Ruta por Somosierra: los rincones imprescindibles de una carga mítica

El comandante de la caballería ligera, Jean-Léon-Hippolyte Kozietulski1, se puso al frente de los jinetes de caballería ligera polaca que componían el 3.er escuadrón2, y miró fijamente al frente, donde por la niebla reinante apenas podía distinguir el trazado del estrecho camino, con varios muretes de piedra a los lados que ascendía directamente hasta el pueblo de Somosierra, plagado de defensores españoles y de una primera batería de artillería, a unos 300 metros de donde se encontraba y que tenía que capturar por orden directa del propio Napoleón Bonaparte. En ese instante, la niebla que cubría el paso empezó a clarear.

La decisión no estuvo exenta de controversia: varios mandos franceses —entre ellos el propio mariscal Berthier o los generales Montbrun, Walther o Piré— trataron, con distintos argumentos, de persuadir al emperador de que lanzar caballería en un ataque frontal contra la artillería equivaldría a condenar a los polacos a una muerte segura. Pese a ello, la orden había sido tajante: «¡Polonais, prenez moi cez canons !»». Tampo quedó claro si el emperador se refería a la primera batería o también a las tres restantes ubicadas por los defensores españoles a lo largo de la ruta hasta Somosierra. Algunas fuentes sostienen que los jinetes polacos partieron al ataque en una columna de cuatro jinetes por fila al grito de «¡Adelante! ¡Viva el emperador!», aunque otras también citan que, Kozietulski, antes de emprender la carga habría arengado a sus hombres con un feroz y más mundano grito de: «¡Adelante, perros, el emperador os está mirando!».

La acción, según los relatos, se desarrolló en apenas ocho o diez minutos. Gracias al ímpetu, la gran destreza de los jinetes y a la velocidad de sus caballos, la caballería polaca quebró las defensas españolas a lo largo del camino, capturando consecutivamente la primera, la segunda, la tercera y la cuarta baterías,3 pagando por ello un caro precio. El efecto del fuego de metralla y fusilería provocó la muerte o heridas a 57 soldados y oficiales de la caballería ligera, mientras que el oficial Kozietulski4 resultó herido y tan solo una decena de jinetes de la columna había podido llegar a coronar la cima. Con todo, el paso de Somosierra había sido tomado5 y el camino hacia Madrid quedaba expedito para las tropas imperiales.

Hoy rememoramos este singular hecho de armas, sin duda uno de los más famosos de la guerra de Independencia, visitando algunos de sus lugares más emblemáticos con la guía y las palabras de El Primer Edecán, que también nos brinda esta colaboración relatando lo que fue aquella jornada del 30 de noviembre de 1808.

«Nie ten umiera co właśnie umiera

Lecz ten co żyjąc w martwej kroczy chwale

Więc ci co polegli — poszli w bohatery

Ci co przeżyli — muszą walczyć dalej«6

«Somosierra» – Jacek Kaczmarski

La Venta Juanilla, en el antiguo Camino Real hacia Irún, donde se dice que Napoleón almorzó tras dejar su cuartel general en Boceguillas, unos 20 km. al norte.

Napoleón Bonaparte dirigió numerosos combates. De todos ellos, solamente uno fue en España: la batalla de Somosierra. Con esa premisa, el campo de batalla solo puede causar el interés habitual más la unida al enorme carisma personal del Emperador. Si Napoleón en persona comandó las tropas imperiales tuvo que ser por una buena razón, máxime cuando no lo había hecho las semanas previas contra contingentes españoles mucho mayores y contra generales con mucha más experiencia.

No ha de extrañarnos que Napoleón supiera de la presencia de tropas españolas en Somosierra desde días atrás. Había entrado en España el día 4 para ponerse al frente de sus tropas y, desde ese momento, puso en marcha la mejor maquinaria de guerra de aquel momento y derrotó a nuestros militares en varias batallas de cierta entidad, como Espinosa de los Monteros, Gamonal y, finalmente, Tudela, para abrir el camino real hacia Madrid por Aranda de Duero. Como avanzada, envió nada menos que a Antoine Charles Louis de Lasalle, a la sazón del mejor general de caballería de Europa, que no tardó en descubrir el despliegue defensivo español.

El paso montañoso de Somosierra era su principal bastión, pero otros puertos estaban igualmente defendidos tratando de blindar la sierra madrileña. Como punto de vanguardia, unos miles de hombres estaban destacados en Sepúlveda, al Oeste del camino real y por tanto a la izquierda del avance francés. Y Sepúlveda fue el primer objetivo de Lasalle, donde cosechó una victoria menor y, lo que era más importante, consiguió información del despliegue español. Con esa ventaja, Napoleón organizó su ataque para la madrugada del día 30, primer desalojando Sepúlveda, que seguía ocupada por nuestros militares, y, una vez liberado su flanco, atacando frontalmente Somosierra. No quería perder tiempo en complejas maniobras envolventes que ralentizarían su avance y podrían dar tiempo a tropas españolas a tomar posiciones defensivas en la capital. Sepúlveda fue desalojada esa noche por los españoles, facilitando el asalto principal.

Un asalto que, en la ruta guiada, acompañamos montando en nuestros vehículos y dirigiendonos hacia el puerto de montaña.

MIS RUTAS POR CAMPOS DE BATALLA

Para entender los pormenores de la batalla de Somosierra, comencé en 2020 a realizar rutas guiadas por su campo de batalla. En concreto, fue el tercero de “mis campos”, ya que anteriormente ya lo hacía en Los Arapiles y Talavera, y por tanto ya disponía de un conocimiento previo de cómo hacer las cosas. Sumando la fascinación de la que hablábamos, la presencia del Corso, aquello supuso un reto muy agradable. Desde entonces, decenas de personas se han acercado a Somosierra para entender qué ocurrió aquel 30 de noviembre de 1808. Ahora, y gracias al Rincón de Byron, trataré de acercar a vuestras pantallas parte de la experiencia que supone “pisar la historia”.

Antes de entrar en detalle, me gustaría poneros en antecedentes. Mis rutas por campos de batalla tienen una duración de entre 3 y 4 horas, cuando no más. Las distancias son grandes y la organización lleva su tiempo. Para desplazarnos de un punto de explicación al siguiente, usamos los vehículos particulares, lo cual no es habitual en visitas guiadas, pero consideré en su día que era el único modo de entender un lugar de esas características y, hasta el día de hoy, los hechos lo han corroborado.

En Somosierra aprovechamos esa capacidad de desplazamiento para comenzar la ruta al Norte de la cordillera montañosa y ponernos en el papel de los franceses. Resulta imponente admirar las alturas que defendían las tropas españolas desde el punto de vista enemigo. Pero no solo ese es el objetivo de comenzar en ese punto. Mi intención es hacer comprender al asistente los desafíos a los que se enfrentaba el ejército invasor, las posibilidades de actuación de que disponían, las soluciones que adoptaron en el momento y el porqué de las mismas.

Torre y Ruinas del Convento de la Orden (s. XII), en Santo Tomé del Puerto, que permite disfrutar de las vistas de la dehesa de encinas, el distante puerto de Somosierra, y aventurar el paso de las tropas de Napoleón por las inmediaciones.
El inicio de la subida al puerto de Somosierra, a unos 5 km de distancia en línea recta.
Al fondo, la muralla natural de la sierra de Guadarrama y Somosierra, parcialmente cubierta por la bruma, con el pico de Llanos a 1.660 m de altitud. La entrada al desfiladero queda a nuestra izquierda, en el centro de la imagen. Tapadas por la línea de árboles las poblaciones de La Rades, en el centro de la imagen, y Siguero a su derecha, ambas recorridas por el rio Duratón al que volveremos a visitar más adelante.
La ermita de Nuestra Señora de la Soledad, frente al camino de subida al mirador de Benito San Juan y la peña Cebollera Vieja, y que también nos lleva a la zona donde se ubicaba el reducto que construyeron los franceses con posterioridad a la batalla.

Llegando al pueblo de Somosierra, ponemos de nuevo pie en tierra para ascender por las laderas y alcanzar el lugar donde Napoleón ordenó, tras el combate, erigir un fortín para proteger el importante paso montañoso y del que hoy día se conserva poco más que la estructura y, especialmente adecuado para nuestra ruta, las vistas del puerto. Desde ese privilegiado lugar explicamos el dispositivo defensivo español, compuesto de 4 baterías artilleras escalonadas a lo largo del desfiladero, y cubiertas en ambos flancos por infantería en orden abierto por las empinadas faldas hasta llegar a las cumbres donde, si se podía, se desplegaban tropas en formación cerrada. Como reserva y último punto de defensa, el resto de los infantes españoles junto a los pocos jinetes reunidos, formaban una última línea de defensa tras la ermita, siendo este el punto más alto del paso con 1.440 metros.

La zona posterior de entrada al reducto con la cadena de montañas (a unos 1.550 m de altitud) frente a nosotros, por donde serpentea la moderna carretera de la Aviación.
La parte posterior del espacio que ocupaba el reducto, de forma cuadrada, y controlaba el paso del puerto. Entre 200 y 300 soldados franceses formaban parte de la guarnición de Somosierra.
Desde el reducto vemos discurrir las dos modernas rutas que atraviesan el puerto, la Autovía del Norte y la carretera de Madrid a Burgos.
Plano de época con la ubicación del reducto (redoute) y dos baterías ubicadas guardando el camino Real a la altura de la ermita. Ministerio de Defensa. (a)

Como he comentado, la visión desde las alturas nos permite entender la complejidad del terreno y la inteligente disposición defensiva ordenada por Benito San Juan, general en jefe del ejército español en Somosierra tras la renuncia de otros generales de más renombre y veteranía. Como punto negativo podemos decir que, aunque en los días en los que las tropas estuvieron estacionadas se fortificó el terreno cortando zanjas en las laderas y ante el puente, que ahora veremos, y levantando parapetos para las baterías, se podía haber trabajado más ese aspecto.

Habiendo comprendido en ese momento tanto el punto de vista francés, en nuestra primera parada, como el español, en esta última, retomamos nuestro camino hacia el lugar donde se produjeron los primeros combates de aquel 30 de noviembre de 1808: el puente sobre el río Duratón.

Retomando el relato, Napoleón, tras recibir las noticias de la evacuación de Sepúlveda, ordena el avance hacia el paso a su I Cuerpo comandado por el mariscal Victor. En concreto serían los tres regimientos de su 1ª división la que llevaría el peso del ataque, dividiéndose la tarea uno en cada falda y otro por el Camino Real. Aún era de noche y la niebla era espesa cuando se producen los primeros encontronazos, empujando los franceses a los exploradores españoles lentamente hasta sus posiciones de defensa preestablecidas cubriendo, como hemos apuntado, los flancos de las baterías artilleras, la primera de las cuales se encontraba amenazando la salida del puente sobre el río. Ese era lugar más estrecho del paso, por lo que la elección no pudo ser mejor. Las columnas francesas frenaron en seco al recibir descargas de metralla desde algún lugar indeterminado que, debido a la niebla, no podían más que intuir.

Los imperiales trataron de forzar el paso con renovados avances de su infantería liderada por oficiales impetuosos que caían al frente de sus hombres. Tras varios intentos fallidos, se ordenó combatir fuego con fuego avanzando varios cañones para realizar disparos de contrabatería, pero la potencia española era muy superior y los artilleros galos no tuvieron oportunidad de contrarrestarlos. Napoleón se impacientaba. Su Grande Armée no podía ser detenida por meros banditti, como él se refería a los combatientes españoles. La situación se atascaba y su irritación se acrecentaba, pues sus tropas en los flancos tampoco daban muestra de romper la resistencia enemiga.

Si su infantería no había podido y su artillería no había sido capaz, solo un arma estaba a su disposición, y aunque todo el mundo pensara que la caballería no servía para combate en terreno montañoso, el Corso les demostraría que se equivocaban. Ordenó por tanto a sus chasseurs à cheval de la Garde impériale que tomaran aquellos endiablados cañones para él. Los flamantes jinetes trotaron, cruzaron el río (poco más que un arroyo a esa altura de su cauce) y, reagrupándose al otro lado, comenzaron a galopar hacia la bruma, que les devolvió un rugido ensordecedor que les hizo retroceder como lo había hecho antes a sus compatriotas. Tampoco la caballería había conseguido romper la impenetrable barrera española.

Parte del antiguo camino real que discurría paralelo a la antigua carretera de Burgos, en el punto de cruce del puente de piedra en ruinas.
Los restos de la base del arco del antiguo puente de piedra, punto de cruce y de inicio de la carga de los jinetes polacos. A sus pies, el paso de las aguas del rio Duratón.
Una perspectiva aproximada de las posiciones, con Google Earth. Las posiciones son orientativas, para ubicar sobre el terreno el despliegue de las tropas y las baterías españolas, Por parte imperial, en el flanco izquierdo español se encontraba el 9º regimiento ligero, en el centro el 96º regimiento de línea junto a los escuadrones polacos y en el flanco derecho el 24º regimiento de línea, llevando en vanguardia formaciones de escaramuzadores o voltigeurs. El reducto (*) que se construiría posteriormente a la batalla por orden de Napoleón.

Fue entonces cuando el coronel de un regimiento de caballería polaca se acercó al emperador y se ofreció para acabar con el impasse. Napoleón aceptó y poco después los jóvenes nobles polacos gritaban “¡Viva el emperador!” al desfilar frente a él de camino al puente. Tras cruzarlo, formaron apresuradamente y se lanzaron hacia los cañones españoles al tiempo que, providencialmente, la niebla se retiraba del campo de batalla. Las descargas españolas descabalgaron a unos e hirieron a otros, pero sus compañeros tomaban su lugar sin ceder en su empeño hasta que llegaron hasta los artilleros de la batería española que, tras una breve resistencia, cedieron los cañones para salvar sus vidas.

«La batalla de Somo-Sierra» (1810), por Louis-François Lejeune. Se distingue el puente de piedra y la columna del escuadrón de jinetes polacos. (b)
Lugar aproximado donde se desplegó la primera batería española, a unos 300 metros del puente de piedra.
Orientados hacia el puente desde las inmediaciones de la primera batería mirando hacia las montañas a nuestra izquierda, donde se percibe lo pronunciado e irregular del terreno, y donde algunos mapas sitúan el cerro Barrancal.


«Carga contra las baterías españolas (Este)» (1900), de Wojciech Kossak, uno de los primeros pintores polacos que viajó a España para documentarse sobre el terreno, y del que tratamos de su obra en Pintura. El arte de… Wojziech Kossak.

Napoleón no había perdido un minuto: tras recibir la noticia de que los polacos llegaban a los cañones, envió de inmediato una segunda oleada de jinetes que pudiera apoyarlos y a la infantería por ambas faldas para presionar a la línea española que, sin en “ancla” en su centro, se retiraba rápidamente. Los polacos, tras tomar la primera batería, comenzaron a recibir andanadas de la segunda, un poco más arriba en el valle, por lo que sin pensarlo dos veces subieron para silenciar los cañones españoles y, tras hacerlo, continuaron en una especie de frenesí a por la tercera e incluso a por la cuarta y última que defendía la parte más alta del valle, ya junto a la ermita, donde nos dirigimos en este momento para comprender los siguientes momentos de la batalla.

La ermita tiene una significación especial con sus placas conmemorativas y su vidriera napoleónica, única en Europa Occidental. Pocos fueron los que allí llegaron y fueron detenidos fácilmente por la infantería española, pero la segunda línea francesa cayó con ímpetu sobre nuestros compatriotas al tiempo que la infantería francesa se acercaba rápida y amenazantemente por ambos flancos. La resistencia fue breve y la retirada general, ya que muchas tropas bisoñas no aguantaron la presión y corrieron por sus vidas.

Napoleón llegó poco después y ordenó un rápido avance hacia Madrid. Sus jinetes polacos habían salvado el día y la reputación del ejército del emperador.

La Iglesia de Santa María de las Nieves, arruinada durante el conflicto y después en la Guerra Civil, siendo reconstruida en 1943 con obra de mampostería. En la época de la batalla, en el año 1808, no había ninguna edificación entre la ermita y la iglesia.
Edificio perteneciente a la Vicaría y que alberga un pequeño museo sobre la batalla. En su interior se alojaron, en diferentes momentos, personajes como José Bonaparte, Carlos IV y el general San Juan, que lo utilizó como su cuartel general.

Placa conmemorativa en el muro de la ermita.
Una curiosa vidriera en el interior de la ermita con dos soldados, un artillero español a la izquierda y un jinete ligero polaco, que flanquean la figura de la virgen. Los jinetes polacos se convertirían en una unidad de lanceros al año siguiente.
Superior: Placa conmemorativa a los jinetes polacos que participaron en la carga. Derecha: Una imagen conmemorativa con unos versos en lengua polaca: «Alégrate, Madre de Polonia, pues tienes un hijo noble que realiza numerosas y extraordinarias hazañas, digno siervo de Dios.«

  1. De hecho, Kozietulski era el jefe del 2º escuadrón, en ausencia del titular, Ignacy Stokowski [9]  ↩︎
  2. Las fuentes difieren en la composición: se dan varias cifras, desde 216 jinetes hasta solo 125 jinetes de las 3ª y 7ª compañías, que ese día prestaban servicio con Napoleón. ↩︎
  3. Los jinetes que quedaban del 3.er escuadrón tuvieron que retirarse de la cuarta batería y el 1.er escuadrón y un pelotón de chasseurs à cheval de la Guardia Imperial llegaron entonces y ayudaron a los jinetes del 3.er escuadrón a recuperar la cuarta batería. A continuación, el 1.er escuadrón y los chasseurs à cheval de la Guardia persiguieron a las tropas españolas en retirada. ↩︎
  4. El caballo de Kozietulski resultó muerto en los primeros momentos y la carga fue liderada por otros oficiales como Dziewanowski y Niegolewski. [9] ↩︎
  5. Dos días después de la carga, el general Chłapowski pasaba por Somosierra. Reinaba el silencio en el campo de batalla. La primera nevada cubrió los cuerpos sin limpiar de los polacos y españoles muertos con una fina capa. En sus memorias, Chłapowski escribe que en las cabañas del pueblo en el paso se encontró con varios jinetes heridos. Y que solo gracias a su intervención los franceses los llevaron al hospital. [8] ↩︎
  6. «No el que muere ahora mismo
    Pero el que vive en gloria muerta camina
    Así que los que cayeron — se convertieron en héroes
    Los supervivientes deben seguir luchando» ↩︎

NOTA: Agradecer a El Primer Edecán, la deferencia en relatarnos los momentos de esta singular e interesante jornada. Podéis visitar su página web y consultar sus diferentes visitas guiadas, en el siguiente enlace:


Fuentes:

1 – Visita guiada Somosierra, por El Primer Edecán – Abril 2025
2 – «Somosierra 1808» – Francisco Vela, Editorial Almena, Madrid, 2008
3 – Paneles informativos Somosierra
4 – turismosierrasegovia.es/convento-de-la-orden/
5 – hiszpania-przewodnik-intymny.com/#!somosierra/c10sc [2015]
6 – napoleonistyka.atspace.com/battle_somosierra.htm [2015]
7 – polishlancers.com/history/somosierra/[2015]
8 – wiadomosci.onet.pl/kiosk/szarza-pod-somosierra-10-minut-ktore-przeszly-do-historii/1eqmq84
9 – napoleon.org.pl/index.php/guerra-de-la-independencia-espanola/polacy-w-hiszpanii/531-polacy-w-hiszpanii-somosierra-1808
10 -polonika.pl/polonik-tygodnia/polscy-szwolezerowie-pod-somosierra
11 – Somosierra 1808 – Robert Woronowicz

Imágenes:

a – Cartoteca del Centro Geográfico del Ejército – Colección: SG — Signatura: Ar.E-T.8-C.3-160
b – Por Louis-François Lejeune – Originally from en.wikipedia; description page is/was here ; http://www.histoire-image.org Joconde database: entry 000PE011346, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1822234
c – Fotos del autor

4 comentarios sobre “Ruta por Somosierra: los rincones imprescindibles de una carga mítica

  1. Muy ilustrativa la visita.
    Grandísimos soldados los polacos. Hay que reconocérselo, aunque mejor hubiera sido para los españoles que el Gran Caporal no los hubiera traído, y mejor aún que no hubiera venido él. Acabar venciendo a un enemigo grande hace mayor al vencedor.
    Ya le presentaron a Napoleón las banderas españolas después de la batalla de Tudela, según lo pintó años después January Suchodolski, y los británicos tienen a gala la hazaña de Beresford, que parece que era un tipo fornido, aparte de tuerto, con una presencia imponente, desarmando con sus manos a un lancero polaco en La Albuera.
    La derrota de Somosierra fue el final de la primera etapa del Ejército de Extremadura tal y como lo había formado Galluzo y que capitaneó malamente el conde de Belveder en la de Gamonal.
    Después de Somosierra lo que quedaba del ejército emprendió el camino de Talavera la Real «asolando los pueblos y maltratando a los habitadores», que dice Toreno. Allí ocurrió la triste jornada en la que los soldados asesinaron de mala manera al general Benito de San Juan.

    1. Hola Jose Mª,
      Los polacos eran de las tropas extranjeras más fiables que tenia Francia, ya desde los tiempos del Directorio, y fueron utilizados en variopintos frentes, desde la isla de Santo Domingo hasta Rusia, siendo también a los únicos que no desarmó cuando luchó en suelo propio, en Francia, en 1814. Pero sus esfuerzos serían ímprobos, porque su deseo de recuperar su antiguo reino no fue propiciado por Napoleón que, entre otras cosas, no quería enemistarse directamente con Alejandro.
      En cuanto a Beresford no condujo bien la batalla en La Albuera, y de no ser por la iniciativa de algunos subalternos la cosa podría haber acabado realmente mal. Luego se tiró tierra sobre el asunto, como suele suceder.
      Tras el estallido de la guerra de manera más o menos oficial, hubo varios casos de altos militares asesinados en diferentes partes de la geografía española, un tema que sería digno de estudio —ignoro si no lo ha sido ya— y que demuestra el sinsentido de la ceguera colectiva en España, fuera paisana o militar.

      1. Estoy al tanto de algunos de esos asesinatos.
        Aquí en Badajoz, si ir más lejos, es famoso entre los que peleamos en estas lides en Extremadura el asesinato del conde de la Torre del Fresno cuyo cadáver fue, como en otros casos, vilipendiado, ultrajado. En esa pudo perder la vida mi eximio paisano don Bartolomé José Gallardo.
        También me he ocupado, siquiera sea someramente, del asesinato del general Francisco Mª Solano, II marqués del Socorro en Cádiz. Ya sabes que en aquella misma fecha pudieron darle muerte a José de San Martín, al que parece que salvó la vida, para mayor gloria de las Américas, el entonces coronel Juan de la Cruz Mourgeon, uno de los vencedores en el puente de Triana en 1812.
        Eres muy benevolente con el mariscal Bereford en La Albuera. Su desempeño fue un desastre.
        Ya sabemos que el condicional es un modo que no se debe conjugar cuando se habla de historia pero me gusta pensar que el resultado hubiera sido diferente si a Wellington lo hubiera sustituido «Daddy» Hill, que estaba recuperándose de la malaria del Guadiana en Inglaterra.
        Todos los años nos reunimos por estas fechas de la batalla de La Albuera en Elvas y otros pueblos de la raya los miembros de la Associação dos Amigos do Cemitério dos Ingleses em Elvas.
        De nuevo, enhorabuena por tu labor

        1. Gracias por el apunte, Jose Mª, en Badajoz solo estuve de pasada con la ruta de Wellington por España que reescribí en varios episodios en el blog. Pero sí, por desgracia fue un fenómeno extendido, y también al nivel de las pequeñas poblaciones, un terreno aún menos conocido.
          En efecto, fue una mala conducción del asunto por parte de Beresford, pero sucedió a menudo con los generales de la época, cuando cogían misiones o empleos con más responsabilidad, a muchos les venía grande el cometido. Beresford se ocupó de reorganizar unidades del ejército portugués al servicio de los británicos y parece que no le fue mal, pero el tener un mando independiente, alejado del paraguas vigilante de Wellington implicaba una cierta y grave responsabilidad.
          En mi opinión, Moore podría haber sido el ideal como C-in-C, un perfil más colaborador y, por lo visto, también más humano, otro excelente organizador como dejó huella en Shorncliffe, pero la retirada hacia Galicia fue un muy duro hándicap (lo hubiera sido para cualquiera) y que también terminó con su muerte. Muchos de estos comandantes —curiosamente— llegan a la palestra porque otros, como mínimo tan buenos como ellos, desaparecen del escenario terrenal: también pasó con Bonaparte y Desaix, cuando murió el segundo en Marengo y extrañamente, el primero no lo hizo enterrar en Francia, sinó en el aislado hospicio del Gran San Bernardo, en plena montaña. ¿Temor de la fama ajena? Y no hay que olvidar las poderosas conexiones familiares de Wellington, todo un seguro de vida contra los problemas.
          Gran labor la de los Amigos del Cementerio de los Ingleses en un lugar muy evocador, así que yo también os felicito por la labor de preservar y divulgar esta historia, que no deja de ser la de todos. Saludos.

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