El asedio de Tarragona de 1811, por Francesc Murillo (y II)

En esta segunda parte que dedicamos al estudio de Francesc Murillo Galimany sobre el asedio de Tarragona de 1811, el foco se desplaza hacia las operaciones decisivas que marcaron el derrumbe progresivo de la defensa española. Veremos el preciso relato del autor sobre la caída del Fuerte del Olivo, episodio que abrió a los sitiadores la puerta oriental del dispositivo defensivo y quebró el equilibrio inicial del cerco. A partir de ese momento, Murillo nos rememora el avance francés hacia la parte baja de la ciudad y el puerto, cuyo control resultó determinante para aislar definitivamente la plaza y estrangular cualquier posibilidad de socorro exterior por mar. Finalmente, el texto culmina con la conquista del núcleo urbano, un proceso tan rápido como devastador, en el que la resistencia tarraconense se vio superada por la presión combinada de la artillería y el asalto de las columnas imperiales que acabaron por derrumbar la defensa de la guarnición y los tarraconenses tras semanas de lucha sin descanso.

El fuerte del Olivo, a finales del siglo XIX. Autor desconocido. Colección particular.

Las operaciones para tomar el fuerte del Olivo comenzaron definitivamente en la noche del 21 al 22 de mayo, con la excavación de una trinchera en zigzag en un terreno rocoso, desde los parapetos que habían capturado hasta la cima de un cerro que se levanta entre estos y el extremo derecho del fuerte. En dos días llegaron a aquel cerro, donde levantaron un nuevo parapeto y comenzaron a construir una batería de artillería para cuatro cañones de 24 libras que tendría la función de abrir brecha en el fuerte, mientras que en los primeros parapetos y otra posición cercana emplazaron tres baterías más, para nueve piezas de artillería. Los soldados franceses e italianos sufrieron numerosas bajas mientras cavaban las trincheras y levantaban los parapetos bajo un intenso fuego de la artillería del Olivo, ya fuera por efecto directo de los proyectiles o por el impacto de los fragmentos de roca que hacían volar por los aires, así como por el fuego de los fusiles de sus defensores. La noche del 27 al 28, los napoleónicos situaron los cañones en la batería de brecha, hecho que provocó una salida por parte de la guarnición del fuerte contra las posiciones francesas que tenían enfrente. La salida fue rechazada, pero en aquel combate perdió la vida el general Salme. Finalmente, el 28 por la mañana, las cuatro baterías comenzaron a disparar contra el fuerte del Olivo y a pesar del fuego de los cañones del fuerte, al atardecer ya habían abierto brecha en su extremo derecho. Al día siguiente, la artillería francesa continuó disparando contra el fuerte y ensanchó la brecha.

Al atardecer del 29 de mayo, al abrigo de la oscuridad, las tropas de la división Harispe atacaron el fuerte del Olivo. Al mismo tiempo la división Habert, en la orilla derecha del Francolí, y los batallones italianos que rodeaban Tarragona por el este iniciaron un simulacro de ataque general a la plaza para confundir a la guarnición tarraconense, que creyó que la estaban atacando por todos los frentes y respondió con fuego de artillería y de fusilería contra un enemigo inexistente. El asalto al fuerte del Olivo se llevó a cabo por dos columnas de tropas que tenían como objetivos respectivos la puerta que había en el lado del flanco derecho de la parte posterior del fuerte y la brecha abierta frente a esta zona de la fortaleza y en menor medida, el paso estrecho del acueducto. Un poco antes del inicio del asalto comenzaba un falso ataque contra el medio baluarte de la izquierda, que atrajo la atención de los defensores que reforzaban aquel flanco con el grueso de la guarnición. Además, unos 150 franceses tomaron posiciones detrás del fuerte para impedir la llegada de refuerzos o la huida de la guarnición, y se encontraron que, en aquellos momentos iniciales del ataque, el regimiento de Almería acababa de entrar al fuerte por la otra puerta de la gola (entraba para relevar parte de la guarnición). Una quincena de aquellos franceses consiguió entrar mezclados con los soldados de Almería que, una vez dentro, se dieron cuenta de su presencia, lo que aumentó la confusión dentro del fuerte, cuando ya estaba siendo asaltado por las dos columnas napoleónicas.

Grabado francés que representa la muerte del general Salme. La escena, idealizada, está situada erróneamente al pie de la brecha del fuerte del Olivo. Con todo, la imagen nos muestra el asalto a una brecha abierta en una fortificación, similar a los diversos que tuvieron lugar en Tarragona durante el asedio. Solo falta el pelotón de zapadores que siempre iba por delante de la columna de ataque. (Colección del autor)

A pesar de las dificultades que sufrieron las dos columnas de asalto para poder entrar en el fuerte, estas lo consiguieron y se hicieron con el control del medio baluarte derecho y el reducto del caballero. La llegada de refuerzos permitió que fueran presionando a los españoles hacia el flanco izquierdo del fuerte, en medio de un feroz combate a la bayoneta, hasta que arrinconaron a los últimos defensores en el medio baluarte de la izquierda, donde se acabaron rindiendo. De los cerca de 2.700 españoles que había en aquel momento en el fuerte, aproximadamente un poco más de la tercera parte consiguió volver a Tarragona después de saltar el muro posterior. Del resto, poco menos de un millar de supervivientes cayeron prisioneros. Una vez capturado el fuerte, los franceses trabajaron inmediatamente para ponerlo en condiciones de detener cualquier ataque desde Tarragona mientras giraban hacia las murallas de la plaza los cañones que habían capturado.1

La noticia de la pérdida del fuerte del Olivo fue recibida con sorpresa e incredulidad por el marqués de Campoverde, la guarnición y el conjunto de los tarraconenses. Al día siguiente, una vez rehechos de la sorpresa, una columna de 1.500 soldados intentó recuperar el Olivo, pero fueron rechazados. Entonces se optó por bombardear aquella fortificación desde la plaza para impedir que puede ser aprovechada por los hombres de Suchet. Los tarraconenses habían confiado en el fuerte del Olivo, que creían erróneamente inexpugnable, para mantener a las tropas napoleónicas alejadas de la ciudad. No podían entender cómo lo habían capturado y no tardaron en difundirse diversas historias de traiciones para poderlo explicar. A pesar de que desde los primeros días del asedio algunos vecinos habían embarcado hacia Vilanova, Sitges o las Islas Baleares, la caída de aquel fuerte hizo decidir el abandono de la ciudad por vía marítima a un elevado número de tarraconenses.

La captura del Olivo hizo replantear la defensa de la ciudad. Así, en un consejo de guerra convocado por Campoverde el 30 de mayo, se acabó acordando el planteamiento del capitán general de que la única manera de salvar Tarragona era organizando un ejército de socorro con todas las tropas disponibles que levantaran el asedio desde el exterior, atacando la retaguardia de Suchet. Al día siguiente, el marqués de Campoverde salía de la ciudad por vía marítima con todo su Estado Mayor y un elevado número de oficiales superiores, con la intención de reunir el ejército de socorro. También lo acompañaban las partidas sueltas de tropa que no pertenecían a la guarnición, las cuales reforzarían sus propios regimientos que se integrarían a aquel ejército de socorro, así como los Tiradores del Corregimiento de Tarragona y un destacamento de artillería. En total sumaban unos 600 hombres.

Antes de marchar, el capitán general nombró nuevo comandante en jefe de la plaza al general Juan Senén de Contreras, a quien prometió que volvería para liberar la ciudad.2 Este último, que tan solo hacía un par de días que había llegado desde Cádiz, alegó que desconocía el estado de guarnición, de las defensas, de la ciudad, del territorio y de sus recursos y que, por tanto, no era la persona más apropiada para dirigir la defensa. Pero Campoverde no cambió de parecer, Contreras se vio obligado a cumplir sus órdenes y se puso rápidamente a trabajar para cubrir sus carencias y ponerse al frente de la defensa. De ese modo, a lo largo de los días siguientes, además de reorganizar las tropas y confiscar los bienes útiles para la defensa que habían dejado en Tarragona los vecinos que abandonaron la ciudad, promovió la participación de los ciudadanos en la defensa de Tarragona. De hecho, la población colaboró constantemente en la defensa, especialmente la Milicia Urbana que realizaba tareas de apoyo a las tropas regulares, pero Contreras potenció aún más la aportación de los tarraconenses. Como muestras, la organización de las tres compañías de tiradores de Tarragona, formadas con los mejores hombres de la Milicia Urbana que pasaron a combatir al lado de las tropas regulares; la creación de compañías de voluntarios destinados a tareas auxiliares y el hecho de que muchas mujeres fueran a trabajar en la confección de cartuchos y de vendas para los hospitales.3

Después de conquistar el Olivo, Suchet ya podía comenzar las operaciones de asedio contra la parte baja de la ciudad. La noche del 1 al 2 de junio, más de 3.000 hombres cruzaron el río y comenzaron a excavar en silencio una gran trinchera paralela a la línea de fortificaciones de la parte baja, que se levantaba a unos 300 m de distancia. Esta trinchera que tenía los dos extremos aproximadamente entre la actual plaza Imperial Tarraco y el inicio del Paseo de la Independencia, era la primera paralela, y con ella comenzaban los trabajos para atacar la parte baja de Tarragona. Estos trabajos consistían en la excavación sucesiva de un total de tres paralelas, cada vez más cercanas a la parte de las fortificaciones que pretendían asaltar y comunicadas entre ellas con trincheras en zigzag, con tal de cubrirlas del fuego de la artillería de la plaza. En cada paralela se levantarían diversas baterías de artillería que desmontarían la artillería y los parapetos contrarios y abrirían brecha en las fortificaciones. Otras trincheras, excavadas desde la tercera paralela hasta los fosos, permitirían a las fuerzas atacantes avanzar a cubierto hasta el pie de la brecha, desde donde se emprendería el asalto de esta.

La primera paralela, donde se establecieron tres baterías, fue continuada durante las siguientes noches por su derecha con otra trinchera que siguiendo el río se acercaba al fuerte del Francolí. Estos trabajos sufrieron constantemente el fuego de artillería y a menudo de fusilería que se les hacía desde la línea de fortificaciones. Desde los últimos días de mayo, las tropas españolas que defendían la Marina habían pasado a estar bajo las órdenes del general Sarsfield, de los generales más agresivos y enérgicos del primer Ejército, a quien Campoverde, había llamado a la plaza en aquellas fechas. Hay que precisar que Sarsfield no tenía un mando independiente de Contreras, sino que como el resto de los generales que tenían a su cargo otros tramos de las defensas tarraconenses estaba subordinado al comandante en jefe de la plaza. Sarsfield llevará a cabo una defensa encarnizada de la Marina, que incluirá la realización de algunas salidas nocturnas contra las trincheras francesas, haciendo la primera la noche del 2 al 3 contra la primera paralela.

El sistema de trabajo que seguía la Armée d’Aragon en las obras de asedio, que había perfeccionado a lo largo de los asedios de 1810, garantizaba la protección de las trincheras en caso de un ataque. Así, cada día se nombraban diversas compañías de élite (granaderos y voltigeurs), para que hicieran la función de guardias de trinchera y se encargaran de su defensa, mientras que también se nombraba aproximadamente al doble de compañías de fusileros para que estos, juntamente con destacamentos de zapadores, realizaran el trabajo de excavar la trinchera y levantar el parapeto. En caso de un ataque serio que llevara dificultades a los guardias de trinchera, los trabajadores habían de dejar las palas y picos y coger sus fusiles que siempre tenían al lado para reforzar a las tropas que defendían la trinchera. Así, a pesar de que las salidas que efectuaron los defensores de la Marina llegaron hasta las trincheras francesas más cercanas e incluso llegaron a tomar algún tramo, todas acabaron siendo rechazadas sin provocar un número muy elevado de bajas a los asaltantes, ni tampoco destrozos serios en las trincheras. Estas salidas, si bien ralentizaron el ritmo de los trabajos de asedio, no consiguieron detenerlos.

El fuerte del Francolí era el que quedaba más expuesto de las defensas de la parte baja y por su situación, que habría permitido batir de enfilada con sus cañones la futura segunda paralela, se convirtió en el siguiente objetivo de los asaltantes. Estos se fueron acercando con la excavación de una trinchera bajo el fuego de fusilería y de artillería de los defensores que también tomaba como objetivo las baterías napoleónicas, la primera paralela, así como las otras dos que habían construido a finales de mayo pegadas a la desembocadura del Francolí. La mañana del 7 de junio, las cinco baterías francesas abrieron fuego y bombardearon constantemente el fuerte del Francolí, que aquel atardecer ya mostraba una brecha practicable y estaba bastante en ruinas. Su defensa se consideraba imposible y aquella noche la guarnición se retiró hacia la luneta del Príncipe, poco antes de que las columnas de asalto francesas ocuparan el fuerte y una parte de los soldados que las formaban persiguieran a la guarnición con la intención de ocupar la siguiente posición, pero el fuego de fusilería que abrieron desde la luneta del Príncipe los obligó a retroceder.

Las paralelas y baterías emplazadas por los imperiales en la parte baja de la ciudad, en una maqueta recreando el asedio de 1811. Hemos destacado el trazado de las paralelas (color amarillo) y las baterías (color naranja) emplazadas para castigar las murallas y reductos defensivos.

Los franceses construyeron una batería en el fuerte del Francolí para batir la luneta del Príncipe y las fortificaciones que tenía detrás, así como el puerto, mientras que a lo largo de los días siguientes completaron la segunda paralela, a unos 70 m de distancia del baluarte de Orleans, más o menos siguiendo la línea de la actual calle Pere Martell. Establecieron cinco baterías más y comenzaron a excavar tres trincheras en zigzag desde aquella paralela dirigidas hacia el baluarte de Orleans, la luneta del Rey y la del Príncipe.4

Mientras tanto, el marqués de Campoverde reunía lentamente un ejército de  socorro, de unos 6.300 hombres (muchos de ellos quintos), unos efectivos muy reducidos para intentar atacar a las tropas de Suchet en campo abierto. Por esto, cuando el 14 de junio desembarcó en Tarragona una división con 4.000 hombres del 2º Ejército, mandados por el general Miranda, esta fue reclamada por Campoverde para aumentar su ejército. Así, la mañana siguiente, ante el desánimo de la guarnición, y la indignación de Doyle y Codrington, que habían sido los responsables del traslado de estas tropas a Tarragona para que participaran en su defensa, las tropas valencianas volvieron a embarcar y se dirigieron hacia Vilanova. Allí se unieron a las tropas de Campoverde que pasaron a alinear unos 11.300 hombres. El capitán general, bajo la presión de la Junta del Principado y el general Contreras, que insistían en que fuera a socorrer Tarragona, avanzó sus fuerzas hacia el valle del Gayá y Montblanc y desplegó tropas en el Priorato para amenazar el camino de Mora. Estas tropas atacaron Mora al 16 de junio, pero fueron rechazadas, mientras que el día 20 consiguieron capturar parte de un convoy, pero no fue más allá, porque su ejército aún era muy débil. De hecho, en aquellas fechas, con el asedio tan avanzado, este tipo de operaciones contra una de las rutas de avituallamiento del ejército asaltante ya no representaban una amenaza importante para Suchet. Éste se limitó a reforzar la guarnición de Mora y de Reus y por unos días recondujo los convoyes de víveres hacia la ruta de la costa, pero los trabajos de asedio siguieron avanzando. En cambio, el marqués de Campoverde no acababa de decidirse a actuar con el cuerpo del ejército de socorro. El capitán general demostraba que estaba incapacitado para aquel cargo, y lo hacía en un momento especialmente crítico en que con un reducido ejército de campaña, tenía que hacer frente a dos asedios (el de Tarragona y el de San Fernando de Figueras).5

La mañana del 16 de junio, las baterías francesas abrieron fuego con 54 cañones contra las fortificaciones de la parte baja de Tarragona, que respondieron con un intenso fuego de artillería y de fusilería, mientras algunos proyectiles comenzaban a impactar en el barrio de la Marina. Pero muchos de aquellas fortificaciones construidas y rehechas a lo largo de la guerra no eran muy resistentes, sobre todo por lo que se refiere a los parapetos que protegían las piezas de artillería de algunos de aquellos fuertes que tenían un grueso insuficiente para poder soportar un bombardeo intenso sin desmoronarse. Los impactos de artillería que estaban recibiendo desde el día 7, incrementados por el elevado volumen de fuego que sufrían desde la mañana, provocó que a lo largo del día 16 muchos parapetos quedaran desmantelados y la artillería de los defensores quedara en gran parte imposibilitada para responder a los sitiadores. Aquel atardecer, después de estudiar la luneta del Príncipe y detectar que esta no acababa de cerrar bien su frente hacia el mar, Suchet ordenó el asalto con dos columnas. La primera la rodeó por el punto débil que tenía cerca del mar y atacó a sus defensores por la espalda, mientras que la segunda lo hacía por la brecha que habían abierto enfrente. El ataque combinado hundió la resistencia de la guarnición del fuerte, que después de sufrir unas 200 bajas se retiró hacia el puerto, perseguida por parte de los asaltantes franceses. Estos consiguieron capturar el portal de acceso al puerto, pero Sarsfield reaccionó rápidamente enviando refuerzos que los acabaron rechazando antes que Suchet pudiera aprovechar aquella situación para intentar tomar la parte baja.

Grabado francés que representa dos zapadores del cuerpo de ingenieros francés en los trabajos de excavación de una trinchera durante un asedio. El zapador de la derecha va protegido con la coraza y el casco, que habitualmente llevaban los zapadores que ocupaban las posiciones más expuestas en los trabajos de asedio. (Colección del autor)

En ese momento, las tropas de Suchet, reforzadas por la llegada de la brigada Abbé (unos 2.200 hombres), se encontraban a unas decenas de metros de la línea fortificada de la parte baja, y los días siguientes establecieron una batería en la luneta del Príncipe, para abrir brecha en el baluarte de San Carlos, mientras avanzaban con los trabajos para excavar trincheras. Con dificultad consiguieron abrir la tercera paralela entre la luneta del Príncipe y la trinchera que habían excavado en dirección a luneta del Rey, desde donde avanzaron nuevas trincheras hasta los pies del foso de la luneta del Rey y del baluarte de San Carlos. El 21 por la mañana, la batería de brecha situada en la luneta del Príncipe comenzó con su fuego, al cual se sumaron el resto de las baterías. Los defensores respondieron con las piezas que aún tenían útiles y consiguieron hacer volar por los aires el polvorín de la batería de brecha, que detuvo su fuego por unas horas, pero a pesar de los esfuerzos de la guarnición, aquel atardecer ya había una brecha abierta en el baluarte de San Carlos, el de Orleans y el fuerte Real.

Aquel atardecer, Suchet lanzó el ataque contra la parte baja con cinco columnas de tropas que asaltaron las brechas conquistando los baluartes y el fuerte Real. Contribuyó el hecho de que en el momento crítico del asalto no había ningún general que tuviera la dirección general de la defensa de la Marina. El general Sarsfield había embarcado poco antes de comenzar el ataque, cumpliendo las órdenes de Campoverde que lo reclamaba a Contreras para que tomara el mando de una de las divisiones del ejército de socorro, mientras que su sustituto, el general Manuel Velasco, tomó el mando de las tropas de la parte baja cuando ya el ataque había comenzado. De hecho, cuando llegó, los napoleónicos ya habían superado las fortificaciones y estaban comenzando a ocupar el barrio del puerto. Velasco lanzó un contraataque en la zona del barrio con todas las fuerzas que pudo reunir y consiguió detener momentáneamente el avance de los franceses. Pero estos recibieron refuerzos y ocuparon toda la parte baja, mientras que los defensores, que habían perdido unos 1.500 hombres retrocedían hacia la parte alta. El general Contreras, que estaba siendo testigo de aquel desastre desde el baluarte de San Juan, consiguió proteger a las tropas que se replegaron hacia la ciudad e hizo retroceder a los soldados napoleónicos que las seguían.6

La parte baja y toda la línea de fortificaciones hasta llegar al baluarte de la Senia estaban en manos de las tropas de Suchet, que en el transcurso de los días siguientes se fueron acercando al tramo de la muralla entre el baluarte de San Pablo y el de San Juan, excavando trincheras y paralelas en las que se establecieron cuatro baterías. Ahora a los tarraconenses y a la guarnición tan solo los protegía la muralla de San Juan, unas defensas con graves carencias que no permitían la realización de salidas más o menos importantes que pudieran impedir o ralentizar el avance de las tropas de asedio hacia la última muralla que defendía la ciudad. Además, la pérdida del puerto complicó la comunicación con los barcos, que ahora se hacía con barca en la playa del Milagro y recortó drásticamente la llegada de provisiones.

El general Contreras era bien consciente que la muralla de San Juan no aguantaría muchos días y que la ciudad caería sin remedio. Fortificó las casas de la Rambla Vieja y levantó parapetos en las calles que confluían en la plaza de la Fuente, pero esta nueva línea de la Rambla tan solo tenía la función de ralentizar la caída de la ciudad durante el asalto napoleónico. Lo único que podía salvar a la ciudad y la guarnición era la intervención del ejército de socorro. Así lo comunicó a Campoverde, a quien reclamó una vez más su ayuda. Este, finalmente, decidió lanzar el día 24 un ataque con su ejército formado en dos columnas contra las posiciones napoleónicas que rodeaban Tarragona por la zona del Catllar y los Pallareses. Este ataque desde el exterior estaría coordinado con una salida de 4.000 hombres de la guarnición de Tarragona que atacarían la retaguardia de las posiciones que recibirían la acometida de Campoverde y romperían de esta manera el cerco de la ciudad. Pero al comenzar a acercarse a las posiciones napoleónicas y ver que Suchet (que estaba pendiente de los movimientos de Campoverde) reforzaba aquella zona, el general Miranda, que mandaba una de las columnas, dudó y retrocedió, hecho que provocó que Campoverde también se retirara en dirección a Vendrell con la otra columna. La guarnición de Tarragona, que había depositado sus esperanzas en este ataque combinado cayó en el desánimo.

El 26 de junio, llegaba ante Tarragona, procedente de Gibraltar, un refuerzo de unos 1.200 soldados británicos. Los mandaba el coronel Skerrett, que acompañado por otros oficiales desembarcó con dificultades en la playa del Milagro, y seguidamente se entrevistó con Contreras y visitó las defensas. Al darse cuenta del estado de indefensión en que se encontraba la plaza y de la imposibilidad de poder volver a embarcar a sus hombres, en el caso de que la ciudad cayera (tenía órdenes de desembarcarlos, siempre que pudiera garantizar su vuelta a los barcos), se dirigió hacia Vendrell para entrevistarse con Campoverde, por si lo podía ayudar a levantar el asedio, añadiéndose a su ejército, pero no llegaron a ningún entendimiento al encontrarse al capitán general completamente desbordado por la situación.

El general Contreras, consciente que el ataque definitivo era prácticamente inminente y que, de momento, Campoverde no intentaría socorrer a la plaza, decidió que, a pesar de que Tarragona acabara cayendo, tenía que hacer lo imposible para salvar a su guarnición. Entonces se proyectó un plan arriesgado para que esta abandonara la ciudad en el momento en que tuviera lugar el ataque francés, que calculaba que sería al atardecer del día 28. Aprovechando la oscuridad y la confusión de los momentos iniciales del asalto, la guarnición saldría dividida en 3 columnas, una detrás de la otra, mientras 400 hombres de la última defenderían la muralla de San Juan hasta la entrada de los napoleónicos, momento en que comenzarían a retroceder hasta salir de la ciudad, protegiendo la marcha de la guarnición. Esta atravesaría un punto débil de las líneas francesas y se alejaría de Tarragona mientras la mayor parte de las fuerzas de Suchet estaría asaltando la ciudad.7

Por la mañana del 28 la artillería francesa comenzó a abrir fuego contra la cortina que había entre el baluarte de San Juan y el de San Pablo, donde abrió una brecha a pesar del fuego de artillería y de fusilería que disparaban desde la muralla de San Juan, el cual provocó numerosos bajas y desmanteló parcialmente dos de las baterías más próximas a la muralla, a pesar de que sus cañones continuaron disparando. Un tiro afortunado hizo volar por los aires el polvorín del baluarte de Cervantes, que quedó parcialmente destruido y con sus cañones silenciados. Inicialmente, Suchet tenía previsto atacar al atardecer, como era habitual. Pero gracias a un desertor, tuvo noticias de que Contreras había creado una segunda línea defensiva en la Rambla. En general, el francés temía la posibilidad de que el asalto acabará convertido en un combate casa por casa que podía frenar el impulso al ataque y dar algún día más de resistencia a la parte alta. Suchet estaba muy convencido de que, a la mañana siguiente, Campoverde intentaría levantar de nuevo el asedio y por tanto, había de conseguir tomar Tarragona aquel mismo día. Todo ello lo llevó a avanzar la hora del ataque a las 5 de la tarde para que, con la luz del día, sus tropas tuvieran más facilidades para avanzar en el interior de la ciudad y conseguir los objetivos que les tenía fijado.

Finalmente, a las 5 de la tarde se produjo el ataque en la parte alta de Tarragona ante la sorpresa de Contreras, que estaba convencido que Suchet atacaría al atardecer, momento en el que llevaría término su plan para salvar la guarnición. El asalto se inició con tres columnas de ataque (reforzadas por numerosas tropas de reserva) que surgieron de las trincheras y avanzaron hacia la brecha que permitía el paso de una decena de hombres en formación. Sus defensores consiguieron rechazar el primer intento de asaltarla, pero al poco tiempo, al concentrarse las tres columnas a los pies de la brecha, la masa de soldados napoleónicos la coronó, y las tropas que la protegían fueron desbordadas y empujadas hacia la Rambla Vieja. Una vez conquistada la brecha, una de las columnas de ataque se dirigió hacia el baluarte de Cervantes, barriendo a los defensores de la muralla de San Juan y continuó avanzando por el camino de ronda de la muralla hasta llegar a la altura del portal de San Antonio; la segunda columna, avanzó hacia la Rambla, donde fue detenida por las reservas que Contreras había desplegado y por la línea defensiva que se había establecido; la tercera columna, ocupó el baluarte de San Pablo y avanzó por la muralla hacia el portal del Rosario, y seguidamente hasta la altura del baluarte de San Diego. A pesar de los refuerzos que recibían, los soldados napoleónicos que habían llegado a la Rambla no acababan de controlar aquella calle, donde combatían con las tropas españolas, que habían superado un momento inicial de pánico y ahora se defendían encarnizadamente protegidos por el fuego que se hacía desde las barricadas de la calle y de las aspilleras abiertas en las casas que formaban la última línea fortificada a la ciudad.

Las evoluciones aproximadas de las tres columnas de asalto de las tropas de Suchet para conquistar la parte alta de la ciudad, así como la columna de Montmarie (M). La resistencia, una vez rebasado el recinto amurallado, se centró en la zona de la Rambla Vieja y finalmente en la zona en torno a la Catedral, marcadas en amarillo.

Para superar las defensas de la Rambla, Suchet había planificado un segundo ataque paralelo al de la brecha a cargo de una columna dirigida por el general Montmarie, que avanzó contra las fortificaciones que se alzaban entre el baluarte de la Senia y el del Rosario. Sus hombres asaltaron aquellas posiciones y comenzaron a avanzar hacia el portal del Rosario, empujando a los españoles que les ofrecían una resistencia encarnizada. El objetivo de Montmarie era entrar en la ciudad con sus hombres por el portal del Rosario y atacar por la espalda a los defensores de la Rambla, pero se encontró con que Contreras había hecho tapiar el portal y era imposible atravesarlo. Entonces continuó avanzando a lo largo del segundo recinto, hasta que encontró una poterna abierta (actualmente tapiada), entre el portal del Rosario y el baluarte de Santa Bárbara, por donde entró con sus hombres y consiguió atacar la línea de la Rambla por la retaguardia, lo que provocó el hundimiento de la resistencia. Una vez superada aquella posición, los soldados napoleónicos se extendieron por toda Tarragona. Una parte de la guarnición ofreció una última resistencia ante la Catedral, (que acogía al hospital militar y estaba llena de civiles que se habían refugiado), pero ya no existía una defensa organizada y las tropas de Suchet se hicieron con el control de la ciudad en poco tiempo, mientras muchos soldados y civiles intentaban huir principalmente por la puerta del Socorro. El general Contreras, que había llegado a la puerta de Sant Magín, intentaba reunir tropas para lanzar un contraataque o para abrirse paso luchando, recibió una herida y cayó prisionero. Viendo que la ciudad estaba a punto de ser capturada, el general Courten, que mandaba las tropas que protegían las defensas del frente de la carretera de Barcelona, intentó superar las líneas napoleónicas avanzando por aquella carretera con una columna en los 4.000 soldados, a los que se añadieron un elevado número de civiles, pero las tropas italianas que controlaban aquella zona les cerraron el paso y muchos de los fugitivos fueron capturados o muertos. Aparte de unos pocos civiles y militares que consiguieron huir campo a través, tan solo escaparon de Tarragona unos pocos centenares de soldados y hombres, mujeres y niños tarraconenses que se lanzaron al mar y fueron recogidos por los botes de los barcos.

«1811, Tarragona» (1888), cuadro de José Cusachs que representa el último combate del 20 de junio de 1811 delante de las escaleras y la portada de la catedral. (a)

La ciudad había caído y con ella la práctica totalidad de su guarnición (que sufrió unos 9.000 prisioneros). El hecho de no haber aceptado ninguna de las propuestas de capitulación que había hecho durante el asedio y habiendo sido capturada al asalto, permitía, según la ley de la guerra, el saqueo general y dejaba en las manos de los vencedores, la vida de sus habitantes y la guarnición. Los soldados napoleónicos, alterados por la dureza del asedio y la defensa obstinada de la guarnición, se lanzaron al saqueo y sometieron a la población a toda clase de horrores, siendo asesinados muchos civiles, independientemente del sexo y la edad, muchos de ellos ante la ligera sospecha de que habían estado armados. Hay que remarcar que el propio Suchet había tomado disposiciones en su plan de ataque para impedir que se produjera una matanza de la población cuando cayera la parte alta. En este sentido, destinó a un regimiento entero con la misión de impedir por todos los medios que se produjeran los desórdenes y las violencias típicas de la toma de una ciudad al asalto. Pero a pesar de las órdenes de Suchet y los intentos de numerosos oficiales para parar las matanzas indiscriminadas que provocaron la muerte a más de 3.000 vecinos y numerosos militares, estas y el saqueo se alargaron hasta bien entrada la madrugada, cuando Suchet consiguió hacer salir de Tarragona la masa de soldados que la estaba saqueando (y que a la mañana siguiente se había de poner en camino en persecución de Campoverde) y encargó a la nueva guarnición napoleónica el restablecimiento del orden. La Armée d’Aragon sufrió oficialmente un total de 4.296 bajas a lo largo del asedio, pero conquistó la principal base del ejército español en Cataluña. Además, eliminó una parte considerable del 1.er Ejército, que los meses siguientes quedaría reducido a unos pocos miles de hombres. A partir de entonces, Suchet, que fue ascendido a mariscal por la toma de Tarragona, se podría centrar en la conquista de Valencia.8


  1. SUCHET, L.G. (1834): Mémoires du Maréchal Suchet, Duc d’Albufera, sur ses campagnes en Espagne, depuis 1808 jusqu’en 1814, écrits par lui-mème. II Vol., Op. cit. Pág.: 49-59; MURILLO GALIMANY, F. (2011): «La defensa del fort de l’Oliva, maig del 1811». Op. Cit. Pág.:34-44. ↩︎
  2. SALAS, J. (1911): El sitio de Tarragona por los franceses en 1811. Op. Cit. Pág.: 18-21; MOLINER PRADA, A. (2011): Tarragona (mayo-junio 1811). Una ciudad sitiada durante la Guerra del Francés. Op. Cit. Pág.:136-138; MURILLO GALIMANY, F. (2011): «El setge de Tarragona del 1811». Op. Cit. Pág.: 17. ↩︎
  3. ALEGRET, A. (1911) História del sitio, defensa, asalto y evacuación de Tarragona en la Guerra de la Independencia. Op. Cit. Pág.:117-121.; EGUAGUIRRE, A. (1813): Sucesos verdaderos del sitio y defensa de Tarragona. Valencia: Imprenta Patriótica del Pueblo Soberano. Pág.: 9-10; MURILLO GALIMANY, F. (2011): «El setge de Tarragona del 1811». Op. Cit. Pág.: 17. ↩︎
  4. SUCHET, L.G. (1834): Mémoires du Maréchal Suchet, Duc d’Albufera, sur ses campagnes en Espagne, depuis 1808 jusqu’en 1814, écrits par lui-mème. II Vol., Op. cit. Pág.: 64-75; SHD. Fondo de l’Armée de Terre. Ref. 1 V 111; AGMM. Fondo Guerra de la Independencia, Legajo 2, Carp., 38; MURILLO GALIMANY, F. (2011): «El setge de Tarragona del 1811». Op. Cit. Pág.: 18. ↩︎
  5. PRIEGO LÓPEZ, J. (1992): Guerra de la Independencia (1808-1814). Vol. VI. Op.cit. Pág.: 252-256; AN. Fondo de Archivos Privados, Fondo Suchet d’Albufera, 384 AP 59. ↩︎
  6. SUCHET, L.G. (1834): Mémoires du Maréchal Suchet, Duc d’Albufera, sur ses campagnes en Espagne, depuis 1808 jusqu’en 1814, écrits par lui-mème. II Vol., Op. cit. Pág.: 76-88; SALAS, J. (1911): El sitio de Tarragona por los franceses en 1811. Op. Cit. Pág.: 27-30; MURILLO GALIMANY, F. (2011): «El setge de Tarragona del 1811». Op. Cit. Pág.: 18-19. ↩︎
  7. EGUAGUIRRE, A. (1813): Sucesos verdaderos del sitio y defensa de Tarragona. Op. Cit. Pág.: 14-16; PRIEGO LÓPEZ, J. (1992): Guerra de la Independencia (1808-1814). Vol. VI. Op.cit. Pág.: 260-266; Lady BOURCHIER (1873): Memoir of the Life of Admiral Sir Edward Codrington. I Vol, Op.cit. Pág.: 224-230. ↩︎
  8. SUCHET, L.G. (1834): Mémoires du Maréchal Suchet, Duc d’Albufera, sur ses campagnes en Espagne, depuis 1808 jusqu’en 1814, écrits par lui-mème. II Vol., Op. cit. Pág.: 94-108; SALAS, J. (1911): El sitio de Tarragona por los franceses en 1811. Op. Cit. Pág.: 35-40; MURILLO GALIMANY, F. (2011): «El setge de Tarragona del 1811». Op. Cit. Pág.: 19-20; AN. Fondo de Archivos Privados, Fondo Suchet d’Albufera, 384 AP 59. ↩︎

Fuentes:

1 – «El setge de Tarragona de 1811«, por Francesc Murillo Galimany, dentro de un ciclo de conferencias organizadas por la Associació Setge de Tarragona 1811 y editadas por la Fundació Privada Mútua Catalana en junio del año 2014.

Imágenes:

a – Imagen y comentario a cargo de D. Sergio Fuentes Milà: https://salapares.com/producto/tarragona-1811-1888/
b – Imágenes por cortesía de Francesc Murillo Galimany
c – Imágenes del Rincón de Byron.

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