre España e Italia durante los siglos XVIII y XIX.
Licenciado en Historia por la Universidad de Milán en 1974, ha desarrollado una intensa labor investigadora centrada en la historia militar, el liberalismo europeo y el proceso de formación de los estados nacionales. A lo largo de su trayectoria ha trabajado en numerosos archivos españoles e italianos, recuperando y dando a conocer abundante documentación inédita, especialmente del Archivo General de Simancas, lo que ha contribuido de manera significativa al conocimiento de la administración napoleónica en España. Es uno de los mayores especialistas en la participación de las tropas italianas en la guerra de la Independencia española. Entre sus aportaciones más destacadas figura la edición crítica de las Memorias de Gabriele Pepe (que os recomendamos encarecidamente), obra fundamental para el estudio de la presencia napolitana en la Península durante las guerras napoleónicas. Asimismo, ha investigado la influencia de la Constitución de Cádiz de 1812 en los movimientos liberales italianos y el papel desempeñado por los carbonarios y otros patriotas durante el Resurgimiento. Autor de innumerables libros, artículos científicos y ponencias internacionales, Scotti Douglas ha mantenido una constante colaboración con investigadores españoles e italianos, convirtiéndose en una referencia imprescindible para el estudio de la guerra de la Independencia, el imperio napoleónico y los orígenes del liberalismo en el sur de Europa.
En reconocimiento a sus contribuciones a la difusión de la historia y la cultura españolas, Scotti Douglas recibió la Orden de Isabel la Católica en el año 2013.
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d – Knötel, Richard, «Neapel: Königl. Neapol. Truppen » (1896). Prints, Drawings and Watercolors from the Anne S.K. Brown Military Collection. Brown Digital Repository. Brown University Library. https://repository.library.brown.edu/studio/item/bdr:599311/
e – Knötel, Richard, «Italien: Italienische Armee unter Vice König Eugen » (1896). Prints, Drawings and Watercolors from the Anne S.K. Brown Military Collection. Brown Digital Repository. Brown University Library. https://repository.library.brown.edu/studio/item/bdr:599307/
f – «La Guerra de la Independencia. II. Los guerrilleros» – Andres Cassinello Pérez, Arlanza Ediciones, Madrid, 2008
g – “Juan Martín El Empecinado. Terror de los Franceses” – F. Hernández Girbal, Ed. Lira, Madrid, 1985
h – Por Salvador Viniegra – Historia de Cádiz, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3077815
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