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La ciudad de Lérida (Lleida), la antigua Ilerda de los romanos, era ya desde la antigüedad un importante enclave militar y comercial situado a la orilla del río Segre. Con el estallido de la guerra de la Independencia, fue una de las primeras poblaciones en Cataluña en alzarse, a finales de mayo de 1808, contra la dominación francesa y tomar partido por Fernando VII. La Junta de la ciudad se convirtió en corregimental para su territorio y en la misma se constituyó la Junta Superior de Cataluña el dia 18 de junio de 1808.
Con el devenir de los acontecimientos y tras la caída de la ciudad de Zaragoza, era de esperar que los imperiales fijaran entre sus próximos objetivos la capital leridana, que finalmente se vio asediada por las tropas francesas y aliadas del entonces general Suchet, entre abril y mayo de 1810 consiguiendo, tras una breve pero numantina resistencia, la capitulación de la ciudad. Como dato anecdótico, señalar que el asedio se produjo por la misma zona que las tropas borbónicas lo habían efectuado en el año 1707, con motivo de la guerra de Sucesión española. Para poder analizar este hecho de armas contamos con dos textos obrando en el Archivo Histórico Nacional, dos relatos diferentes del asedio, uno desde el punto de vista del militar español y otro a partir de un oficio del general Suchet para el mariscal Berthier.
El texto nos habla del día a día del asedio lo que nos ayuda a comprender las acciones militares llevadas a cabo por parte de los defensores y sus sitiadores, y al mismo tiempo refleja en varios puntos los problemas de una defensa falta de medios humanos, militares y sobre todo, económicos: la guarnición vio reducida al principio del asedio parte de su infantería y caballería (ésta última, testimonial), surgían disensiones entre las autoridades civiles1 y militares, y el hecho de haber contribuído con anterioridad, a nivel económico y logístico, al esfuerzo de guerra en el frente de Aragón y en la ciudad de Gerona, al mismo tiempo tener que mantener y equipar las propias tropas en el corregimiento, provocó que a nivel anímico hubiera un visible cansancio por parte de los habitantes de la capital leridana, que se contrapuso de manera inevitable a las proclamas mediante las que se imponían alistamientos forzosos y se reclamaba la contribución al esfuerzo bélico para la defensa de la plaza2.
La conquista de Lérida el 14 de mayo de 1810 daba al general Suchet el dominio del curso del Segre con la frontera de Aragón, facilitaba la conexión con el ejército imperial de Cataluña, le abría el paso a las areas del norte de Cataluña y aumentaba sus recursos de manutención con las fertiles planicies del Llano de Urgel.
PREFACIO
“Dos memorias sobre el sitio y rendición de la Plaza de Lerida ocurrida el 14 de mayo de 1810 siendo su Gobernador el Mariscal de Campo Don José González3 y en su defecto el de igual clase Don Joaquín García Conde4 y el general francés conde de Suchet: una de las memorias está rubricada por el general Blake y la otra traducción de la que dirigió el conde de Suchet general en jefe del 3.er cuerpo de ejército al Príncipe de Wagram autorizada con la firma de Don Tomás Pasqual de Maupoy. En la primera memoria se da idea de la fuerza que guarneció la Plaza, de la clase de recursos con que contaba y las malas disposiciones de defensa que se tomaron a causa de las disidencias que había entre el pueblo y las autoridades militares, de las salidas que verifico la guarnición tan torpemente dirigidas que no se logró otro resultado que pérdidas de oficiales y tropa, brillante defensa de los reductos de San Fernando y el Pilar, perdiéndose el primero, obras y fuegos del enemigo, brechas, asalto de la Ciudad, incendio, capitulación del Castillo. No se encuentran notables diferencias entre las dos memorias mas que respecto a la evaluación de las pérdidas en cada acción. Continúa la francesa una relación de los efectos existentes en el Castillo y Plaza después de la Capitulación.”
Defensa de Lérida por los Españoles contra los Franceses en Mayo de 1810
Dirigida a la Seccion (de Historia) por el Capitán General Don Joaquín Blake.
Descripción del Sitio y rendición de la Plaza de Lérida ocurrida el 14 de Mayo de 1810.
«Había ya mucho tiempo que los Enemigos preparaban el Sitio de la Plaza de Lérida, como el punto más importante para su seguridad en Aragón y para darse la mano con su Ejercito de Cataluña. Con este fin se posesionaron anticipadamente de Fraga y Monzón avenidas más principales de la dicha Plaza. En la primera construyeron alojamientos para la tropa, e hicieron apuntalar y reforzar su famoso puente de madera para hacer pasar Artillería; y en la segunda recompusieron y aumentaron las obras de su pequeño fuerte para que les sirviese de punto de apoyo. La División nuestra del Segre y Cinca en que estaba comprehendida la guarnición de Lérida había retardado y entorpecido cuanto le fue posible las operaciones del Enemigo; pero aniquilada por la continua fatiga, y por la baja de los frecuentes heridos y muertos que resultaban de las acciones que sostenía muy a menudo, no estaba en estado de oponerse vigorosamente a los progresos de los franceses; sin embargo, en la reunión que estos hicieron de sus fuerzas para la última expedición contra Valencia destruyó la guarnición de Lérida las obras de Fraga reduciéndose a cenizas su puente. Esta ocasión era sin duda la más oportuna para recuperar el Fuerte de Monzón, donde hacían sus acopios de víveres de boca y guerra; pero la salida de Lérida para el Ejército de Cataluña del primer batallón de Santa Fe con doscientos caballos escogidos del de Olivencia, dejó su guarnición imposibilitada de intentar cosa alguna contra el Enemigo.»

«Entre tanto llegó el día 12 de abril y se presentaron delante de dicha Plaza cuando ninguna de las obras proyectadas se había concluido. Estas eran un grande Hornabeque con enormes fosos sobre el frente de Garden5 que mira al llano del mismo nombre; un parapeto con varias troneras sobre el rio Segre en el camino llamado la carretera; un Baluarte en la Puerta de San Antonio; y finalmente un camino cubierto para comunicarse desde el castillo de Garden a la Plaza. Todas estas obras como se han indicado se hallaban casi en bosquejo porque el número de Trabajadores era cortísimo y la Junta Corregimental no proporcionaba los caudales necesarios y con sus debates y disputas con los Ingenieros obstruía de continuo el adelantamiento de dichas obras,
Cualquiera que sepa o haya tenido principios de fortificación conocería, viendo la de la Plaza de Lérida, que el punto de ataque de ella era el de el Carmen como el más débil de la antigua y derruida muralla que circunvala su recinto, cuyo recinto es más bajo que el que debía ocupar el Enemigo en caso de sitio. Y en consecuencia creo hubiera valido más en lugar del principiado Hornabeque que necesitaba más de ochocientos hombres para defenderlo, haber fortificado el Puente que no tenía otra defensa que una estacada a su cabeza y un foso abierto en los mismos días del Sitio, revistiendo la antigua muralla en sus partes más débiles, haciéndoles fosos especialmente en el Carmen; y sobre todo lo que hubiera sido más útil a mi modo de entender, era haber demolido enteramente las obras de la Ciudad, reduciéndose su defensa a la del Castillo principal, fuerte de Garden y sus avanzadas, echando abajo las casas que se oponían a la defensa, dejando bastante escarpada la Subida, que por parte de la Ciudad casi en todo alrededor del glacis es de facilísimo acceso particularmente en los pozos de la nieve por donde se entraba y salía de la Falsa braga sin el menor obstáculo hasta llegar a la Poterna.»

«Quizá si esto se hubiera remediado, no se hubiera perdido una plaza tan importante; quizá los Sitiadores hubieran tenido que desistir de su empresa prolongándose la defensa, y quizá el honor de una guarnición digna de mejor Suerte no padecería una nota que no merece. Pero el Pueblo se resistía a estas demoliciones6: no miraba la defensa que debía hacerse con respecto al interés general de la Patria sino solo atendiendo a sus intereses y propiedades, diciendo abiertamente, defiéndase la ciudad con preferencia a todo, como que esta era el recinto de su seguridad personal, y tal vez si no se hubiese defendido, la suerte de aquel infeliz Pueblo no hubiera sido tan cruel, reduciéndose a ser un mero espectador de la defensa de sus Castillos; mas por desgracia se contempló al Pueblo, que ni conocía sus verdaderos intereses, no se hallaron ni buscaron los recursos que tan imperiosamente exigían las circunstancias, y la Plaza quedó como se ha referido al principio, y sin que se hubiesen derribado las Casas de campo, Torres, Arboledas, etc. que se hallaban dentro del tiro de cañón; a pesar de tres bandos que para ello se publicaron, imponiendo pena de la vida al que no obedeciese esta pena jamás se realizó. Los contraventores eran los Sujetos principales del Pueblo, y de nada absolutamente sirvieron los bandos.
La Guarnición al principio del Sitio se componía de tres mil seiscientos hombres de Infantería, un Escuadrón incompleto y en mal estado del Regimiento de Olivencia; cuarenta Zapadores, cien Artilleros veteranos, y hasta unos doscientos cincuenta de las compañías de Lérida sin vestuario, instrucción ni cosa alguna de lo que constituye un Soldado de esta arma. La fuerza de la Infantería contaba el número expresado en la forma siguiente:
| Cuerpos | Hombres |
| Batallón de Huesca | 900 |
| Sección Catalana | 800 |
| 2º Batallón de Santa Fe | 300 |
| Tiradores de Murcia | 400 |
| Suizos de Kayser | 1.000 |
| Batallón de Fernando 7º sin incluir | |
| los quintos sin armas | 200 |
| Total | 3.600 |
No se debe aún regular que fuese efectivo este número para el Servicio, de donde se evidencia no ser esta fuerza suficiente para cubrir los Castillos, todo el recinto de la ciudad, los reductos y el Hornabeque, dando un descanso proporcionado al Soldado. Tampoco era bastante el número de Artilleros para el de Piezas, pues no incluyendo como fuerza para la Plaza la compañía de a caballo que no se dedicaba más que a su Servicio peculiar en el puente, resultaba quedar a lo más trescientos inclusos los cien veteranos como se ha dicho para el Servicio de ciento seis piezas, y rebajando además los enfermos, etc. no quedaron sino dos hombres por pieza, alcanzando a lo sumo algunas a tres. Con esta dotación y sin instrucción los Soldados no podía esperarse mucho de una Artillería servida por ellos; sin embargo la experiencia demostró (como se verá en adelante) que alguna vez sus efectos fueron de importancia; pero esto se debió más a los pocos Oficiales de Artillería, los cuales reuniendo en una o más piezas los soldados viejos, lograban hacer fuego con más acierto; pero si por ejemplo el Castillo principal hubiera tenido que hacerlo en diversos sentidos, empleando mucha Artillería al mismo tiempo, no se hubiera podido evitar la confusión, atendido también el corto número de Oficiales de aquella profesión, pues la mayor parte eran hechos en Lérida y, aunque dotados de excelentes deseos, ignoraban la Teórica y Práctica que constituye un oficial facultativo.»
LA SEO ANTIGUA DE LÉRIDA
La construcción de la ciudadela de Lérida fue iniciada por ingenieros franceses entre los años 1641 y 1644 durante la guerra dels Segadors, y entre 1645 y 1649 fueron continuadas por los ingenieros de Felipe IV. Esta fortificación fue completada en los primeros años del siglo XVIII, durante la guerra de Sucesión, y se acabó de perfilar en el siglo XIX.
En su interior quedaron incluidos los restos del antoguo castillo de la Zuda (Suda) y la catedral antigua. El castillo de la Zuda, documentado desde el siglo IX, primero fue el palacio de los reyes taifas y luego castillo cristiano.
La antigua catedral, bellísimo ejemplar de transición del románico al gótico, empezó a contruirse en el año 1203. Destacan el claustro considerado uno de los más grandes de la arquitectura gótica europea y la torre campanario, de planta octogonal. El claustro y el campanario se construyeron en el siglo XV. [3]

«Las municiones eran en bastante cantidad, excepto la hueca de que había muy poca. La pólvora era suficiente, pero se carecía de canillas para construir cartuchos y los mercaderes resistían a entregarlas si no se verificaba su pago y como ni la Junta proporcionaba caudales para ello, ni se les obligaba a entregarlos, el resultado era quedarse sin este artículo tan necesario.
Iguales inconvenientes se oponían al establecimiento de un Laboratorio de mixtos para fuegos artificiales y de una Maestranza para ocurrir a las recomposiciones y construcción del carruaje, pues aunque la había era tan pequeño el número de sus operarios, y los talleres tan desprovistos que no se podía atender a la necesidad continua y urgente que ocasionaba el Servicio con especialidad el de la tropa que careciendo de Armeros en los cuerpos, tenían un tercio de sus fusiles inútiles y la mayor parte de ellos sin bayonetas.
Para las municiones y pólvora solo había un almacén en el castillo principal y para doscientos tiros en el de Garden y en las baterías del recinto se servían de arcones de trecho en trecho, y lo mismo sucedía en las avanzadas y reductos del frente de dicho fuerte.
Los víveres era un problema que aún no se ha resuelto si los había en cantidad suficiente o no, solo se podrá decir que los particulares tenían trigo y aceite para ellos sobrante. En el castillo principal se decía que había trigo, galleta, aguardiente, bacalao y menestras para la guarnición del tiempo de tres meses; más apenas se avistaron los enemigos, empezó toda la tropa a surtirse de los víveres del Castillo, que no debieron haberse tocado hasta el preciso caso de encerrarse en él; pero la Junta corregimental tomó esta providencia, no oyó las instancias verbales y por escrito que le hicieron el General y el Gobernador para que se repusiesen las harinas y demás víveres que se habían extraído, manteniéndose siempre y sosteniendo en sus Juntas contra los militares que allí se hallaban que el Castillo no debía defenderse más tiempo que la ciudad. Esta Junta se había arrogado todas las facultades, nombró sus Tesoreros Proveedores y repartidores, dejando a los ministros de Real Hacienda sin funciones y sin representación.
El agua que solo había en el castillo principal, la de una cisterna, cuando se quiso hacer uso de ella, se encontró resumida7 y tan turbia que apenas se podía beber.
Tres Hospitales, aunque mal provistos, se contaban en la ciudad, pero ninguno en los fuertes; no se veía lo que debía conocer el más estúpido y era que perdiéndose el pueblo se habían de defender los castillos, y de consiguiente que se necesitarían en ellos estancias acomodadas con todo lo preciso para asistir a los enfermos mas nada absolutamente se previno en este ramo, y los heridos morían sin asistencia rendidos en el suelo por falta de auxilio de medicamentos y de paraje a propósito para curarlos.
He creído indispensable expresar el estado de la fortificación, artillería, almacenes, etc., para seguir ahora dando noticia de los trabajos de los Enemigos, las salidas de la guarnición, etc., explicando todo lo que ocurrió hasta la hasta la rendición de la Plaza para que se pueda formar un concepto de su defensa.
Se aproximaron los enemigos como un dicho el día doce de abril del corriente año, no sin oposición de las partidas y destacamentos de la Plaza que disputándoles el terreno palmo a palmo, se vieron obligados los nuestros a retirarse después de causar mucha pérdida y de sufrir alguna por nuestra parte. Los Enemigos se apoderaron aquel mismo día de cuantas casas, torres y bosques había en las inmediaciones, y circunvalaron la plaza, situando campamentos frente al Carmen, Puerta de la Concepción, reductos de Garden y de la otra parte del Segre colocaron uno de bastante extensión que recorría todo el frente e impedía la salida del Puente, adelantando sus Partidas al abrigo de las Acequias de que abunda aquel terreno, siéndole la más favorable por su proximidad, la llamada de Torres, que está en el camino de Tarragona, sobre la Cabeza del Puente.
El día inmediato 13 hubo una acción bastante viva que mandó el Brigadier Don José Beguer en la que las guerrillas mantuvieron el fuego todo el día ya tomando casas, ya recuperándolas después de perdidas; pero reforzados los enemigos, tuvo nuestra tropa que replegarse con alguna pérdida.
En los tres días 14, 15 y 16 nada ocurrió de particular mención; pero el 17 se hizo una salida para reconocer las fuerzas enemigas; en esta como en todas las demás no se guardó el sigilo que a mi parecer se debía. y el Pueblo acostumbrado a hacer su voluntad, se subía al glacis de los castillos con anticipación, dando de este modo aviso al Enemigo de lo que se quería ejecutar y como era de día claro, y se mandó formar la tropa cuatro horas antes en la carretera, que era el paraje más a propósito para que el Enemigo lo observase todo conociendo nuestro intento por el aparato, aumentó y parapetó su fuerza en la Acequia de Torres, dejando a distancia de la casa cementerio llamada Garrut, una reserva de seiscientos a ochocientos hombres, colocando apoyadas en dicha casa dos piezas de campaña. Nuestra infantería salió del Puente, quedando la mayor parte de ella formada en batalla, se adelantaron varias partidas de guerrillas y dos piezas de artillería a caballo: las guerrillas chocaron con los enemigos con mucha bizarría, las ahuyentaron y se posesionaron de algunas casas, mientras nuestra artillería hacía fuego de cañón y obús a las Acequias y la línea de Infantería parada frente del Puente, recibió todo el fuego de los Enemigos parapetados y de su cañón descubriéndole todo el blanco de que era capaz, de modo que esta Tropa era sacrificada sin hacer cosa alguna por su parte, más que sufrir con resignación y mantenerse con firmeza. Los enemigos reforzaron sus guerrillas y nosotros mandamos retirar a la Plaza toda la expedición ejecutándolo primero la línea de batalla; y como los Enemigos viesen quedarse solas las guerrillas, habiendo ya entrado o entrando los demás en la Plaza, cargaron sobre ellas hasta la misma cabeza del puente, introduciendo en el paso de él un desorden difícil de explicar embarazándose unos a otros en la retirada con los dos cañones, de manera que no creo hubiesen tenido dificultad en aquel día de tomar la Ciudad si un Oficial oficiosamente observando que una Partida de caballería enemiga venía ocultándose para caer de improviso sobre la Cabeza del Puente y cortar nuestra Infantería, y valiéndose de la voz del General colocó los 300 hombres del Regimiento de Santa Fe en la parte interior del puente para sostener la retirada de los demás. En esta salida tuvimos de cincuenta a sesenta heridos y muertos la mayor parte sin batirse, y aún no creo se lograse saber la fuerza del Enemigo, pues el grueso de ella se mantuvo a cubierto en las acequias.
Aquella misma noche del 17 empezaron a cubrir sus trincheras frente a los reductos de Garden, aunque la obra que emprendieron contra éstos, no tenía comparación ni en extensión ni en su importancia con la que construyeron después contra El Carmen, pues allí establecieron las baterías de brecha; y a la verdad que contra los reductos expresados casi no eran necesarias, pues son obras que se toman con escalas y resolución.
Desde el 17 hasta el 22 hicieron varias salidas, ya con el objeto de desmontar algunos bosques que favorecían enemigo. Y a para cortar algún forraje para mantener el ganado y la caballería, pero se puede asegurar que cada árbol que se cortó ha costado dos o tres hombres heridos o muertos, y al fin tenían que retirarse sin haber sacado más fruto que traer algunos leños, y aún estos se los disputaban en la entrada los Paisanos, a pretexto de ser propietarios de la tierra donde se cortaban.
Llegó en fin el aciago día 23 de Abril, y a la misma hora que el Ejército de Cataluña, aproximaba su vanguardia al Enemigo se hizo otra salida de la Plaza por los mismos parajes y en los mismos términos que la anterior y por consiguiente, tuvo el mismo éxito, resultándonos la baja de 150 hombres entre muertos y heridos, de los que se contaban dos o tres oficiales de cada Cuerpo y al teniente coronel de Santa Fe Don Tomás López.
Orgullosos los enemigos con estas ventajas, atacaron aquella misma noche los reductos del Pilar y San Fernando; tomaron por asalto el primero y rechazados en el segundo con una intrepidez sin ejemplo por el Subteniente Don Juan Puig, tuvieron que abandonar el Pilar dejándose muchos muertos y heridos, además de los que retiraron a favor de la oscuridad de la noche.: estos reductos tenían treinta hombres de guarnición cada uno y los Enemigos atacaron con cuatrocientos unas obras cuyos fosos eran sumamente pequeños, y sus parapetos de tres a cuatro pies de altos que más parecía pared de una cerca que parapeto. En esta defensa, nada pudo hacer la Artillería de los reductos, pues siendo de hierro de calibre de a 12 y montada sobre cureñas de máxima habiéndoles atacado por la gola no podía transferirse a ella por el corto número de defensores y por la viveza del ataque que les impedía emplearse en mover las piezas y así solo atendían a hacer un fuego vivísimo de fusilería, y a rechazar con bayonetas y chuzos a los que asaltaban: de estos murieron tres o cuatro dentro del reducto de San Fernando a manos de nuestros bravos soldados, acción que merecía no olvidarse, como otras muchas ocurridas en aquel desgraciado sitio, pero se perdió el todo y solo han merecido elogio los que presenciaron su heroísmo.
El día 24 por la mañana se presentó un oficial francés parlamentario y para recibirlo convocó el General la Junta Corregimental y al Gobernador. El parlamentario les intimó a la rendición de la Plaza a las armas francesas, diciendo de parte de su general que ya no quedaba a la Plaza de Lérida esperanza de socorro, que el Ejército Español de Cataluña había sido enteramente derrotado8, y que si querían comprobarlo comisionasen un Oficial militar, y un individuo de la Junta que saliesen con él de la Plaza y verían siete u ocho mil prisioneros españoles con un General que estaban en su poder de resultas de la acción del día anterior.
El General de acuerdo con el Gobernador y con la Junta contestó que Lérida nunca había contado para su defensa con socorro alguno de fuera, y con esta respuesta. se retiró el Parlamentario
Al día inmediato 26 hicieron pasar a la vista de la Plaza varias columnas de prisioneros y tanto este día como los siguientes hasta el 29 continuaron aproximando sus ramales, y este último día abrieron la trinchera contra el Carmen, pareciendo imposible que lo hiciesen frente al castillo principal, y tan inmediato a él, es decir, que construyeron su primera y única paralela por la capital del Bastión de aquel medio baluarte donde debieron construir la tercera de modo que estaban a tiro de metralla del castillo, y como desde el 23 no había quien les incomodase por fuera de la Plaza, trabajaron con ardor y seguridad hasta perfeccionar sus obras.
Es bien sabido que una de las ventajas del sitiado sobre el sitiador (ya que este tiene las mayores sobre el primero) es ignorar, impedir y retardar los trabajos que debe hacer el enemigo a cuerpo descubierto, y más cuando estaba tan próximo a la Plaza; en consecuencia, parece natural que inmediatamente que se sintió la zapa debía hacerse por el Castillo y la Plaza un terrible fuego tirando varias balas de iluminación como creo debe efectuarse en este caso; pero sea que no se oyó el ruido en los trabajos o que se carecía de las dichas balas, lo cierto es que no se hizo fuego alguno de cañón la noche del 23 contentándonos con el de fusilería dirigiéndolo a sus ramales. Habiendo ya amanecido cubiertos los Enemigos fue ya casi infructuoso el fuego que con más lentitud se les empezó a hacer. Trabajaron estos con mucha rapidez, empleando a la fuerza a nuestros paisanos de la campiña; aquellos mismos paisanos que ni teníamos dinero para pagarles ni autoridad para hacerles trabajar; hoy obligaban a unos y mañana a otros sin darles estipendio, y de este modo concluyeron sus ramales y baterías que lo fueron instantáneamente. Las que formaron contra el fuerte de los reductos de Garden, como obra infinitamente más corta, los concluyeron antes y taparon con ramaje sus troneras.
El treinta se continuó el fuego por ambas partes sin efecto notable; pero entre el primero de Mayo y el 6 del mismo se efectuaron dos salidas parece que con el objeto de inutilizar las baterías enemigas mas estas fueron tan desgraciadas como las otras; habiéndose hecho en lo más claro del día y con poca tropa porque ya la fuerza se había disminuido mucho: los trabajadores no tuvieron tiempo para deshacer las obras por no poderse sostener contra el enemigo que cargaba siempre con mayor número. Tal vez hubiera sido mejor el éxito, si nos hubiéramos propuesto por objeto clavar sus cañones e inutilizar sus baterías, que es obra de minutos en un feliz golpe de mano, como lo es de horas el deshacer ramales y baterías. Sin embargo, no puede ponderarse el arrojo de la Tropa en estas salidas: aguardaban una descarga y de un salto se precipitaban en las trincheras, corriendo por sus ramales, matando a todo el que se le presentaba, y ahuyentando a los que se salvaban fugándose; pero mientras los Zapadores y trabajadores empezaban a destruir con sus herramientas, como los doscientos hombres nuestros no eran reforzados, cargaban contra ellos ochocientos o más enemigos y tenían que retirarse a la Plaza sin haber logrado otra cosa que perder porción de gente y oficiales. Hablando de estas salidas no puede dejar de citarse la acción de un oficial de Huesca llamado Barrasca, que saliendo voluntariamente con doce soldados de su cuerpo se fue a las trincheras y metido en ellas mató de su mano a un Oficial francés, y los doce voluntarios echaron a los Enemigos de los primeros ramales, se batieron en retirada y vinieron cargados de despojos.
Los cuerpos de la guarnición perdieron estas salidas a los mejores Oficiales ya muertos o ya heridos, pues cada vez que había de hacerse una de ellas nombraban los cuerpos a proporción del número que salía un destacamento compuesto de la mayor gente oficiales más intrépidos. El regimiento de Santa Fe tiene que sentir la pérdida del Capitán Centurión y del Subteniente Carreras, sin contar al teniente Sn. Millán, que quedó gravemente herido, y otros oficiales del propio cuerpo y de los demás.
Desde el principio del Sitio estaba casi siempre la guarnición sobre las armas, cubriendo el indefenso recinto de la Ciudad y sufriendo con la mayor constancia la intemperie, el hambre y la desnudez. Sólo el Regimiento de Suizos, cuya fuerza se componía la mayor parte del pasados y prisioneros franceses, fue el que experimentó deserción, pero tan considerable que ascendió casi a la mitad de sus fuerzas, fugándose diariamente las guardias y avanzadas enteras y noticiando al Enemigo del estado en que nos hallábamos dentro de la plaza. Los paisanos que se procuraron armar con chuzos lanzas, etc., para que ayudasen a la guarnición en tan penosas circunstancias, a los dos o tres noches se cansaron, y por ningún medio se pudo conseguir que hiciesen algún servicio útil, pretextando que si no se les pagaba su jornal tenían que atender a sus oficios y familias.
El día siete de mayo fue cuando todas las baterías enemigas simultáneamente rompieron el fuego y se contaban hasta el número de siete; tres contra el Carmen, con piezas de a 24, 16 y 12; dos de morteros de a 12 pulgadas y de a 9 contra el castillo principal; una contra la puerta de la Concepción, teniendo parte de su dirección contra el fuerte de Garden compuesta de piezas de 16 y 8 y obuses de a 7, y finalmente otra de 12 y 8 y obuses de a 7 contra los reductos de dicho fuerte.»

Los diferentes tipos de piezas de asedio en un panel anunciador del Museo Militar de Toledo.
Los cañones de plaza y asedio desde las 4 hasta las 24 libras con una parábola de tiro curvo mucho más horizontal. En algunas plazas fuertes de la época también se encontraban piezas de artillería naval.
Los obuses de plaza, que también se encontraban en la artillería de campaña en las baterías de casi todos los ejércitos.
Los morteros eran piezas específicas para la defensa o el asedio de las plazas, de 14 a 7 pulgadas.
Mortero español de bronce en el Museo de Historia Militar de Figueras.
Mortero de bronce, cónico, de los llamados de a 14 (calibre 32, 4 cm.). En la faja alta lleva la inscripción «Fundido en Sevilla el 29 de Abril de 1802», en el muñón izquierdo lleca la inscripción «Bronces Viejos de solabno y Barnola», en el muñón derecho figura inscrito el peso: 2.750 libras.
A continuación del asa figura el anagrama de Carlos IV superado de corona real. Procede de la Fábrica de Artillería de Sevilla.

«A las 9:00 h de la mañana hicieron un fuego terrible, pues no tiraban pausadamente como quien necesita tiempo para apuntar y rectificar, si no daban fuego a todas las piezas de una batería en un mismo momento: las nuestras del Castillo principal, Carmen, reductos, etc., empezaron su fuego dirigiendo todas las piezas de una batería contra una de las del Enemigo; este prosiguió sosteniendo el suyo constantemente con mucho efecto, pero a media tarde todas sus piezas habían sido desmontadas y sus parapetos destruidos: tales y tan decisivos fueron los efectos de nuestra artillería, cuya arma, a pesar de faltarles tanto como al principio se ha dicho para estar bien servida, acreditó que no había desmerecido en Lérida el concepto que otras ocasiones se han se han granjeado.
Aquella noche era la más a propósito para haber hecho una salida a fin de acabar de inutilizar su artillería, aquella noche que los Enemigos estaban confusos e intimidados al ver sus baterías desaparecer como por el humo por los efectos del cañón español; si se hubiese podido hacer no con doscientos ni trescientos hombres si no con mil y quinientos dejando alguna Tropa y Paisanos en la muralla, puesto que no estaban los Enemigos en disposición de asaltar; ni aún tenían brecha abierta para hacerlo, se hubiera logrado tal vez el objeto sin haber perdido tanta gente como en las anteriores que solo sirvieron para probar el valor de nuestros soldados.
Los estragos que ocasionó el fuego del Enemigo, más se deben atribuir a no haber tomado medios suficientes para precaverlos que a otra razón. Murieron en el castillo, muchos Artilleros y de las demás tropas de cascos de bombas y granadas por no haber espaldones que solo se construyeron muy pocos en el último momento, y se voló algún arcón de municiones, por no haber bastante blindaje para que estuviesen a cubierto. Todo lo demás se hallaba en el mismo caso: la infantería era sacrificada en la muralla por falta de blindas o saquillos para ponerles los suficientes guardacabezas. Los Enemigos, aprovechándose de esta circunstancia y estando tan cerca y con todas las precauciones acechaban a los nuestros y apenas se asomaba uno era muerto o herido: el capitán de ingenieros don Antonio Cilleruelos fue muerto de un balazo de fusil en el momento de observar al Enemigo por una de las miras de su alojamiento en el Castillo. Esta situación causaba mucha pérdida de hombres de que ya había un exorbitante número en el Hospital. El ocho recompusieron los Enemigos, sus baterías y carruajes, y aproximaron su paralela hasta 60 toesas de la plaza, llegando sus ramales casi al pie de la muralla y con aumento una batería, rompieron el fuego: seis contra el Carmen y Castillo principal, una contra la Concepción y otra contra los reductos de Garden, a cuyo fuego se correspondió con de la Plaza y sus castillos continuando así incesantemente hasta el día doce por la mañana, en que lograron los enemigos abrir dos brechas, una en el medio baluarte del Carmen y otra cerca de su contraguardia, lo que no les fue difícil por la debilidad de aquellas obras y por la proximidad de sus ataques, hicieron mucho fuego sobre el castillo principal para inutilizar las baterías que miraban aquel lado, arrojando al mismo tiempo cantidad crecida de bombas y granadas. Inmediatamente que abrieron las brechas, aunque aquel día no eran practicables, se retiró la Artillería del Carmen y se colocó alguna en la calle Mayor en donde se hizo una gran Zanja para impedir el paso en caso de que los Enemigos penetrasen y quedó la Plaza en disposición de ser asaltada. Entonces fue cuando el General propuso a la Junta corregimental que se podía hacer la guerra de calles y que para esto se desempedrasen y se previniese el Vecindario, atendiendo a la escasez de tropa y de fusiles; condescendió la Junta por lo pronto, pero a poco, manifestó, no podía verificarse por varias razones que oponían los maestros Alarifes9 de la ciudad.
A la noche del 12 al 13 volvieron a atacar los Enemigos, los reductos de Garden con esfuerzos decididos para tomarlos a toda costa y asimismo el Hornabeque a fin de ponerse en posesión de aquel fuerte, y ciñéndose más a la plaza, impedir los recursos del forraje que proporcionaba el terreno que media entre Garden y sus reductos y que se extiende igual distancia a la Plaza por la parte de la Concepción hasta la puerta de San Martín. Para verificar su ataque reunieron los enemigos quince compañías de granaderos y cazadores cuya fuerza ascendía a poco más o menos a mil y quinientos hombres los que seguidos de más de cuatrocientos trabajadores con escalas y herramientas atacaron aquellas débiles obras defendidas en la noche del 23 anterior con tanto tesón como se ha expresado. No le tuvieron menos sus valientes defensores en este segundo ataque: su número en cada uno era de cincuenta hombres del Batallón Tiradores de Murcia, mandados en cada reducto por un oficial del mismo cuerpo; pero el de San Fernando tenía por comandante al bizarro Don Juan Puig, que de resultas del primer ataque, fue nombrado Gobernador de él, teniendo sus órdenes el Oficial de Murcia destinado a aquel puesto. No es fácil descubrir la tenaz resistencia que encontraron los Enemigos, no quedó granada de mano que no se consumiese ni cartucho que no se disparase; los chuzos sustituyeron a los fusiles y los oficiales daban ejemplo de valor quitando ellos mismos las escalas que en el muro afirmaban los contrarios para asaltar. La muerte entretanto disminuía el número de los cincuenta de cada punto. Puig cayó gravemente herido y empleaba sus últimos alientos en animar a sus Soldados, el Oficial de Murcia, García, le sucede en el mando, y no menos intrépido, muere también a breve rato; el Soldado sin embargo de haber visto morir a todos sus Jefes, sigue defendiéndose. Entre tanto que esto pasaba en San Fernando el Teniente de Murcia, Don José Masa Lorca que mandaba en el Pilar lo defiende con ardor y muere bizarramente a la cabeza de sus tropas: faltan, en fin, los brazos, la mitad de la gente es muerta en los mismos reductos y el enemigo saltando sobre montañas de cadáveres redobla sus esfuerzos y triunfa la muchedumbre de ellos del corto número de los nuestros; entran en los reductos y todo el que encuentran es pasado a cuchillo: no quedó ni uno de aquellos valerosos soldados y todos perecieron en defensa de su puesto. Quiera el Cielo no perezca su memoria, para que sirva de modelo de valor, y de vindicación del honor de los dignos compañeros que han tenido la desgracia de sobrevivirles.
Tomados los reductos era consiguiente el posesionarse del Hornabeque. Esta obra como se ha dicho estaba muy lejos de hallarse en estado de defensa, o mejor diré solo estaba principiada, y esto por frente que podía ofender a Garden, de suerte que ya sea por falta de tiempo, o porque no hubiese puentes levadizos, la parte del foso de los rastrillos no estaba abierta. Los Enemigos conocieron muy bien este defecto, pues veían que los trabajadores, carruajes, etc., pasaban de continuo por rastrillos, como la única parte donde no había excavación en aquella obra. La guarnición que necesitaba el Hornabeque era de ochocientos a mil hombres; mas no habiendo bastante fuerza para atender a tantos puestos, solo lo defendían cien hombres de la del Garden: esta tropa, como puede inferirse era insuficiente para defender tanta extensión, la cual podía ser tomada sin pasar el foso: en este concepto el capitán que mandaba los cien hombres tenía orden de sostenerse lo posible hasta que viendo que se iba a perder el puesto se retirase a Garden a donde hacía mucha falta aquella fuerza. Atacaron el Hornabeque con dos columnas, una compuesta de los que habían quedado de la toma de los reductos y otra que subió por un barranco que hay en el extremo derecho de la obra. La columna que venía por el frente marchó en derechura al castillo del centro, mientras que la otra que subía por el barranco hacía un vivo fuego a la tropa que cubría el parapeto; esta correspondió con otro igual no interrumpido, pero roto el rastrillo, a poca costa, tuvo que retirarse al Garden con alguna pérdida. Esta obra se unía por su foso con el pequeño reducto de Lavalle que bate el camino de Fraga, y los enemigos atacaron sin dificultad a los veinte hombres que le guarnecían, y que también se defendieron con valor, pero fue tomado, y quedaron los enemigos a tiro de pistola del fuerte de Garden cubiertos por el Hornabeque les servía de trinchera. Entonces era de esperar que apareciese en él una batería contra el fuerte, el cual no teniendo más que once piezas sin cureña alguna de reserva y habiéndose imposibilitado la conducción de municiones que entraban por los rastrillos del Hornabeque, suspendió su fuego al día siguiente 13, esperando que los franceses descubriesen sus baterías respecto de que no había objeto por entonces a quién dirigir los tiros. Sin embargo, tomado el Hornabeque y reductos cuando se formaron delante de Garden aquella misma noche, dando muestras de querer atacarle con un vivo y atinado fuego de metralla, se les hizo retirar detrás de las obras.
La pérdida del enemigo en estos ataques fue muy considerable, pues solo la toma de los reductos les costó más de quinientos hombres, y no fue tan poco corta a proporción la que sufrieron en el Hornabeque y reducto de Lavalle. Al amanecer del día 13 siguieron echando bombas y granadas con mayor fuerza sobre el castillo y la ciudad, y las baterías de brecha las hacían cada vez mayores y practicables, y entonces fue cuando se receló el asalto.»

«Efectivamente, las avenidas del Baluarte del Carmen se reforzaron con dos compañías del batallón de la Sección Catalana y otras tantas del regimiento suizo de Káiser (Traxler?); el recinto de la Ciudad estaba cubierto con la restante tropa; excepto las de Santa Fe que se hallaban en el castillo. Los Enemigos no perdieron momento y reuniendo en las Zanjas que habían hecho hasta el pie de la muralla mucha parte de su fuerza, dieron el asalto por las brechas a las cinco y media de la tarde de aquel funesto día, atacando además con una División vigorosamente la cabeza del puente: La tropa de Huesca, Suizos y del Batallón catalán, que cubrían los puntos inmediatos con la compañía de a caballo de Ferras en el Puente, hicieron horrible carnicería en los Enemigos; pero estos penetraron por las brechas a las calles principales. El castillo pudo haberlos contenido haciendo fuego a metralla, pero no sé por qué causa no se verificó hasta poco después. Detrás de un batallón introdujeron a otro y otro, y en breve había más de seis mil hombres dentro de la ciudad. Toman la calle Mayor, llegan a la Plaza, entran por la puerta del puente y cogen por la espalda la tropa que tan bizarramente se defendía contra los que atacaban por el frente, pero se ve entre dos fuegos se defiende sin embargo, llegan a las bayonetas y la mayor parte muere allí: la artillería del puente no pierde sus efectos, disparando a metralla en todos sentidos hasta los últimos momentos, pero mueren muchos Artilleros, y los que no unos se abren paso por el puente, y otros se arrojan al Segre. La tropa que estaba formada en la muralla se ve inopinadamente, y como por encanto con los Enemigos por todas partes, y se traban combate en cada calle, en cada Cuerpo de Guardia los unos procuran romper y abrirse camino para el Castillo. Los otros quieren salir del Pueblo, gran parte muere, muchos son prisioneros y los restantes se dispersan por las casas. Mientras tanto, la gente del Pueblo experimenta mil estragos, los Paisanos no se defienden, y muchos así que oyen el primer tiro en la Ciudad, corren con sus familias a refugiarse al Castillo se llena este y sus fosos de seis a siete mil personas de todas clases tanto del Pueblo como de los lugares circunvecinos. Empiezan los Enemigos, el saqueo más horroroso que puede imaginarse, no hay especie de exceso, que no cometan. Entra la noche y nuestros infelices Soldados, dispersos en el pueblo, quieren entrar en el Castillo, a cada paso que dan oyen el quien vive de los Enemigos, y responden con la mayor firmeza España hasta morir10, hacen fuego, y muchos logran introducirse en el fuerte por el foso, otros quedan aun combatiendo durante la noche por todas las calles en las que solo del Batallón de Huesca se encuentran al día siguiente más de cuatrocientos hombres muertos o heridos, con diez de sus oficiales, incluso su comandante interino don Rafael Arcas, y a proporción de los demás Cuerpos. El Castillo hizo algún fuego aquella noche sobre el Pueblo, en el que no es posible se pueda pintar al desorden y confusión. No era menos la que se experimentaba en el mismo Castillo; los puentes levadizos no se logró levantarlos sino tarde, y esto causando mil desgracias entre las mujeres y niños que cayeron en los fosos sobre las picas y lanzas de los acobardados Paisanos. El Enemigo entre tanto arrojaba con más furor sobre esta gente porción de granadas y bombas y así continuó toda la noche, haciendo también fuego de fusilería sobre el glacis que hizo perecer alguna tropa y de la de más gente.
Los Jefes y Oficiales trabajaron incesantemente entresacando la Tropa que había quedado revuelta con el pueblo y se colocó la mayor fuerza en la Falsa braga, que era el paraje más expuesto por la facilidad de su subida y porque por ella se pasa hasta lo más alto de la fortaleza. Los Enemigos hicieron aquella noche varias tentativas para para montar el glacis, pero el fuego de la fusilería se lo impidió. En otra noche hizo un servicio muy distinguido al teniente coronel Don N. O’Reilly, tanto en el desempeño de varias Comisiones que le confío el General, como en precaver que las bombas y granadas de los Enemigos no penetrasen por las elevadas y grandes ventanas del almacén de la pólvora, dando ejemplo de valor al tiempo de tapar estas con saquillos y apagando las espoletas de algunas que caían inmediatas.
Amaneció el día catorce y se vio palpablemente el estado a que había traído las cosas la falta de previsión. La Ciudad ardía por sus cuatro ángulos, y los Enemigos no cesaban el fuego, ni de forzar a la gente del Pueblo a que subiese al Castillo; la Tropa nuestra la obligaba a retroceder, repitiéndose las desgracias por esta cruel alternativa. Algunos Paisanos lograban entrar, y aprovechándose los franceses de esto, al mismo tiempo que observaban la facilidad con que lo hacían por la falsa braga, encargaban a unos que dijesen al General nuestro del parte del Suyo que continuaría sin dar cuartel en el Pueblo si no se rendía; y a otros les sugerían que mucha tropa francesa quería entregarse a nosotros y para dar más apariencia de verdad a esta ficción, aparentaban los soldados franceses romper sus armas y quererse pasar al Castillo: a estos paisanos mandó el General ponerlos en un calabozo, pero constantes los Enemigos en el proyecto de sorprender la fortaleza, hicieron que un Pastor con doscientas o trescientas cabezas de ganado vacuno, subiese por el glacis para refugiarse al Castillo, y que un Oficial de los Prisioneros abajo viniese con él. Éste entró proponiendo al General que aquellas reses podían entrar para víveres, y tal vez se hubieran abierto los rastrillos, sin la advertencia de dos o tres Jefes que suplicaron al General que no lo permitiese, y se comprobó la intención del Enemigo porque se observó que varias columnas estaban ocultándose con las casas de las calles inmediatas, sin duda con el fin de introducirse repentinamente en aquellos fosos poco profundos; atacar la multitud del Pueblo que en ellos estaba, y forzando la poterna apoderarse de la fortaleza.
La fuerza que había quedado para impedírselo era muy corta pues los partes verbales que los Jefes de los cuerpos dieron al mismo General resulta la siguiente, poco más o menos.
| Cuerpos | Hombres |
| Batallón de Huesca | 220 |
| Sección Catalana | 64 |
| 2º Batallón de Santa Fe | 260 |
| Suizos de Kayser | 225 |
| Batallón de Fernando 7º | 58 |
| Total | 827 |
El batallón de Murcia estaba en Garden, reforzado con cien hombres de Fernando 7º y un pequeño destacamento de Suizos, y la restante tropa que faltaba habían sido muertos, heridos o prisioneros en el asalto a la ciudad.
Como el fuego del enemigo era incesante, también era continua la baja de la fuerza militar, y los estragos en el paisanaje que también sufría por la sed, habiendo perecido algunos niños en los brazos de sus madres por esta necesidad. Además, faltaban mil cosas, no había una venda, ni una hila, ni una onza de Medicina, como se ha expresado, y los heridos morían sin socorro alguno. El laboratorio de mixtos, que últimamente se estableció con mucha dificultad, se había quedado en el Pueblo y también el dinero que casi a la fuerza se había exigido el día antes de la fábrica de la Iglesia, de modo que el General no era árbitro de disponer de un maravedí. La artillería estaba casi toda a descubierto por aquella parte, derribados los merlones y los parapetos, y roto el mayor número de cureñas.
En ese triste estado, el General parecía casi haberse entregado a la desesperación y no sabía que hacerse no oía más que lamentos, no se atinaba el medio de remediar el mal. Llama a los Jefes facultativos y de los cuerpos les pregunta sobre los recursos de mejorar su situación, unos contestan a medias palabras, otros dicen claramente que las cosas se habían dejado venir a muy mal estado y los más callan manifestando todos en sus semblantes la lucha interior del amor a la Patria y a su gloria, y del conocimiento de la deplorable necesidad en que estábamos. Muchos preguntan al General si aquella era Junta o Consejo de Guerra, o no, pretendiendo poner sus votos por escrito, el General no lo permite, ni tampoco había la formalidad del nombramiento de un Secretario. En esto hizo entrar el General a dos Paisanos que eran los únicos que se hallaban allí de más de treinta de que se componía la Junta corregimental: los dos explican como unos Numantinos, pero no quieren encargarse de hacer entrar en su deber al Paisanaje que había en la Fortaleza para que trabajasen y ayudasen a la Tropa. El General enemigo íntima de nuevo la rendición, expresando que si el Castillo no se entrega, seguirá el incendio, el bombardeo, y acabaría con todo el Vecindario: a esto no se da contestación. Empiezan los Ayudantes de los Cuerpos a dar parte a los Jefes de que la tropa que quedaba se desordena y que algunos soldados se fugaban saltando la estacada, sin que ya bastase el rigor y esfuerzos de sus Oficiales, acuden los Jefes a sus puestos, dejan al General en la habitación del Gobernador, sin haberse resuelto ni sancionado cosa alguna. Mandan los Generales que se ponga bandera parlamentaria, y a corto rato baja el Brigadier don José Beguer al Pueblo para capitular11, como se evidenció por los resultados.
El fuerte de Garden permaneció sin entregarse hasta las seis de la tarde que lo verificó después de posesionados de los Enemigos del principal.
Esto es lo que esto es lo que aconteció en el sitio y rendición de la Plaza de Lérida. La guarnición se sacrificó dando pruebas de valor en que han rivalizado los Oficiales, y si a pesar de sus esfuerzos Lérida no se ha defendido todo el tiempo que convenía a su gloria, y a su Patriotismo y a las circunstancias, no ha sido culpa del Soldado, ni de sus Jefes; a unos y a otros no les toca más que morir obedeciendo a las órdenes de quien les manda. Las acciones de guerra que precedieron al sitio, la defensa que hicieron en todos los puntos cuando fueron atacados, la intrepidez con que se arrojaban sobre el Enemigo en las salidas, la tenaz resistencia en el Puente el día del asalto y el heroísmo con que se defendieron en cada calle; los efectos de la Artillería cuando pudo ser bien servida, destruyendo las baterías enemigas, particularmente las de a caballo que afirmó más y más el crédito que se había adquirido en Bailén, son pruebas nada equívocas de que esta guarnición ha sostenido el honor de las armas españolas, y la opinión de la heroica constancia de la Nación en la justa causa que defendemos. Si este valor, si este sufrimiento no ha sido bastante para a lo menos dejar ilesa su reputación, su sangre derramada con tanta abundancia y generosidad será eternamente un testimonio irrefutable contra la calumnia con que el público la infamado. Alicante, 17 de octubre de 1810.»
- También hubo fuertes disensiones entre el pueblo y sus dirigentes: ya el año anterior, 1809, la ciudad había sufrido el «Motí del Femeret«, una especie de movimiento popular revolucionario radical del pueblo llano, que fue suprimido manu militari y ejecutando posteriormente a los cabecillas. ↩︎
- «Incluso se llegó al punto de que el Capítulo de la Catedral se negó a seguir ayudando a la ciudad con más dinero para afrontar los grandes gastos que originaba el estado pre-bélico que vivía Lérida.» [2] ↩︎
- José González (Barcelona, 1748- Barcelona, 1833). Militar con una extensa Hoja de Servicios, al inicio de la guerra luchó en Barcelona (26/11/1808) y Cardedeu (16/12/1808). El 27/01/1809 fue nombrado Inspector de los Tercios de Migueletes y el 23 de mayo gobernador de la Plaza de Lérida. Ascendido a mariscal de campo el 31 de marzo de 1810. Tras la caída de la ciudad fue conducido prisionero a Francia, tras convalecer de una grave enfermedad. Volvió a España en 1814. ↩︎
- Jaime García Conde (Barcelona, 1767 – Madrid, 1820). Al comenzar la Guerra de la Independencia era capitán del 3.er batallón de Reales Guardias Españolas. El 26/09/1808 fue ascendido a mariscal de campo y destinado al ejército de Cataluña. Comandante de la división del Segre y Cinca defendió la Plaza de Lérida, capitulando y siendo trasladado prisionero a Francia. Regresó a España en 1814, siendo sometido a un consejo de guerra en Barcelona por la rendición de la Plaza de Lérida, de la que fue absuelto el 30 de julio de 1820, dos meses después de su muerte en Madrid. ↩︎
- Podeis contemplar nuestro recorrido por el Fort Gardeny (Garden) en el siguiente enlace a nuestro canal de YouTube: Fort Gardeny (Spain) ↩︎
- Al parecer el pago de impuestos por parte de los pueblos del corregimiento cada vez era más complicado, recurriéndose a los embargos forzosos. Como señala Antoni Carcelén: «Las dificultades materiales y la penuria hacían bajar el espíritu de resistencia de la población, particularmente tras el duro invierno de 1809 […]. El contrabando y la huida de capitales por parte de los nobles y los agricultores acomodados (conocidos popularmente como «pagesos grassos«) completaron la ruina económica de toda la ciudad.» [2] ↩︎
- El agua de la cisterna había menguado (quedaba muy poca). ↩︎
- Ya tratamos en su momento de la batalla de Margalef en nuestra entrada: La batalla de Margalef (23 de abril de 1810) ↩︎
- Un maestro alarife era el equivalente a un moderno arquitecto o maestro de obras, que se encargaba de la planificación y revisión de las construcciones de una ciudad. ↩︎
- En los relatos posteriores de la época, se tendía a embellecer el relato con alguna soflama patriótica sobretodo en este tipo de acciones desesperadas, cuando el instinto de la supervivencia para ponerse a salvo (o huir) le puede llevar uno a decir la primera barbaridad que se le pase por la cabeza. ↩︎
- Capitulación de Lérida
Artículo 1.° La guarnición de Lérida saldrá hoy, 14 de Mayo, por la brecha á las cuatro y media de la tarde por el frente de la Magdalena, desfilará por delante de las tropas francesas con los honores de la guerra, entregará sus armas y quedará prisionera de guerra. —Concedido. La puerta del castillo se entregará inmediatamente á los granaderos del regimiento número 117.
Art. 2.° Los Oficiales conservarán sus armas, caballos y equipajes y se les tratará según sus grados. —Concedido.
Art. 3.° El gobernador de esta plaza, que se halla enfermo, permanecerá en ella hasta su curación, y en su compañía sus tres ayudantes. —Concedido.
Art. 4.° Las mujeres de los Oficiales podrán seguir á sus maridos en el destino que se les señale. —Concedido.
Art. 6.° Todos los Oficiales que prometan bajo su palabra de honor, no tomar las armas contra la Francia, podrán quedarse en España en calidad de prisioneros, bajo la vigilancia del gefe francés que mande las armas. —Concedido; pero se reserva el señor General en Gefe la facultad de dar las licencias correspondientes á los Oficiales que afiancen su palabra de honor que habían dado.
Art. 6.° Si hubiese algunos Oficiales, sargentos, cabos ó soldados que hubiesen sido hechos prisioneros en otras acciones, se les indulta plenamente . —Concedido.
Art. 7.° La religión católica, sus ministros y las propiedades de los vecinos serán respetadas. —Concedido.
8.° Indulto á los paisanos que han tomado las armas, inclusos los de las compañías de reserva.—Concedido.
Art. 9.» Se dará pasaporte á los empleados de Hacienda, médicos, cirujanos, boticarios, capellanes y ministros de la iglesia castrense’ para que se dirijan á sus pueblos: también se dará pasaporte á todos los vecinos de Lérida y á los forasteros que se encuentren en dicha ciudad y lo soliciten. —Concedido.
Art. 10.° Los individuos que componen actualmente la junta corregímental de la provincia ó que lo han sido anteriormente, no serán molestados en lo más mínimo ni les servirá de obstáculo para nada en sus haciendas ni empleos. —Concedido.
Art. 11.° Un Oficial de artillería, otro de ingenieros y un comisario de guerra francés entrarán inmediatamente en el castillo para formar inventarios y tomar posesión de los almacenes. —Concedido. El gefe de escuadrón Rafo, gefe mayor de caballería, el gefe mayor de ingenieros Henry y el comisario de guerra Bounefor, pasarán inmediatamente al castillo.
Capitulación propuesta por el brigadier D. José Beguer, segundo Comandante general de este cantón y D. Pedro Fleix, abogado de los reales Consejos, vecino de Lérida, apoderados de los señores Mariscales de campo D. Jaime García Conde y D. José González, gobernador de la plaza y castillo. Fué aceptada por el general de brigada Valur (Valeé), Comandante de la artillería del tercer cuerpo del ejército imperial en España.—Lérida 14 de Mayo de 1810.—José Beguer.—Sancir Nogues. (Saint-Cyr-Nugues), Ayudante Comandante.—Pedro Fleix.—Aprouvé parle general en chef du 3.me Corps de l’Armeé imperial d’Aragon.—Visto. Suchet.—Es copia de la capitulación original que he devuelto al señor Mariscal de campo Don Jaime García Conde, de que certifico como comisario de guerra habilitado de los reales ejércitos, con destino en esta plaza.—Santiago de Bustamante. [7] ↩︎
Fuentes:
1 – «Defensa de Lérida por los Españoles contra los franceses en mayo de 1810» – Archivo Histórico Nacional, DIVERSOS-COLECCIONES,78,N.67
2 – «La Guerra del Francès a Lleida (1808-1814)» – Antoni Sánchez i Carcelén, HISPANIA NOVA. Revista de Historia Contemporánea. Número 8 (2008); http://hispanianova.rediris.es
3 – Paneles informativos Museo de Historia Militar de Figueras
4 – «Diccionario Biográfico del Generalato Español. Reinados de Carlos IV y Fernando VII (1788-1833)«, Alberto Martín-Lanuza Martínez, FEHME, 2012
5 – «Guerra total: Lleida i els Napoleónics» – Antoni Sánchez i Carcelén, Annals de l’Institut d’Estudis Gironins, Vol. LI 2010 Girona MMX. III Congrés d’Història de Girona. Guerra i poder en terres de frontera (1792-1823). AIEG, Ll. Any 2010, pp. 425-443
6 – franfrigo.wordpress.com/2014/12/24/los-puentes-viejos-de-lleida/
7 – “Guerra de la Independencia. Tomo VIII” – José Gómez de Arteche y Moro. Imprenta y litografía del Depósito de la Guerra, Madrid, 1893, Apéndice núm. 13
Imágenes:
Portada: «Siège de Lerida par le général Suchet, le 14 mai 1810«, de Jean Charles Joseph Remond © RMN-Grand Palais (Château de Versailles) / Jean Popovitch
a – Fotos del autor

Fascinating, insightful and extremely moving. Thank you for posting.
Best wishes, James
Hi, James. Thank you very much for your comments. The next post will be from the French perspective, featuring a letter from Suchet to Berthier regarding the siege.